Olvidarme de vos

Desde la ventana del hotel, se podían ver los herrumbrados techos de la capital. Rojos, de zinc, llenos de herrumbre y agujeros nada convenientes para la época lluviosa que ya había comenzado.

Chica-Ventana

La Plaza de la Cultura estaba abarrotada de gente, niños que jugueteaban persiguiendo a las palomas, tirándoles el maíz, no para alimentarlas, sino para espantarlas.

Parejas mirándose con ojos sin parpadear, embobados en su enamoramiento de temporada. Viejos pidiendo una moneda para borrar la cara de hambre y angustia. Payasos de muecas desdibujadas y tristonas, pintando caritas con tarros de pintura barata.

En la esquina, por la vieja heladería, un caballero de pelo largo y ondulado, vestido de saco, rasgaba las cuerdas oxidadas de su guitarra, arrancándole melodías clásicas; rodeado de unos cuantos curiosos, y uno que otro borracho aplaudiendo a destiempo.

Sobre todo ese escenario, como un telón, un cielo gris oscuro, hinchado, a punto de reventar, enmarcaba el panorama de concreto, gris sobre gris; cual sombrero que cubriera el rostro sospechoso de un ladronzuelo, o las mejillas sonrojadas de una jovencita enamorada, recién descubierta en su secreto.

Un cielo que entristecía el horizonte, anunciando luto prematuro. A pesar del bochorno sudoroso.

Ella miraba, absorta, toda esta escena, sentada en el canapé de principios del siglo XX. Vestía solamente aquella braga de encaje negro, a pesar del frío de esa tarde de mayo. Y su espalda desnuda y blanca boceteaba una curva sensual que atrapaba la mirada del hombre.

Era imposible concentrarse en la escritura, mientras ella, a contraluz, cincelaba una silueta femenina, blanca como mármol, pero cálida como una taza de café por la mañana.

Él se detenía a cada instante. Tecleaba un par de palabras en su vieja máquina de escribir alemana, y alzaba la mirada, para saborearla, con una sonrisa galante en sus labios. Su imaginación volaba al contemplarla. Ella siempre lo había sabido. Era su musa.

Él siguió escribiendo, tratando de concentrarse en su próximo libro de cuentos. En ese golpeteo. El mecánico “clac clac” de las teclas era un sonido que le gustaba. Uniforme, constante, educado.

Siempre le había gustado. Mejor aun cuando se mezclaba con ese leitmotiv del viento, entre las copas de los árboles. Ese silbido largo que parecía viajar a través del tiempo, como un susurro testigo de la historia de la humanidad.

Pensaba en esto, cuando levantó la vista para desearla de nuevo; y, de repente, entró una ráfaga de viento helado, intruso, tosco. Ella se estremeció como un conejito, temblando, al verse atrapado entre las raíces de un viejo sauce.

-Creo que va a llover. El cielo ya se está quebrando como si fuera crème brûlée, dijo ella. Se ve imponente, como una de esas pinturas del Apocalipsis.

Él se acercó por detrás, cubriendo con sus brazos, su voluptuosa desnudez. Siempre le había parecido una mujer tan sensual. Y, al pasar de los años, su sensualidad sólo se había hecho más grande, más madura, más dulce.

-Sí, mi amor, tenés razón. Mejor cerremos la ventana, ¿no te parece?

Pero ella reaccionó mal, y se escabulló de su abrazo cariñoso, con un manotazo violento y desmedido, golpeándolo en el hombro. Al mirarlo, ella se amilanó, y le pidió perdón, aduciendo que se había asustado. Él la tranquilizó, asegurando que no pasaba nada. Él la amaba. Sobre todo, la amaba.

Le explicó a él, que quería mirar. A Ana le encantaba mirar.

Era su manera de conocer a la gente, la vida de los pueblos, las costumbres de un país. Así lo había hecho siempre. Así había sido en cada lugar al que habían ido para construir juntos. Así había sido hasta hacía un año.

Con su mirada era capaz de penetrar los corazones de las personas.

Él le pasó su bata de baño, para que se abrigase. Sus pechos se hincharon, al exhalar profundamente el aire que entraba por la ventana. Su cabello danzaba, dibujando sinuosos movimientos, como una mariposa al volar de flor en flor.

Algunas pequeñas gotas cayeron en su rostro juvenil, jugueteando en sus mejillas siguiendo la ruta de su largo cuello hasta perderse entre sus senos. Al principio la lluvia fue tenue y delicada, como una caricia maternal, pero al rato, el cielo se deshizo en un llanto lastimero y agudo, que punzaba el alma.

La gente, abajo, en la plazoleta, empezó a correr en todas direcciones, buscando protegerse de las primeras gotas de agua que caían, heladas y enormes. Algunos se metían en los aleros del teatro tratando de mojarse nada más que la mitad del cuerpo, otros abrían sus sombrillas de mil colores, y los menos afortunados empezaban a sentir el efecto de la lluvia apuñalando sus ropas.

El invierno en el trópico.

Ella cerró los ojos, y una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro. El agua la golpeaba con rudeza, y ella disfrutaba, como una niña haciendo travesuras.

Él dejó de escribir, para capturarla mentalmente, para no olvidar ese momento, para recordarla cada vez que le diera la gana.

Hacía viento, y la lluvia dibujaba ondulaciones como una partitura de Beethoven, haciendo imposible protegerse de la tormenta. Como la novena sinfonía que él tocaba mentalmente, tamborileando con los dedos de su imaginación, para recrear una escena de alguna película dramática. Caos.

El aguacero torrencial dejó casi vacía la plaza, frente al hotel, en cuestión de segundos. Pero allá, a lo lejos, apenas sobreviviendo, había una pequeña sombra, acuclillada bajo un árbol medio lánguido, esquelético. Una sombra con pies y manos.

Ella miró mejor. La sombra se definió. Era una niñita, de unos 8 años, cubierta apenas con una especie de cobija rota, llena de agujeros. De Winnie Pooh. Parecía, toda ella, un manojo de hierbas. Apenas podía abrir sus ojitos.

Entonces llamó a su marido, y señaló esa pequeña figura, y le dijo:

-Voy a bajar a recoger a esa pobre niña.

-¿Estás segura? Si querés voy yo, mi cielo, para que no salgás con este clima – dijo el hombre. Llueve espantosamente.

Silencio largo. Sin respuesta.

Luego ella lo miró, con una cara desorientada. Como si no supiera de qué le estaba hablando. Vio que su esposo estaba esperando una respuesta de su parte, así que se atrevió a preguntarle:

-Perdoná, querido, ¿qué me dijiste? Me distraje por un momento.

Él le repitió la pregunta, mirándola a los ojos. Su mujer le devolvió una mirada perdida, como un vacío que detiene la arena del tiempo. Luego rechazó la propuesta, como sin ganas, sin mucha fuerza. Apáticamente. Parecía que, de repente, hubiera perdido las ganas de hacer aquella obra de caridad. Se vistió rápidamente con un jeans roto y una blusa de rayas rojas y blancas, que él tuvo que ayudarle a ponerse.

-¿Estás bien, mi vida?, preguntó preocupado.

-Sí, Roberto, sólo me entró un escalofrío.

-Bueno, Ana, lleváte tu abrigo grueso. Ahí está mi gorro; y lleváte ese abrigo mío, para la pequeña.

Ana lo besó suavemente en la mejilla, y le prometió que no tardaría.

Empezó a bajar las gradas. Estaba en el quinto piso, y le encantaba hacer algo de ejercicio. Llevaba esa vieja bufanda que él le había traído de Perú, tan caliente y suave.

Afuera seguía lloviendo fuertemente.

La chica encargada de la recepción la saludó, y le preguntó si se le ofrecía algo. Ella pidió solamente una sombrilla. Le extendió una, diciéndole, entre bromas, que si quería mojarse, estaba más caliente, la piscina temperada bajo techo, del hotel. Ana se río de buena gana, agradeciendo el consejo.

Empezó a caminar hacía la salida del hotel, de forma decidida. Sabía que, si lo pensaba demasiado, se arrepentiría. Sentía un frío atroz. Menuda contradicción, pensó; hace unos momentos estaba semidesnuda frente a la ventana y me sentía tan bien.

Escuchó pasos ligeros a sus espaldas. Se volteó y vio al botones, que corría tras ella. Un chico de rostro escueto y figura indecisa. Traía una sombrilla negra, más grande. Y le dijo que la acompañaría.

De nuevo, Ana rechazó la proposición amablemente, pero le cambió la sombrilla.

Entonces, empezó a llover más fuertemente, y un rayo iluminó la prematura oscuridad de la tarde, que apenas comenzaba. La recepcionista llamó a gritos al chico, para que le ayudara con una gotera, y éste salió disparado a atender la emergencia.

Ana se encaminó hacia afuera, buscando a la criatura con la mirada, desde antes de salir. Abrió la enorme sombrilla, y empezó a atravesar la plaza.

Arriba, Roberto seguía con su “clac clac”, ahora sin distracciones de encaje negro. Escribía un cuento sobre la dura vida en las calles, según lo había podido ver en las naciones latinoamericanas.

La lluvia empezaba a crear pequeños pocitos sobre el adoquinado de la plaza. Y al caminar sobre ellos, era imposible no chapotear un poco. Los pies de Ana empezaban a mojarse. Y ella se quedó quieta bajo la lluvia, como una niña miedosa, justo en el medio de la plaza que resguardaba un tesoro bajo sus cimientos.

Ya no llevaba la sombrilla. La había dejado abierta, sobre las ramas de un árbol, justo en el momento que cruzó el portón de entrada del hotel. La lluvia le escurría por todo el cuerpo, y la blusa se le empezaba a pegar a su piel blanca.

Quieta. Muy quieta. Tiritando de frío.

Algunas lágrimas saladas se enredaron con el agua dulce de lluvia. Apatía. Memorias de un presente olvidado. Un pasado enemigo que la miraba de forma burlona. Un espejo distorsionando su esbelta figura.

Clac clac clac, arriba, en la habitación 1001, los minutos seguían pasando, y las letras se iban sucediendo unas a otras, formando palabras, luego párrafos enteros. Hasta transmutarse en una historia con inicio, desarrollo y final; como había aprendido desde la escuela.

Abajo, la plaza empezaba a girar en un torbellino cuya fuerza centrífuga alejaba a Ana de sí misma. Ya no eran sólo pucheros inocentes con unas distanciadas lágrimas. Ahora el llanto se había convertido en torrente, como el que la estaba torturando, cuando había salido a la intemperie, sin entender el porqué.

Un grito mudo y ahogado. A las tres y cuarenta y dos de la tarde. En el momento preciso en que Roberto miraba su reloj, preguntándose por la tardanza inusual de Ana. El grito no había alcanzado el quinto piso. Pero los casi treinta minutos de ausencia le inquietaron.

Se levantó de su asiento, se estiró, y se asomó a la ventana.

Ahí estaba ella.

Empapada. Atormentada.

Buscó, rápidamente, algo para cubrirse. Ahí estaba su abrigo y su gorro, tirados en el suelo, de forma descuidada. Bajó corriendo las gradas del hotel. Detestaba hacer ejercicio; pero no podía esperar el ascensor.

La recepcionista lo miró con una pregunta curiosa escrita en sus ojos. Y él le respondió con una excusa cómplice, y sin vergüenza. Ya no se avergonzaba, sólo quería estar a su lado. La amaba.

Siguió corriendo sin detenerse.

Cuando llegó al centro de la plaza, su bella esposa, Ana, estaba de cuclillas, empapada y llorando. Sabía que la enfermedad había avanzado muy rápidamente, desde hacía casi doce meses, cuando la diagnosticaron. Demasiado rápidamente, para su gusto.

Una desgracia, un clac clac atropellado y tumultuoso, como una cabeza de agua, que inesperadamente arrasa con todo lo hermoso de tu vida.

La abrazó fuerte y con firmeza; y ella, al principio, se resistió, gritando asustada. Pidiendo ayuda. Pero el olor familiar de Roberto, y su calor, al estrecharla contra sí, la fueron calmando. Se encontró con sus ojos sinceros sin juicios.

Dos locos. Empapándose bajo la lluvia, como solían hacerlo cuando eran novios, y se besaban, rodeados de miradas celosas que cuchicheaban, envidiosos de tanta libertad.

Dos locos. El Amor no conoce de tiempo ni espacio. Mientras uno de los dos siga amando, cada segundo es una eternidad, una vida entera.

-Olvidé dónde estaba, mi amor, olvidé qué estaba haciendo ahí. Me sentí tan tonta, tan sola, tan indefensa – dijo ella.

-Ya estoy aquí, mi vida. Aquí voy a estar siempre. Perdón por dejarte venir sola.

Hacía un año sus sueños se habían resquebrajado, bajo el peso de esos resultados inesperados. “Alzheimer, no cabe duda”, había dicho el médico, con una frialdad enmascarada de dolor. “Sé que es extraño. Es una mujer joven, pero suele pasar de vez en cuando, sin ninguna razón, lo siento mucho”.

Olvidarme

Pero no lo sentía tanto como él.

Él lo sentía como nadie. Incluso más que ella. Ella se olvidaría de todo. Se olvidaría de él, ya no lo reconocería. Pero él la vería perderse, alejarse, empaparse bajo la lluvia, indefensa, casi ahogándose. Y él, se ahogaría con ella. Pero no soltaría los remos jamás.

Los techos de la capital estaban empapados. Ellos también. Podrían venir todos los diluvios del mundo, todos los huracanes y enfermedades, podría olvidarlo en un abrir y cerrar de ojos, y dudar de él.

Pero él lo sabía. Él nunca se olvidaría de ella. Nunca se iría de su lado…

-Ya estoy aquí, mi vida. Somos vos y yo, contra el mundo. Ya estoy aquí.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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4 respuestas a Olvidarme de vos

  1. Excelente cuento… no había disfrutado de un cuento corto desde hacia un buen de tiempo, gracias por regresarme a mi primera experiencia literaria, hacer cuentos…

  2. chrismadriz dijo:

    Jajajaja gracias padre Gabriel! me alegra que lo disfrutara tanto como yo disfruté al escribirlo! Qué increíble los distintos caminos que podemos recorrer como escritores… mi primera experiencia literaria fueron poemas, canciones… luego las meditaciones y ensayos, ahora estoy en este nuevo mundo que me ha apasionado!!! Gracias por sus palabras…

  3. Que belleza de cuento Chris, me conmovio pero me emociono mucho las cosas lindas que salen de ese corazon tan bello como el tuyo.
    Te quiero y te recuerdo con mucho carino, bendiciones.
    Marielos Thompson

  4. chrismadriz dijo:

    Gracias!!!!! Muchas bendiciones para usted también Niña Marielos!!! Un abrazo!

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