Mi tío Joaquín

Mi tío Joaquín murió ayer.

Fue una muerte inesperada.

Iba caminando por el monte, con sus tres perros de orejas largas y curioso olfato, que corrían como siempre, con el hocico húmedo de felicidad y la lengua afuera, dejando manchas blancuzcas en la tierra suave, por las babas fatigadas.

Y él, con sus setenta y tantos años encima, corriendo con ellos, contento por sus arrugas juveniles que jamás habían hecho mella en su físico envidiable. Siempre le decían al viejo tío que estaba firme y saludable como un roble.

Tío Joaquín

Y es que así fue siempre.

Su metro ochenta de estatura y su contextura fornida y atlética siempre fueron su mejor carta de presentación para cualquier trabajo de fuerza. De esa forma, había sido agricultor, albañil, carnicero, leñador, bodeguero.

Además, fumaba desde que tenía ocho años; y tomó guaro de contrabando, que él mismo preparaba y destilaba, hasta que el etílico vicio se le transformó en una cirrosis hepática que casi lo lleva a la tumba. Fue la única vez que vio a la muerte cara a cara, por su irresponsabilidad; pero eso le bastó.

Sus hijas le hicieron prometer que jamás volvería a producir aquel veneno y mucho menos a beberlo, “por tus nietos”, le dijeron. Y él, hombre de palabra y honor, cumplió a cabalidad el pedido de sus consentidas mujeres.

Cierto es que, después que dejó de tomar, el viejo perdió su esbelta masculinidad, adelgazó bastante, y se veía menos imponente. Solía decir, entre broma y broma, que no había sido el cáncer de hígado el que lo había dejado tan consumido y gastado, con esa cara enjuta, sino el hecho de tener que guardar las botellas de su bendito brebaje que, según él mismo repetía, era medicinal.

Pero nunca perdió su sonrisa y su energía.

Al final de cuentas, ese siempre había sido su sello personal: esa luz que llevaba a todo lugar al que iba. Sus nietos lo amaban por no sufrir dolores de espalda. Era capaz de cargar con cuatro pequeñuelos a la vez, y correr con ellos en dirección al río.

Sus hijas le agradecían cada sábado cuando llegaba cargando esos sacos de gangoche, con las frutas favoritas de cada una, y los caramelos predilectos de sus nietos.

-¡Viene el confitero con sus frutas y dulces, ya viene el confitero! – gritaba para hacer notar su llegada a los pequeños y grandes.

Sus amigos lo admiraban porque de sus labios siempre brotaba una palabra adecuada en el momento justo.

Y yo. Pues yo siempre lo admiré y lo quise por su sencillez, por su vida humilde y sin mucho adorno, por sus tiernos besos para saludarme, lo cual, ante los ojos ignorantes y machistas, resultaba chocante y contradictorio con su tamaño y rudeza.

Pero ayer mi tío se murió. Y nadie estaba listo para eso.

Todas las mañanas salía temprano de su casa, con sus mascotas, y se internaba por el bosque, para llenar sus pulmones de aire puro, decía. Desintoxicarlos de tantas broncas en la política del país, de tantas injusticias sin justificación, de tantos crímenes cortando las alas de la primavera, de tantas diferencias familiares tan innecesarias que carcomían las raíces de la paz. “La vida es demasiado corta para gastarla en pleitos, es demasiado hermosa para afearla con pequeñeces”, decía el tío, con esa filosofía que sólo te puede enseñar las piedras del largo camino recorrido.

Por eso, le encantaba perderse en el bosque, y sentarse un rato al lado del río sobre una piedra gigantesca y abrigada de musgo esponjoso. Su piedra favorita. ¡Hasta nombre le tenía! La llamaba Petronila. Y alrededor había otras piedras más pequeñas para sus nietos, cuando se los llevaba en esas caminatas aventureras con él. Siempre dijo que ese lugar era especial, y que lo había encontrado así, como predispuesto para él y sus pequeños cómplices. Aunque yo, la verdad, tenía mis dudas; y me cuestionaba si no había sido él mismo, quien había preparado ese lugar secreto, bajo la sombra del sauce llorón, al paso de tantas y tantas lunas amarillas y gordas.

grandfather and grandchildren reading a book

Cuando caminaba solo, se llevaba su pipa. Era el único vicio que nunca se le quitó. Le encantaba fumar con su vieja pipa, heredada de su padre, que a su vez la había heredado de su abuelo; y exhalaba anillos de humo, uno tras otro, como un viejo tren descompuesto cruzando las llanuras caribeñas. Los anillos, al fumar, también eran heredados.

Asimismo heredó los apodos. Apodos que habían escrito la historia de mi buen tío, a punta de carcajadas y buenos recuerdos. El principal era Casuña. Pero también lo llamaban Chico y Quincho.

No sé si sea válido traer a colación esta historia intermedia, pero creo que si quiero hacerle honor a ese hombre que fue mi tío más querido, debo darlo a conocer tal como yo tuve la suerte de conocerlo. Algunos prefieren los frutos de los árboles, pero yo me siento más atraído por sus raíces jugosas y gruesas. Así que les cuento la historia.

Casuña surgió de un tropezón. Sí, de un traspié borracho. Fue un tropezón del padre de su padre. El dueño original de la pipa. No había gran misterio en ese alias. Su abuelo volvía de una fiesta con otros amigos campesinos, por aquellos caminos fríos de las brumosas montañas de Cartago; tambaleante y disperso, hablando a gritos, con esa voz de trueno que el tío Joaquín decía que tenía. Y cuando se disponía a cargar su pipa con tabaco, distraído y mareado, mientras sus compinches empinaban la botella, su dedo gordo del pie pegó con una piedra del camino lodoso.

Al sentir el ácido dolor, lanzó un grito, que le salió torcido, como cola de puerco; y con su lengua pastosa y torpe, producto de la ebriedad maldijo aquella piedra atravesada; mas sus amigos de juerga, tan beodos como él, lo único que atinaron a comprender fue: “¡puta… casi uña!

Los carajos –como decía el tío- muertos de risa, bautizaron a su abuelo “Casi Uña”, pero con el tiempo ese nombre fue mutando hasta “Casuña”. Cuestiones etimológicas de mi tierra, donde se suele acortar las palabras, por pura pereza. Sus compadres jamás pensaron la relevancia histórica que tendría ese mote repentino. Era un apodo condenadamente divertido y atrayente; y perduró hasta hoy.

También fue repentina la primera ocasión que fumé pipa. Así, sin más, mientras le ayudaba a cargar unas bolsas del mercado, caminando por esos pasillos de lata, buscando la luz del sol, rebosantes de coloridas frutas maduras para los nietos, se detuvo afuera, y me dijo:

-Fumemos. Vos ya tenés edad más que buena para cosas de hombres – me dijo con gravedad.

Sí. Hoy lo confieso. Fue con él, con quien aprendí a fumar en ese pequeño aparato en forma de chimenea portátil. Y ese comentario fue un halago. De esos finos que él sabía decir a las personas que quería. Lo decía así, como al azar, casi como sin darse cuenta de lo que estaba diciendo, como si caminara distraído por el sendero. Era su manera de decirte “te quiero”. Ese día lo supe. O más bien, despejé mis dudas juveniles. Yo era importante para el tío Joaquín.

Quizás yo fuera un poco el hijo varón que nunca tuvo. Quizás sólo me quería y ya. Quizás se debía a las tantas veces que lo cubrí, para que tía Chabela no lo encontrara fumando por la ventana del cuarto, tirando el humo al viento, para cubrir la evidencia. Se moría de risa, como un niño travieso, cuando ella, su esposa, le reñía con una retahíla, olvidando por un instante, que era su esposo y no su hijo.

También con él aprendí a tomar zarza parrilla acompañado de un “gatito” de panadería, cada vez que nos escapábamos justo antes de la hora del almuerzo, sólo para poner furiosa a mi madre y a la tía cuando; a la hora de la hora, ambos estábamos llenos, y dejábamos la mitad del plato, por haber cambiado lo sano por lo rico.

Eso sí. Era testarudo. Él estaba consciente de eso. ¿Un médico? ¡Jamás! Él se curaba solito. ¿Qué alguien hiciera su trabajo, o, al menos, lo que requiriera de fuerza? ¡Para qué! Él podía hacerlo, y mejor que cualquiera. Terco, con esa terquedad machista de los viejos que habían crecido en el duro trabajo del campo, fermentándose junto a la tierra que él mismo había cultivado por años, a precio de sudor y sangre.

De hecho, fue con él con quien aprendí a cuidar del jardín, a trabajar la tierra, arrancando las malas hierbas, y aguantando el dolor de un rasguño o un golpe, ignorándolo valientemente, aunque la herida se tiñera de sangre. “Basta con ignorarlo, no hacerle caso”, decía. Tenía razón. Eso hizo él.

Y lo último que me enseñó, lo último que aprendí con él fue a llorar. Llorar de nuevo. No lloraba desde que era un niño, y el hombre con quien vivía mi madre, me agredía. Hasta que tuve tamaño para defenderme sólo, y lo obligué a doblarse sobre su barriga, por una patada en sus cojones; para luego correr a toda velocidad hasta la casa del tío, sin voltear ni una sola vez. Él me lo dijo:

-¡No volvás a llorar ante un cobarde así! ¿Me oís? Nunca más – dijo el tío.

-Yo no soy cobarde – le respondí con la voz quebrada de chico en pubertad.

-¡Claro que no lo sos! Vos sos mil veces más hombre que ese maricón. Y si se atreve a tocar esta puerta y buscarte, juntos le vamos a dar una paliza que nunca va a olvidar.

Asentí con mi cabeza despeinada sin alzar la mirada.

-No bajés la mirada. Vos no tenés que avergonzarte. Además – se rió buenamente – vos y yo sabemos que no se va a arrimar a mi casa.

-Sí – Traté de sonreír.

-Corrijo, campeón. Nuestra casa. Este rancho, estas cuatro paredes, también es tu casa.

Y me abrazó.

Nunca más volví a casa, hasta que aquel tipo se largó. Tampoco volví a llorar. Hasta ayer.

Volví a llorar como aquel niño miedoso. Pero él ni cuenta se dio. Lloré sobre su ataúd. Y antes había llorado cuando recibí la noticia de su muerte. La primera noticia. La de la llamada como una cubeta de hielo que te saca de onda congelando tu corazón, como el silencio que se escucha antes de una estampida.

Lo primero que escuché al otro lado de la línea fue: “mataron a tío Joaquín de dos balazos”.

Menudo saludo. Ni “hola”, ni “¿cómo estás?” ni nada. Directo al grano. Habían asesinado al bueno del tío. Pero ¿a quién carajos se le ocurriría quitarle la vida a un hombre que transmitía vida por donde caminaba? No podía creerlo. En ese instante todo a mi alrededor dejó de existir, el tiempo y el espacio. Mil palabras se apretujaban en mi cabeza, como un poema absurdo, sin sentido, escrito con una afilada punta de grafito, que hería mi cabeza en cada verso. Pero todo había sido un mal entendido. La imaginación de una persona es capaz de pulular cuando choca con los pies de un muerto.

Lo que pasó fue que sus hijas empezaron a sospechar que algo andaba mal cuando el tío no se presentó al tradicional almuerzo de los martes. Siempre llegaba puntual, con su propio tenedor y cubierto, envueltos en una servilleta de tela con sus iniciales “JM” bordadas en hilo dorado, y metidos en una bolsa de papel, que atesoraba en el bolsillo delantero de su chaqueta favorita. Regalo de su Chabela. Manías de un hombre feliz con canas en las partes que no habían sufrido calvicie, en su cabeza. Cada martes llevaba alguna sorpresa para sus nietos, y los pequeños lo aguardaban con ansias. A veces era un molinillo de colores que dibujaba arcoíris al viento. Otras, una vieja caja de música rústica. O cualquier juguete que le pareciera mágico y divertido para los pequeños. Siempre atento de que todos tuvieran su regalito, siempre pendiente de que nadie se quedara sin comer. Siempre preocupado por todos.

Pero esa mañana no llegó, caminando con su vaivén de bailarín y su boina de cuadros rojos y verdes. El reloj siguió su curso, siempre a tiempo, sin darle importancia a su inusual ausencia. Y el plato de sopa de mondongo, recién hecha, se fue enfriando hasta volverse espesa y desagradable. Las tortillas palmeadas quedaron tiesas sobre la mesa. Y las moscas celebraron su festín, antes de tiempo.

Las primas se miraban entre sí, entre asustadas y extrañadas, tratando de tragar cada bocado que se les quedaba atravesado como una hemorragia muda, fingiendo sus dudas dibujadas en cada gesto, para no preocupar a los nietos que se empezaban a poner insoportables por la tardanza.

Media hora más tarde empezaron a llamarlo por teléfono. Al principio con calma disimulada y risitas nerviosas. Luego con imaginación exaltada y preocupación. A él no le gustaba ese cochino aparato que no calzaba con la armonía de las montañas, pero siempre contestaba. Atento a las necesidades de quien fuera.

Dos horas después el almuerzo se había fosilizado sobre la mesa servida y las moscas ya estaban hinchadas de tanto manosear la comida. Las hijas y los nietos habían salido en busca del Tío Joaquín, gritando su nombre y, sobre todo, sus apodos, como locos.

Nadie lo había visto. Nadie recordaba que hubiera pasado por su casa o por su calle. Todos lo conocían, pero nadie sabía nada. Un chiquillo recordaba en la mañana a un señor con unos perros, pero ¿quién le hace caso a un chiquillo? Mi tío. Él sí que sabía darle un lugar importante a cada persona. Sabía que de todos podía aprender y a todos podía servir. Pero en medio de ese quehacer de la mente asustada, eso sólo era información imprecisa entre los recovecos de una pista tímida.

Siguieron buscando en cada esquina, en cada pulpería de pueblo, entre los viejos que jugaban damas chinas en el parque, o entre los chicos encestando bolas naranjas en la cancha, rebotando contra sus responsabilidades, o entre los pequeños que siempre recibían de él, algún dulce. Llamaron a los hermanos y hermanas del tío, a sus amigos, hasta a uno que otro enemigo celoso. Nada. Hasta que Samuel, el más pequeño de sus nietos, que apenas balbuceaba unas pocas palabras, dijo algo de ir a pasear con el “tito” al río.

¡El río! En medio de tanta excitación, el río había quedado en alguna arruga oscura de la memoria. Corrieron hacia allá, hasta que su hija Melissa, mi prima; tropezó con sus enormes zapatos entre el matorral. Y vio a mi tío tirado, con los perros lamiéndole el rostro y lloriqueando como niños perdidos.

Tres perros

Su mente de vendaval y su lengua enrollada en un escalofrío, no pudieron más que exclamar “¡asesinato!”. Y las demás hermanas estuvieron de acuerdo con semejante conclusión, sin atreverse a examinar el frío cuerpo del pobre viejo. De su amado padre. Sólo atinaron a correr en busca de ayuda, no sin antes darles indicaciones a los fieles canes, de que atacaran a todo aquél que intentara tocar el cuerpo del tío; lo cual luego resultó en un grave problema, porque los animales tuvieron que ser sedados por un veterinario con una pistola inofensiva, ya que las autoridades no podían acercarse sin riesgo de ser mordidos, por las valientes fieras, que pelaban sus espumosos colmillos con antropomorfo enojo.

Mientras tanto, las otras hijas se encargaban de divulgar la terrible noticia a todo el pequeño pueblo rural, como pólvora. Pero no fue así como murió. Fue inesperado, repentino, ¡claro!, pero no lo mató ninguna bala, sino un ataque al corazón, dijeron los médicos forenses. No fue nada violento. No hubo nada de sufrimiento inhumano. No hubo mano criminal ni nada que se le parezca. Todo mundo quería al tío. ¿Quién podría hacerle daño?

Al término de la tarde sólo quedó una firma estilizada al final de un libro, justo antes del “vivió feliz para siempre”. Su firma. Su apodo. Casuña.

Aclaro que esto es sólo una metáfora. Mi tío Joaquín nunca aprendió a escribir. Menos a leer. Pero algo que aprendió bien, y que nos enseñó a todos, como su mejor herencia, fue a vivir. Vivió tan bien sus últimos años –los mejores, los que yo le conocí- que cuando la muerte lo visitó, no tenía deudas pendientes ni nada de qué preocuparse. Nada de qué temer. Y así lo abrazó la muerte, con una sonrisa en sus labios.

Sí. Murió con una sonrisa en los gruesos labios –dijeron las primas- y su boina con estampado a cuadros, sobre su cabeza casi calva. Murió sonriendo. Fue su último mensaje, su última enseñanza a todos los que dejaba atrás. Casi me parecía escucharlo, con su misterio filosófico rodeándole la cabeza sin pelo, como una aureola de santo, diciéndonos, en medio del canto del riachuelo:

-Hay que vivir bien esta vida, para que cuando llegue la pelona, podamos recibirla con una sonrisa de paz en el rostro – fue lo que nos dijo con esa cara bonachona.

Y era el único que sonreía en medio de aquella sala fúnebre y helada como un jardín de flores marchitas y de plástico, intentando emanar su aroma efímero, para consolar nuestras lágrimas.

Una vez leí algo así como que había que vivir de tal manera la vida, que cuando la muerte llegara a tu puerta, no tuvieras nada más que hacer, que irte tranquilo con ella. Hoy estoy casi seguro que eso lo dijo el tío Joaquín, y a lo mejor a alguien menos analfabeto, pero menos sabio que él, se le ocurrió ponerlo por escrito, sobre el papel, para venderlo por unos cuántos pesos.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
Esta entrada fue publicada en abrazo, acciones, Adicto, Agustín, Alcohólico, Alianza, amado, amante, Amore, Amour, anciano, Apóstol, aprender, arrogance, árbol, battle, beloved, beso, blood, boina, borracho, boy, bread, Camino, Católico, católicos, Catholic, Catholique, Catolic, cattolico, cheek, child, children, Church, clavado, clavos, Coeur, Comunidad, Conocimiento, corazón, Cordero, Corona, crack, Crecimiento, Cristiano, Croix, cross, Cuerpo, darkness, death, decide, decisión, desnudez, desnudo, Deus, Dieu, Dio, Divinidad, divinity, dogs, droga, drogadicto, easter, ecce homo, Emaús, embarazo, emociones, enfant, Entrega, error, Esclavitud, Espíritu Santo, espera, Esperanza, eva, Evangelio, facts, Faith, fantasma, Fe, Felicidad, fight, Filosofía, fish, follow, Forgiveness, Freedom, fruit, fruto, Fuerza, garota, garoto, girl, girlfriend, Grace, gracia, hand, happy, Heart, hechos, Hermano, Hijo, Holiness, Hombre, homosexual, Hope, hoyuelo, hug, Humanidad, I love you, Iglesia, Iglesia Católica, Image, imagen, Jerusalén, Jesús, José, joven, Juan, kiss, Lamb, learn, ley, Libertad, lie, Life, light, little, locura, look, Lord, Love, luchar, Luz, madness, Magdalena, Man, mankind, mano, María, mejilla, mejor, menina, menino, mercy, mercyful, milagro, mirada, misericordia, Mission, morte, muerte, mujer adúltera, Mundo, nails, naked, Niño, novia, noviazgo, ojos, oscuridad, paciencia, Padre, palabras, pan, Pascua, Pasión, passion, pax, Paz, Peace, Pecado, pecadores, peces, pensamientos, Perdón, Perfecto, perros, petite, Philosophy, piccola, piccoli, piccolo, Piedra, piel, poder, Política, power, prepotencia, Prostituta, Pureza, purity, ragazza, ragazzo, Razón, relación, relationship, Resurrección, resurrection, risa, romanticismo, Romero, Sabiduría, Sacrificio, Saint, Sainteté, Salvador, San Juan, San Pablo, Sangre, santidad, Santita, Santity, Santo, Savior, sígueme, Semana Santa, semejanza, sentimientos, Ser Humano, Ser Supremo, Servicio, sin, skin, slavery, smile, son, sonrisas, tío, Te amo, Te quiero, Testamento, Testimonio, tomb, travesti, tree, Truth, tumba, Uncategorized, uncle, Unidad, Universo, vanidad, vanity, Verdad, Verité, versión, Vida, viuda, way, wisdom, wishes y etiquetada aborto, words. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Mi tío Joaquín

  1. lilyblue8 dijo:

    Realmente bonito. Me ha emocionado la lectura

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s