Decido amarte

Un camino juntos

Un camino juntos

Amo a mi novia. Pero cuando la conocí, jamás hubiera pensado que esto llegaría a ser de esta manera. Cuando la conocí, aún faltaba un largo trecho para llegar a entender que el Amor es una decisión diaria, una donación constante. Un negarte para afirmar al otro en el Amor, y así te afirmás vos en lo que realmente importa. En lo esencial. Sólo el Amor te afirma y confirma en lo que sos, o mejor dicho, en lo que fuiste creado a hacer. Pero en ese instante en que apareció en mi vida, sabía poco de eso.

Sólo el Amor logra sacar lo mejor de vos. Sólo el Amor puede ayudarte a ser tu mejor versión. Basta que te sintás amado, y el mundo se torna de colores, lleno de luz y sonrisas. Lleno de esperanza. No es una cuestión de enamoramiento pasajero, o romanticismo de telenovela. Simplemente es una Verdad que debés cuidar y podar, para hacerla crecer.

Cuando entendí que amaba a la que llegaría a ser mi novia –y espero que algún día mi esposa- no era aún esa versión. Quizás aún no lo soy. Lo cual es verdaderamente bueno. No serlo aún, me motiva a luchar más, a intentar ser mejor que ayer. A no dejar de buscar y construir mi mejor versión. A no dejar de amar jamás. A desear amar mejor que ayer.

Pero en ese momento, estaba aún lejano y perdido. No voy a decir que sólo gracias a ella soy mejor hoy. Sólo quiero decir lo que sé. Que ella hoy es mi compañera de batallas. Mi ayuda. Que su sonrisa me dice que todo está bien. Sus ojos creen en mí. Sus palabras me empujan a seguir adelante y me dicen consejos acertados, me corrigen, y en su voz abriga un deseo por ayudarme a ser mejor. Su mano me sostiene cuando caigo, y su abrazo me hace sentir que nada más importa.

No quiero caer en una novela romántica, y me disculpo si así parece. Y para demostrarlo, quiero ser sincero.

A veces mi carácter sale a relucir, y exploto. Exploto sin razón, o quizás por el estrés del día o mis propias limitaciones. Exploto por descubrirme pequeño e incapaz en muchas cosas, o frustrado por no ser el hombre que esta sociedad dice que debo ser. Con carro, mucho dinero, títulos de éxito, cuadritos en la panza, jajajaja, etc. Cosas de las que carezco.

Y cuando exploto, ella sólo calla. Calla y espera. O sólo se acurruca en mi pecho, recordándome que eso no importa. Importa que luchemos juntos. ¿Y qué puedo hacer, entonces? ¿Qué puedo decirle? Su Amor me duele cálidamente, y al final, sólo me queda decir casi en un susurro avergonzado, esas tres palabras: “Te pido perdón”.

Me duele porque sé que me ama, y su Amor tan femenino es capaz de soportarlo todo. Y más allá de eso, ese Amor me cuestiona, y me hace pensar en un Amor más grande, al que traiciono y lastimo más a menudo. Su Amor me hace ver que no valía la pena mi reacción, y lucho por erradicar esas reacciones de mi vida. Su Amor me hace amar mejor.

Otros momentos, cuando fallo o hago algo que hiere, me tiento en culparla a ella. Quizás porque hasta ahora voy entendiendo que ella es parte de mí vida, porque voy descubriendo que ya no quiero apartarla de mi lado. Y eso me asusta. Me asusta el compromiso, pero hoy que aprendo a amarla, me asusta más perderla. Por eso, cuando me equivoco de alguna manera, quiero excusarme que no la merezco, para dejar de luchar y huir.

Y sin embargo, algo me impulsa a seguir luchando. A darlo todo. Y decido amarla en mi debilidad, en mi pequeñez.

Porque cuando me alejo fruto de mis errores, ella se acerca sin esperar nada a cambio. Ella me ama pacientemente, sin merecerlo. Y eso me recuerda que el Amor no se merece, sólo se da.

Y esa actitud tan valiente me enseña que amar es una decisión. Ella decide amarme cada día. Eso es valor. Es algo que sólo es capaz de hacer la gente de corazón enorme y mirada brillante. Y yo, venciendo mi cobardía o mi pasado, venciéndome a mí mismo y mis atajos fáciles, decido recorrer el Camino empinado, y amarla de vuelta. Decido derrotar mis fantasmas, para ganarla a ella cada día.

A su lado he entendido que la persona que ama sonríe siempre, sin demora. Que la persona que ama te ve a los ojos, te abraza sin tiempo, te besa apasionadamente como la primera vez, te dice lo bien que te ves, te felicita por tus logros, te da su vida a cambio de nada. La persona que ama perdona siempre, y te pide perdón si se ha equivocado. La persona que ama te escucha y detiene sus quehaceres para que veás cuánto le importás, más que todas sus responsabilidades. La persona que ama se cansa, porque sabe que ese cansancio por Amor vale la pena. Es una sabia decisión.

No. No me malentiendan. Nuestro noviazgo no es un mundo perfecto con mariposas y arco iris. Nuestro noviazgo se va construyendo cada día. Y tratamos que sea sobre roca.

Cada día que, al despertar, marco su número y la llamo para decirle que la amo. Cada vez que nos vemos y que debo esperarla sin prisa, mientras termina de alistarse, sabiendo que a lo mejor lleguemos tarde (y Dios sabe cuán puntual y estresado soy para todo). O cuando compro sólo un helado, porque “ella no quiere más que un poquito”, y termina comiéndoselo todo, porque le encanta. Jajajaja, es en serio. Voy aprendiendo. Aprendemos juntos.

Cada día que cometo un error, y debo acallar mi típico orgullo masculino –más mi terquedad sanguínea- y decirle, mirándola a los ojos: -“Lo siento de verdad”. Cada día que ella me llama al trabajo, sin esperar que lo haga, sólo para contarme alguna cosa de su día, o cualquier detalle que para cualquier otro sería insignificante, mas no para mí.

Cada vez que llego a su casa y la veo cocinando –aún vestida con su linda ropa del trabajo de una economista- alguna deliciosa cena para mí. Cada vez que se sienta a ver alguna película rara de las que me gustan, a mi lado, aunque se quede dormida en mi hombro. Quizás, a fin de cuentas, es lo que espero, lo que deseo: que se acurruque en mi pecho.

Se va construyendo diariamente, cuando antes de dormir, la llamo para orar, y beso el auricular, después que ella ha colgado. O cuando ella me escribe un correo donde me dice un “te amo” sin siquiera escribir esas dos palabras. O cuando me pide que me quede en su cuarto, hasta que se quede dormida. Y salgo ganando, pues me encanta verla dormir tranquila, con su respiración calmada y su hoyuelo dibujado en una media sonrisa. O cuando, sin haberla visto en todo el día, le digo que se ve hermosa, no sólo por decirle algo lindo, sino porque tengo la certeza que es así. Porque lo creo.

Pero esta relación también se construye cuando discrepamos en algún tema, cuando nuestros pensamientos distintos me asustan –así es, aún suelo ser asustadizo, mientras voy aprendiendo. Cuando creo que nos alejamos, y tardo en descubrir que nuestras diferencias más bien nos unen y fortalecen. Cuando ella, algo molesta, me recuerda que no siempre tengo la razón.

(Sí, a menudo creía tener la razón siempre. Hasta que ella llegó, y tuve que aprender a equivocarme y aceptarlo).

Cuando enojado me alejo, y callo. Y me vuelvo frío y tosco. Y ella se aparta herida, soportando el dolor, y respetando mi distancia, dándome mi tiempo. En esa lejanía le agradezco su respeto, tanto como le agradezco las veces que me dice lo que siente, piensa o le duele. Porque la voy amando mejor, conforme me va dejando entrar en la intimidad de sus pensamientos y sentimientos. Y entre más la conozco, mejor soy capaz de amarla.

Cuando luchamos juntos, y a veces vencemos, y otras salimos derrotados. Cuando somos capaces de llorar, o al menos, dejar salir algunas lágrimas de nuestros ojos. A su lado, tomado de su mano, las derrotas, no saben tan amargas. A su lado, las victorias sólo son lecciones aprendidas en el largo camino de esta vida.

Cuando soñamos, y planeamos cosas juntos en el futuro, sabiendo que para llegar ahí, debemos decirnos un “sí” firme hoy, aquí y ahora.

Cuando hacemos tantas cosas que el fin de semana se nos hace más cansado que toda la semana de trabajo. Y nos despedimos con un beso y una sonrisa, seguros de haber aprovechado al máximo nuestro tiempo juntos. O incluso, cuando no hacemos nada. Ni siquiera hablamos. Sólo permanecemos uno al lado del otro, teniendo esa extraña seguridad de que vale la pena darlo todo por Amor.

Vale la pena. Sí. Amarla vale la pena. Amarla pacientemente. Amarla para hacerla reír y escuchar su risa contagiosa y viva que ilumina cualquier día nublado. Amarla para acariciar su cabello largo y enredar mis dedos en ese pelo oscuro y lindo.

Amarla en una carta escrita a mano, o un poema susurrado en su oído, que ella misma me ha inspirado. Amarla para hacer trillo en su cintura al bailar alguna canción francesa. Amarla sumergido en el aroma de su largo cuello de mujer. Amarla perdido en esa mirada llena de infinito que brilla cuando habla.

Amarla y respetarla. Amarla sin siquiera tocarla. La mayoría del tiempo estamos lejos, yo vivo en un extremo y ella en otro. No es malo eso, a pesar que quisiera verla todos los días, en todo momento. No es malo, porque hemos aprendido a ser creativos. ¿Cómo decirle que la amo, sin verla? ¿Cómo hacerla sentir amada sin un abrazo o un beso? ¿Cómo hacerle saber que siempre la tengo presente y oro por ella y me doy por ella?

En la distancia –que no es mucha, no es nada: un par de horas- su amor siempre me acompaña, y por un mensaje, me desea todos los días un lindo día de trabajo, y muchas sonrisas. En la distancia, sus labios me envían besos y me dan la bendición. En la distancia, crece el deseo de aprovechar cada pequeño instante que puedo estar a su lado, y caminar juntos.

Ella vale la pena. Esperar vale la pena. Y esa espera incluye todo. Incluye ir contracorriente, en el pequeño bote en que ambos hemos decidido viajar. En ese pequeño bote en el que remamos contra la fuerza del río de este mundo.

Incluye escribirle poemas o cuentos, más que llevarla a un motel. Incluye cerrar mis ojos y acariciar su rostro con ternura, más que desear acostarme con ella. Incluye pasear tomado de su mano, como el hombre más afortunado del mundo, antes que tocarla en público como si fuera un trofeo. Incluye aprender a besarla una y otra vez, y descubrir juntos nuevos besos, nuevas formas de amarnos, nuevas cartas y películas y helados juntos. Incluye besarla con ternura y decirle “te amo”, antes que forzarla o exigirle nada. Incluso, aunque no tuviera que exigirle nada, no forzarla a nada, vale la pena esperarla.

Vale la pena, más allá de lo que, a veces, como hombre, quisiera hacer, porque así dice la sociedad que debe ser. Ella vale la pena, porque a su lado, aprendo a ser un mejor hombre, Un hombre de verdad. Un hombre que sabe amar a una mujer. Un hombre que sabe esperar. Y así crezco. Y en la espera, también me hago fuerte, auténtico. Un verdadero amante. Un compañero de camino. Un amigo.

Porque, para verla, decido vestirme mejor, peinarme y ¡hasta perfumarme! No porque a mí me guste. Si no porque a ella le gusta. Eso me basta. Eso es importante para ella. Y lo es también para mí. De paso, así me enseña a cuidarme, a chinearme. Algo que siempre fue un terreno extraño en mi vida.

Porque el Amor se construye de pequeños detalles, de pequeñas entregas silenciosas, de sacrificios anónimos, de donaciones millonarias de sí mismo. De dar la vida en una decisión diaria de volver a empezar, de volver a reír, de volver a amar.

Porque no importa que se lo haya dicho mil veces. Que le haya dicho millones de “te amo”. Siempre quiero hacérselo saber con mis actos, de formas nuevas cada día. Porque aunque nunca olvidaré la primera vez que besé sus labios, cada beso es una nueva primera vez para amarla.

Porque un susurro suyo me hace temblar, más que nada. Porque su olor suave y dulce es como un jardín en primavera. Porque incluso, aunque pelear con ella me duele y desarma, no quiero pelear el resto de mi vida con nadie más.

Porque, de repente, me descubro pensando en ella, no como una distracción extraña que me impide avanzar o hacer mi trabajo. Sino como una historia que has escuchado y te gusta recordar porque te ha enseñado a ser mejor. O una canción que tarareás porque estás feliz. O mejor aún, como un cálido recuerdo de cuando te sentiste amado por Dios, y todo lo demás dejó de existir. La diferencia es que, cuando pienso en ella, la bendición de tenerla, Dios me la da cada día. No es un recuerdo. Es real, y tengo la dicha de decidir amarla de nuevo, cada amanecer.

Porque al pensar en ella, pienso en cuánto la amo y cuánto ha llegado a enriquecer mi felicidad, al compartirme la suya. Pienso en esa sonrisa con hoyuelo, y en lo mucho que deseo ver esa sonrisa cada día a mi lado. Pienso en que, gracias a Dios, ha llegado para quedarse. Y hoy decido amarla.

El Amor es la única cosa que se multiplica y crece entre más se da. Un Amor activo, no pasivo, un Amor que se hace y construye en el diario vivir. Un Amor que se da gratis, perdona gratis, espera siempre, soporta todo.

Sí. Aún me falta mucho. Me alegra saberlo. Nos falta a ambos y es bueno saber que podemos seguir aprendiendo juntos. No sólo ella y yo, sino los tres, Dios en medio, como la viga capaz de sostener este rancho –me gusta más un ranchito o choza, que una casa jajajajaja, está más acorde con nuestro anhelo misionero- y protegerlo de toda tormenta o terremoto. Apenas estamos empezando a cavar para poner las bases. Pero así es el Amor. Es algo que se construye día a día. Algo que vale la pena vivir, porque sin Él, sin el Amor, la vida pierde su sentido, su rumbo, su brillo.

Amo a mi novia. Y amo saber que es posible que algún día sea mi esposa. Amo orar pidiéndole a Dios que me conceda eso, y que nos ayude a trabajar para llegar ahí. Y sólo puedo decir que lo vale todo, vale la pena el Amor. Vale la pena cansarse, gastarse y dar la vida por el Amor. No cabe el miedo en un corazón que está lleno de Amor.

Gracias a Dios por ella, por esto, por el hoy. Y a vos te digo: ¡Amá! Dios hace el resto.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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