Cruzar la frontera

Una mañana, en medio de la Zona Roja de mi país, se me acercó una mujer vestida con harapos y exhalando un fuerte olor a alcohol. Más allá de las arrugas tatuadas por el sufrimiento de la calle, y la mirada opaca y lejana en un futuro incierto, se percibía una juventud malgastada y solitaria.

No me asusté, nunca he medido a un ser humano por su vestido o su aroma. Me miraba asustada y me pidió una moneda. No suelo regalar dinero, para no ser patrocinador de un vicio, pero tengo los pies en la tierra, y camino entre el lodo como cualquier ser humano normal. Es decir, no se trata de no darles plata, se trata de buscar soluciones, de hacer algo más, de cruzar la frontera…

Christ-Beggar

Lo primero que hice, sin dejar de mirarla a los ojos, fue preguntarle su nombre. Entendió que le hablaba directamente a ella, no a cualquiera. Abrió más sus adormilados ojos claros y me dijo, con un aire de desconfianza: “Jenny”. Sonreí y, a mi vez, me presenté.

Charlamos un rato y luego le pregunté si quería comer algo. Esto parece obvio. Sin embargo muchos se molestan cuando les ofrezco comida, pues la piedra los tiene tan hundidos que se han olvidado que son personas que merecen satisfacer sus necesidades básicas.

Me contestó que sí. Fui a una panadería y le compré un pan y un refresco. La acompañé un rato más, en silencio. Luego hice ademán de retirarme. Alzó la mirada como gritando algo en su interior. Percibí un leve temblor en su cuerpo. Asustado, le pregunté qué tenía. Con un escalofrío en su voz, me dijo: “Disculpe muchacho, ¿me puede abrazar?”

No dije nada, sólo la abracé. No sé cuánto tiempo estuvimos así. ¿Eso qué importa? Fue el tiempo necesario para ella. Y para mí.

Esa experiencia me hizo aprender algo valioso en mi vida: la peor pobreza del ser humano, el más grande de sus sufrimientos, no tiene nada que ver con el hambre, la miseria, la injusticia o la esclavitud. Su mayor desesperación es la de no saberse amado.

El Amor nos hace personas. Nos hace sentir vivos, parte de algo más grande. El Amor es incluyente, no excluye. Pero este mundo nos ha vendido la idea falsa de la felicidad y el Amor. Nos ha hecho creer que merezco ser amado, y que hay un status en el Amor, en el cual soy amado entre más tengo, más puedo, más soy.

Hemos hecho del Amor un club privado al cual no todos tenemos derecho de ingresar, a no ser que cumplamos con ciertos parámetros sociales. Hemos llegado a sentirnos tan incluidos dentro de las fronteras de este mundo globalizado, que terminamos excluyendo a aquellos menos afortunados, menos poderosos, menos ricos, menos famosos.

Y olvidamos que el Amor no es un privilegio para unos cuántos, es un regalo que Dios nos ha dado a todos gratuitamente. Estamos tan satisfechos con nosotros mismos, tan ensimismados en nuestros problemas, logros, etc. que hemos olvidado salir de nuestro yo, para ir al encuentro de mi hermano, y construir un nosotros.

Hemos perdido la capacidad de sentir con el otro, de compadecernos, de hacernos Amor para el otro. Y peor aún, nos hemos acostumbrado a la injusticia, al dolor, a la pobreza. Hablamos, criticamos, pedimos cambios, y hasta exigimos milagros a Dios.

Y olvidamos que el milagro de Dios para este mundo soy yo. Y a partir de mi propia vida puedo hacerme milagro de cambio, de vida, de justicia, de paz, de libertad, para los demás. El cambio para nuestra sociedad, empieza por mí.

¿Cuántos se nos han acercado en busca de misericordia, y sólo han encontrado rechazo, burla, repulsión de nuestra parte? ¿Cuántas veces hemos tirado una moneda para acallar nuestra consciencia y salir del paso, para que nos dejen de estorbar? ¿Cuántas veces ni siquiera hemos visto a la cara a estos hermanos, menos aún nos hemos sentado a hablar un rato con ellos, escucharlos?

Quizás, como decía la madre Teresa, lo que hagamos es sólo una gota en el mar; pero podemos estar seguros que, para una sola persona, esa gota será su mar, que calme la sed de Amor y misericordia que busca con tanta desesperación. ¿Acaso no lo vale?

El Amor no nos pertenece, lo recibimos, nos fue dado primero. Dado para ser compartido. Y llegó para incomodarnos, para sacarnos de nuestro confort, de nuestra pasividad y egoísmo, para ayudarnos a cruzar los bordes de nuestro pensamiento. Nuestro corazón.

Para salir de nosotros mismos, e ir al encuentro de aquel que tiende la mano, que busca un abrazo, que pide pan, y que tiene el rostro desfigurado de Cristo clavado en la cruz.

Este Amor paciente que hemos recibido de Dios, es el mismo que debe movernos al encuentro con el hermano. Es el Amor que sabe esperar, no en sus planes y conceptos de bien, sino en algo más grande, en la Misericordia de Dios que nada tiene que ver con ideologías o conceptos adoptados. Que es una y la misma siempre.

Amor que no exige un cambio, pero abraza sin miedo. Amor que no lanza juicios preconcebidos, sino que sabe sonreír y escuchar. Amor que no trueca intereses, sino que se dona libre y totalmente.

Este mundo necesita menos jueces, y más hermanos. Menos jefes, y más servidores. Menos “crucificadores” y más personas que quieran ayudar a cargar la cruz. Personas enamoradas, personas que amen, y ya.

Sólo el Amor transforma, construye. El amor nos hace arriesgarnos a ir más allá de nosotros mismos, y, a menudo, ese riesgo duele, lastima. Pero es preferible ese riesgo de amar a la pasividad de quedarse esperando a que el Amor te llegue.

El Amor te llama hoy. Te llama, y para ir a su encuentro, debés salir, caminar, moverte. Ir más allá.

Terminaremos con la indiferencia y el egoísmo cuando seamos capaces de cruzar las fronteras, no sólo las físicas de nuestros países, sino las interiores de nuestro pensamiento y nuestra alma. La discriminación se vence cuando soy capaz de salir de mí mismo, para hacerme parte de aquellos que nadie se ha atrevido a escuchar y conocer. Para amar a aquellos que hoy sufren en su corazón la carencia del Amor.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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Una respuesta a Cruzar la frontera

  1. Odrareg Zirdam dijo:

    gracias amado mio, que Dios te bendiga y te mantenga en su camino, personas como tu necesita esta humanidad tan deshumanizada.

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