Los VIP de Dios

El término VIP -que hoy es tan tristemente usado-, nunca me ha gustado. ¿Acaso existe gente más importante que otra? O ¿Dios ama más a unos que a otros? Sabemos todos que la respuesta es no. Esto es un invento más de este mundo para crear más división entre los hermanos. Dichosamente, para Dios-Amor, todos somos very important people. Les dejo esta historia:

Jesús-ChildrenYa el reloj da la 1:30p.m. Suena la campana. Es hora de deporte. Cuatro chicos se alistan con sus tennis viejas y rotas –no tienen más, tampoco necesitan más-, sus pantalonetas algo viejas y sus camisetas con huecos.

Van felices, sonríen y bromean. Bajan por el callejón estrecho y maloliente, lleno de basura, rodeado de latas herrumbradas. Se acaban las gradas de concreto, y siguen por el trillo de barro. Huele a animal muerto. Ejércitos de moscas revolotean sobre sus cabezas. Cabezas despeinadas o rapadas. Al principio, intentan alejar las moscas con sus manos. Luego, ya no insisten más. De todos modos, son parte del paisaje.

Al otro lado de la plaza –si se puede llamar así a ese planché despedazado, con huecos, montones de hierba alta creciendo entre las rendijas y alrededor, con basura agria secándose al sol y emanando sus gases-. Al otro lado de ese pedazo de concreto viejo, se ven los niños, se oyen sus risas chimuelas.

Aunque son ellos los que han visto primero a ese curioso grupo de muchachos; y, entonces, empiezan a cuchichear, señalándolos y murmurando sobre su presencia. Los observan, algo tímidos, pero luego, al ver el balón rojo que cargan, se miran entre ellos, confiados y contentos.

A un gesto de uno de los jóvenes, se vienen corriendo alegres, sonrientes, exhalando confianza e inocencia. Traen sus trompos de plástico o madera. Es el juguete de moda. Algunos sonríen, sin dientes. Otros llaman a uno de los chicos: “¡Barrabás! ¡Barrabás!” (el apodo que los niños le han puesto por su larga barba) y se ríen a carcajadas.

Los más chicos tienen como 5 añitos. Los mayores unos 11 ó 12 años. Niños y niñas. Todos juegan, todos participan. Todos se van uniendo despacito, a la fiesta que se aproxima. Los olores, la alta hierba, los miserables ranchos de latas donde viven les son totalmente irrelevantes. Lo importante es reír, jugar, divertirse.

Dejan de llamar “Barrabás” al joven, cuando él empieza a preguntarles sus nombres. “Yo soy Mario”, “yo me llamo Karla”, “él se llama Emmanuel, pero le gusta que le digan Negro”; y señalan a un chiquitín de unos 5 años. Elliud, Bryan, Ismael, Douglas, Kevin, David, Josué, Minor, Melanie, Nati… “¿Y usted cómo se llama?” “Christian”, les contesta el joven de barba desordenada. Y se aprenden los nombres de cada uno de los muchachos, con una infantil y emocionada rapidez.

Acá, en esta ruinosa plaza, el calor es aún más asfixiante, por los hedores de la basura, que emanan del suelo sobre el que está construido la casa de formación de los jóvenes y este precario (favela, barrio marginal). Y la basura se sigue acumulando en este caserío, donde crecen estos preciosos niños.

Una de las niñas –Melanie-, que les sonríe siempre con su sonrisa sin dientes, les dice a los chicos que ahí hay agua, por si quieren tomar, y les señala un plástico de galón de helados con agua hasta el borde, y un vaso plástico gastado y lleno de manchas.

Ellos no tienen sed, pero no quieren rechazar su amigable invitación. Toman el vaso –el cual es comunitario, todos los niños toman de él- y uno a uno, cada joven bebe un poco de agua, la cual tiene un sabor extraño y oxidado. Y prefieren pensar, imaginar que a lo mejor, así sabe el Amor. A ellos les han dado mucho más que a Cristo crucificado, que le dieron tan sólo un poco de vinagre. Ellos, para esos pequeños, son de verdad “unas personas muy importantes”.

Los equipos se han dividido, y todo está listo para el partido de fútbol callejero. La pelota se lanza al aire y empieza la mejenga (así se le llama en mi país a ese tipo de encuentro deportivo). Los cuatro muchachos ni se concentran en el deporte; sólo se pierden en las risas de los infantes, en sus vocecillas que dicen sus nombres para pedirles el balón, en su pasión al jugar fútbol, su lucha y valor.

Sus ojos brillantes iluminan una esperanza, no tienen miedo para recibir la vida con todo lo que ésta trae de sorprendente. Ríen con ellos. Ríen, gracias a ellos. Y yo río, para ahogar el nudo en la garganta que me produce tanto Amor gratuito y puro, por mi persona, un completo desconocido para esos niños. Soy un hombre rico de poder ser parte de esta fiesta. La esperanza brilla y encandila, en la grandeza de su pequeñez.

Goles van, goles vienen. Estos partidos son los que valen la pena ser narrados, aún más: ser vividos. Acá, cada uno es una estrella para ellos, pero ellos brillan mucho más. Estrellas que brillan en el cielo de nuestra juventud. Ellos, esos pequeñines preciosos, quizás, nunca estarán en un puesto VIP. Al menos, no en este mundo ciego; pero sí en el corazón de Cristo.

Acá no hay ganadores ni perdedores. Todos ganan. Yo gano. Juntos ganamos. Algunos pelean contra “Pichu”, el perro que a veces llega a morder la pelota con el objetivo de estallarla. Otros pelean entre ellos, por alguna jugada “violenta”; y los jóvenes tratamos de calmarlos un poco, intentando dejar algo más que un simple rato de deporte. Dejarles perdón, Amor, amistad, alegría, paz.

Y al final, los que más ganan somos nosotros. Nos despedimos de cada uno, por su nombre. Cada uno es especial, único. Y al decir su nombre, nos miran con esa profundidad infantil, que agradecen de corazón, al hacerlos sentir las personitas más importantes del mundo. Verdaderamente una persona muy muy importante. Ríen, nos chocan las manos, nos agradecen (siendo nosotros quienes debemos agradecer tantas muestras de Amor).

Antes de irnos, todos insisten, todos preguntan cuándo vamos a volver. ¡Quieren que volvamos! ¡Nosotros! Les decimos que pronto. No sabemos. Por mí, siempre, todos los días.

Empezamos a subir la pequeña cuesta de tierra. Noto algo diferente. Ya ninguno percibe el olor a basura ni a animal muerto. Cada uno de nosotros lleva una sonrisa y una mirada brillante y perdida, como la de alguien que ha encontrado un gran tesoro. Sólo nos ha quedado el aroma de la alegría, el perfume de la amistad, la esencia dulce de la inocencia. El Amor. Así huele el Amor. Ese mismo que permanece cuando todo lo demás se ha ido. La tarde se acaba. Las luces se van apagando, pero en nuestra mente y corazón aún brillan las risas y las miradas de esos niños. Los más importantes de este mundo, los pequeñitos, los favoritos del Señor.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s