De los travestis y otros favoritos de Jesús

“No me gusta demasiado Cristo Rey en su majestad; prefiero al Jesús de Pedro en la barca, al Jesús que llama a Magdalena por su nombre: «¡María!» y que le dice a la adúltera: «Tampoco yo te condeno»; al Cristo de los pequeños, de los sencillos, de los pobres, tan cercano a nosotros…”
– Monseñor F. X. Nguyen van Thuan

Jesús Niño

Al leer un artículo de un periódico de mi país, sobre los “trans” (transexuales y travestis), me quedaba sorprendido ante esta sociedad que va cerrando puertas y arrinconando a aquellos que “se salen del canasto”. Lo primero que me pregunté, al hojear las imágenes y leer los pies de foto, fue: “¿y por qué estas personas no trabajan en otra cosa que no sea prostitución?”. La respuesta no me la tienen que dar ellos, sino la sociedad misma. Y yo como parte de ella.

Comentaba uno de estos transexuales, que en una iglesia cristiana (!!!) lo llamaron ‘engendro del demonio’. ¿Qué predicamos hoy? ¿Qué le decimos a la gente con nuestro estilo de vida o forma de pensar? ¿Acaso nos hemos olvidado de que el verdadero cristiano vive desde el verdadero Amor?

¿Cuántas veces, tristemente, estas personas se han visto rechazadas, abusadas, discriminadas? ¿Cuántas veces han tenido que sufrir el desprecio o hasta insultos de aquellos que se hacen llamar ‘cristianos’? Ser cristiano, ¿desde cuándo se volvió un título de prestigio social o de preferencia divina por mi persona?

¿En qué momento dejamos de vivir el cristianismo humano y misericordioso de Jesús, el cristianismo cercano a los más pequeños de la sociedad? ¿Cuándo olvidamos abrazar al leproso y enfermo? ¿Cuándo cambiamos la mano tendida y mirada amorosa de Jesús, por la piedra? ¿Cuándo cambiamos el perdón por la ley, la paz por el desprecio, la sonrisa por la burla? Cerramos la puerta de nuestro corazón a los favoritos del Señor, y al cerrar la puerta, entró la oscuridad. Dejamos de ver con la Luz del Evangelio. Nos volvimos ciegos al Camino trazado por Jesucristo.

¡Qué lejos estamos, a menudo, de cumplir las enseñanzas de Cristo! Él lo dijo muy claro: “…no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. El Señor nos mostró un camino. Ir y amar a aquellos que nadie ama. Acoger a aquellos que nadie acoge. Mirar de frente a aquellos que el mundo les ha dado la espalda. Vestir al desnudo, visitar al cautivo o enfermo, dar de comer al hambriento. Él nos enseñó que, sobre lo que la persona hace, está lo que la persona es. Es decir, hijo e hija de Dios.

A nosotros no nos toca juzgar ni tirar la piedra, ¡nos toca amar y perdonar! Mientras que Jesús ama y abraza, nosotros señalamos y rechazamos. Mientras que Cristo da ánimo y perdona, nosotros insultamos y repartimos sentencias. Mientras que Él ve el corazón, nosotros seguimos viendo el vestuario, el maquillaje, los tacones. ¡Qué poco Amor hay aún en nuestro corazón! ¡Danos más de tu Amor Señor, enséñanos a mirar con tu Mirada!

Es que el Señor no nos nombró jueces de la Verdad, sino que nos mandó a ser discípulos del Amor. Fue Él quien nos llamó prójimos y nos invitó a amarnos, al decir que no hay mayor mandamiento, “que os améis los unos a los otros… como yo os he amado” (Jn 13, 34). No, Él no nos pidió juzgar o tirar la primera piedra. Ni siquiera Él lo hizo, ¿soy yo, acaso, más que el Maestro? (Jn 8). No.

Fuimos creados para amar, no para repartir sentencias. La única sentencia que nos legó Jesús fue la del perdón amoroso e incondicional desde la cruz.

Nuestros tiempos y los tiempos de Jesucristo no tienen gran diferencia. Su sociedad y la nuestra, su propia comunidad judía y la comunidad cristiana de hoy. Sigue existiendo gente que busca un rango a base de “sacrificios” cómodos y de apariencias ensayadas. Pero Cristo dijo “misericordia quiero, y no sacrificios” (Mt 9, 13, Os 6, 6). ¡Él nos pide Amor real! Muchos siguen confiando en su fuerza o sus conocimientos, pero “Dios ha escogido a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes” (I Co 1, 27).

No quiere que atesoremos títulos y puestos, sino obras de misericordia. No quiere que escalemos altos puestos en los honores de este mundo, incluso, aunque sea dentro del servicio a la Iglesia. Eso a Él no le importa. El Señor desea, sobre todo, que bajemos, que nos hagamos los últimos, los servidores de todos, los que de rodillas hacen sentir amados a los pequeños.

Así es, nuestras sociedades no han cambiado mucho. Siguen marcando las pautas de lo que es “despreciable”, definiendo lo que debe ser “tirado” al doloroso lugar del olvido y la indiferencia. Señalando, con desprecio, lo que es diferente, creyéndose poseedores únicos de la Verdad. Pero más grande e impactante aún, es que la enseñanza del Señor es la misma. Se mantiene actual e inmutable en el tiempo. Sobre la ley, está el hombre, sobre el juicio el Amor, sobre la piedra, está la mirada misericordiosa de Cristo.

Si Jesús viniera hoy ¿quiénes serían sus favoritos, sus pequeños? Esa prostituta parada en una oscura esquina, ese transexual que vende su cuerpo porque no encuentra otro empleo ya que la sociedad le ha cerrado todas las puertas, ese niño adicto que engaña su hambre con una cochina piedra de crack, ese ladrón semejante al apóstol Mateo (Mt 9, 9). Ese ex convicto, que al ganar, de nuevo, su libertad, ya le habíamos robado toda oportunidad de volver a empezar.

Probablemente, el colegio apostólico, hoy, estaría conformado por la “calaña”, la “escoria” de nuestra sociedad. Pero, ¿no fue así en tiempos de Jesús? Ladrones (Mateo), analfabetas (Pedro), ambiciosos (Santiago y Juan), traidores (Judas). ¡Hasta prostitutas eran parte de su comunidad! (María Magdalena).

¿Cuándo fue que perdimos el rumbo? ¿Que sustituimos el Amor por el status o el conocimiento o la cara bonita? Empezamos a sacar de la Iglesia a los borrachos, nos sentamos lejos de los “raros” o “locos”, pusimos cara de repugnancia ante el mal olor de esa ancianita que no tiene nada, o dimos nuestra desaprobación a aquellos travestis u homosexuales que sólo buscaban un abrazo, una palabra, un poco de Amor de Dios.

Sin embargo, hoy, Jesús está ahí. A lo mejor puede sonar a escándalo, al decirlo. Pero, a pesar de todo, Cristo mismo está en esa prostituta. Cristo te pide un abrazo en ese transexual. Es Cristo quien desea que lo escuches en ese joven homosexual. Ese indigente que llamamos “hediondo” y “asqueroso” es Cristo que tiene hambre de comprensión y aceptación. Ese asesino frío, es Jesús que busca calor. Ese drogadicto es Él, que está sediento de Amor.

Sí, quizás parezca escandaloso ver a Jesucristo en estas personas. Sin embargo no es invento mío. Son las mismas palabras del Señor: “… Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25, 31ss). Y continúa diciendo “… cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt, 25, 40).

Amor y no sacrificio. Lo que te pide es sencillo. Te lo pide un Cristo que murió en la cruz, precisamente por los pecadores, por vos y por mí y por aquellos que juzgamos “peores” que nosotros. Te lo pide un Jesús desnudo, que murió con los brazos abiertos y el pecho traspasado, como para acoger a todo aquel que se acercara a Él. Se vació de sí mismo, y dejó su Corazón vacío, para que todo aquel que la sociedad tirara al olvido, pudiera encontrar dentro de su pecho un refugio de Misericordia y perdón.

No tiene nada que ver con aceptar el pecado; sino con amar al pecador. No se trata de juzgar y señalar, sino de hacer tu parte desde el Amor. Amar sin criticar. Amar y actuar desde ese Amor. Amar y buscar soluciones. El Amor habla poco y hace mucho. Se trata de volver a la esencia de la enseñanza de Cristo. Volver al corazón de la Iglesia. Volver nuestra mirada a Él, y en Él, mirar con Amor a aquellos que este mundo, hoy, ni siquiera se digna mirar.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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