El Escultor de Sueños

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“¡Pasen, pasen!!! ¡Bienvenidos a la feria!!! Está llena de sorpresas inesperadas para los curiosos ¡Pasen, pasen!”, gritaba el alto caballero, con su viejo y roído traje de rayas, su sombrero alto, y su enorme bigote negro y embetunado.

La feria realmente parecía un lugar mágico. El lugar estaba lleno de colores, sabores, olores y sonidos. La feria se sentía en el alma. Cada año, en ese lugar lejano, en medio de la montaña, de todas partes del mundo, llegaban los bailarines, artistas, magos, bufones, artesanos. Y poco a poco iban montando sus carpas, talleres y puestos.

Y no cualquiera podía entrar, eso estaba claro. Tenías que haber recibido la invitación.

“¡Pasen, pasen, no tengan miedo, y déjense sorprender!”, seguía diciendo el espigado caballero. Yo no lo podía creer… ¿Cuántas veces había deseado poder ir a la feria? Y es que sólo sabía de ella por las leyendas e historias que otros afortunados contaban en el pueblo. Pero me había llegado la invitación a mí… Con el mapa impreso en tinta invisible de limón, para llegar al lugar. No sabía qué buscaba, pero ¿qué más daba? Iba a entrar a ese maravilloso mosaico de emociones ancestrales.

Además, ¿qué podía salir mal? Después de que se había secado el girasol de mi jardín, por tener raíces poco profundas, mi vida se había vuelto monótona y triste. Ningún sol iluminaba mi ventana, y el miedo había nublado cada amanecer.

Ahora estaba ahí, de noche, bañado en los tonos morados y rosas del ocaso, y con mi mirada brillante de ilusión. Con voz temblorosa respondí a la llamada del hombre: “Sawabona rafiki”. Él se volteó como el viento, su mirada llena de pasión ardió como dos llamas verdes, y de sus labios brotó una sonrisa sincera. Luego, me tendió sus largos dedos, y casi en un susurro contestó: “…Shikoba”.

Su mano era cálida como la de un viejo amigo. Y la fuerza de esos dedos me ayudó a sortear la distancia del abismo que me separaba de la entrada de la feria.

Una vez adentro, el amigable señor, se desplomó en pequeñas semillas que se desperdigaron por el suelo, y como una misma cosa, brotaron cientos de girasoles miniatura a mis pies. Esto me hizo dar un grito de admiración ante tal prodigio. Sentí como si mi vida volviera a florecer con este hermoso jardín personal hecho a la medida, sólo para mí.

En estos pensamientos estaba embobado, cuando a mis espaldas una música alegre y colorida me sacó de mi ensimismamiento. Era una armónica echa de escamas de pescado y caparazón de tortuga de carey, que sonaba como el río que fluye entre los montes de mi tierra. Al voltear, se me presentó la feria y el carnaval en toda su majestuosidad.

Había puestos de comidas de sabores inimaginables. Jaleas hechas a base de flores, arco iris en forma de paletas, racimos de estrellas bañadas en nutella, hongos dulces en forma de cheesecake.

En otro lugar, un hombre bordaba notas musicales con los dones de la naturaleza, y la música que brotaba de cada instrumento era de una melodía tal, que boceteaba colores en el aire. Aquella mujer regalaba abrazos, este niño ofrecía sonrisas con pureza certificada, ese otro joven derramaba pensamientos alegres sobre las cabezas de unas preciosas niñas.

Yo caminaba extasiado, sin entender mucho aquel abanico de posibilidades. Los pasillos parecían no tener fin, y yo andaba sobre piedras de colores, preciosas y únicas. Al caminar, sentía que mis pies danzaban sobre el suelo. Multitudes de gentes se entremezclaban con el ambiente de la feria. Ninguno hablaba el mismo idioma, pero todos se entendían.

En la loca carrera, por estar mirando hacia otro lugar, tropecé con una pequeña niña vestida con un traje rojo de princesa. Tenía el cabello largo casi hasta el suelo, y de un color azul turquesa, como una noche de primavera iluminada por las estrellas. Me miró desde abajo, y yo, extasiado en ese estado feliz del espíritu que no sabía explicar, sólo atiné a decirle: “Perdón, princesa”, hice una torpe reverencia y la tomé de una mano; riendo ambos, mientras dábamos vueltas bailando por toda la plaza.

Cuando nos detuvimos cansados y jadeando, ella me seguía mirando, con sus enormes ojos cafés, de forma curiosa. Y me sonrió. Fue la curva más preciosa que había visto en mi vida. La comisura de sus labios, sin decir nada, solamente con esa sonrisa, me dijo: “Hola amigo”. Un escalofrío recorrió mi espalda. No era miedo, o duda o confusión. Fue una sobredosis de pureza e inocencia, de transparencia.

Con sus manos empezó a tocar mi barba. Supongo que estaba curiosa por la larga barba que enmarcaba mi rostro. O a lo mejor era por lo que ella misma me diría de inmediato: “¿Por qué tu barba está teñida de lágrimas?”

Al ver mi silencio y mis dudas al responder, puso su pequeño dedito índice sobre mis labios, para evitarme la vergüenza, y dijo de inmediato: “Vendo curitas para los corazones heridos, pero creo que el tuyo necesita algo más. Te regalo una curita a cambio de un abrazo, pero luego lo llevaré donde el “Escultor de Sueños”.

Yo sólo sonreía. Sonreía y temblaba. Esa niña me llegaba hasta el alma. Su tierna voz me hacía sentir tan amado. Y sentía que para ella no había secretos. Me sentía con el corazón desnudo. Ella podía ver a través de mí.

Sin pensarlo dos veces, la abracé con mi corazón herido, pero que aún latía al amar. Y otra lágrima se enredó entre mi barba enmarañada. Ella emanó un suave aroma a rosas cuando la estreché contra mi pecho. Luego, con sus pequeñas manos abrió un baúl de madera negra que cargaba colgado a su cuello.

Al abrir el baúl, volaron cientos de luciérnagas que tiñeron de verde la oscuridad nocturna. Agarró una en el aire, la acercó a sus labios y le susurró unas palabras ilegibles.

Todo eso era nuevo para mí.

La luciérnaga se acercó, se posó sobre mi pecho que palpitaba cada vez más rápido, y empezó a tejer algo con sus patitas traseras. Al cabo de unos minutos, sobre mi pecho brillaba una curita fosforescente.

“¡Bien, ya terminamos!”, dijo la pequeña. “Ahora toma mi mano, y no me soltés usted”. Y empezamos a correr. Yo reía divertido de la forma inocente en que se enredaba al hablar. No sabía conjugar los verbos en las personas, pero sabía amar. Quizás no tenía mucha experiencia de la vida, y para ella todo era mágico, pero emanaba Amor en cada paso que daba.

Me dije “no, no te voy a soltar hasta llegar”. Corríamos entre los callejones de la feria. A la derecha, luego a la izquierda, luego sobre un puente magnífico que tenía la escultura de un libro enorme lleno de palabras vivientes. Al cruzar el puente, ella aminoró la velocidad, y empezamos a subir unos escalones empedrados por una montaña altísima, que parecía no tener fin.

En un descanso de los escalones, ella me dijo: “Ahora debe seguir solo, dejá acá tus cargas, yo las cuido mientras te espero”. Me quedé estupefacto. No me esperaba eso. Y ella, al ver mi titubeo, me dijo: “no temás vos, usted lo va a lograr y llegarás al final. Acá me quedo cuidando el camino”.

Me dio un abrazo, y yo sólo me acurruqué. Luego me soltó y sopló en mi rostro suavemente. Sin darme cuenta siquiera, empecé a caminar.

El camino era empinado, y conforme iba subiendo, se iba perdiendo el bullicio de la feria, el camino se hacía más oscuro, las luces se iban apagando. Con cada escalón, sentía que mis piernas me pesaban más y más, y los escalones se distanciaban más uno de otro.

Me sentía sólo, cansado y sin fuerzas. En algún momento tuve la tentación de culpar a la pequeña que me había dejado sólo. Pero fue un instante y ese pensamiento voló lejos de mí. No era así. Al contrario, ella cuidaba de mi camino, mientras yo subía. No estaba sólo, pero ella (quizás no era tan niña, quizás era más sabia y fuerte que yo, y no lo había notado) se había hecho a un lado, para que yo caminara más libre y seguro.

Chorreaba gotas de sudor enormes, que hacían una cascada por los escalones. El calor era insoportable, y conforme subía, me iba quitando piezas de mi ropaje… Primero la camisa de manga larga y cuadros. Luego los zapatos y las medias, después de haber resbalado. Me estorbaban.

Más arriba me quité el pantalón. En ese momento me detuve. Noté que conforme me quitaba algún peso de encima, la cima se me hacía más cercana y hermosa, no tan siniestra. La luz se iba aclarando, los pajarillos empezaban a cantar.

Cuando me desnudé totalmente, sin darme cuenta, caí sobre terreno plano, sobre un césped suave y esponjoso. Me sentí libre y feliz. Y sólo atiné a abrazar esa alfombra de vida.

Una mano ahuecada se presentó ante mí, y una voz suave me dijo: “Bienvenido, amigo”. Miré hacía arriba, y aunque estaba desnudo, no sentí temor ni vergüenza. Ése era yo, ni más ni menos. Me levanté, y el apuesto joven que me recibió, me tendió una manta bellísima y blanca. Era suave y pura como la nieve.

Me dijo: “Sígueme, te llevaré con el Escultor de Sueños”. Lo seguí por un Camino precioso de girasoles. Llegamos a una choza humilde, pero llena de belleza y arte. El joven se arrodilló, besó el suelo, y luego se fue. Volteé, para seguirlo con la mirada. El Camino sobre el que habíamos caminado iba quedando húmedo y rojo, con cada uno de sus pasos.

Me quedé ante esa puerta, sin saber qué hacer. Entonces, una voz desde adentro me dijo: “Pasá”.

Entré, y era un salón enorme, lleno de cinceles, gubias, mazos, formones. Y la variedad de materiales iba desde las piedras, maderas, mármoles, metales, hasta arcilla y yeso. Un típico taller de escultor. Yo pensé para mí: “debe ser el mejor escultor del mundo, para que maneje tantos materiales”.

Me dijo, como si supiera lo qué yo estaba pensando: “Perdón el desorden, todo eso que ves es basura, es lo que he tenido que quitar, para arreglar los desastres de otros. No sirve de nada”. Su comentario me agarró desprevenido, y no supe que responder. Si todo eso era basura, ¿con qué material trabajaba este escultor?

Me extendió una silla de mimbre, y me senté. Sin decirme nada se acercó con una bolsita tejida. Empezó a rebuscar algo adentro. Sacó una llavecita herrumbrada y vieja. Me miró con ternura paternal, y sin darme un respiro, acercó la llave, la introdujo en mi pecho y ¡sacó mi corazón!

Todo esto sucedió en cuestión de segundos. Yo no entendía nada. Es decir, no me asustó que sacara mi corazón y en ningún momento temí de Él. Sólo me asustaba el hecho de que yo seguía vivo, a pesar que mi corazón estaba fuera de mí.

Su expresión cambió a un rostro lleno de gravedad. Frunció el ceño. Empezó a darle vuelta a mi corazón, y caminaba de un lado para otro con grandes zancadas. Se detuvo frente a mí y dijo: “Hijo, tu corazón está muy herido. ¿Te duele muy a menudo verdad? Está lleno de cicatrices y heridas que aún no sanan. Debo repararlo”.

No supe que decir.

Esa noche todo había sido tan extraordinario, que más bien decir algo hubiera sido lo realmente extraño. En ese sitio las palabras sobraban.

Abrió su pecho, era enorme, gigante. El corazón que palpitaba en su interior era precioso. Pero más impresionante aún fue el estado de ese corazón. No estaba completo. Estaba lleno de huecos, de trozos arrancados, de clavos y espinas. Pero palpitaba fuerte, y era hermoso. Todo eso, todas esas cicatrices y heridas, sólo lo embellecían, y el Escultor sonreía feliz y en paz.

Luego me dio la espalda, y vi como sus enormes brazos se movían arriba y abajo cincelando, quitando, rompiendo, cambiando, arreglando…

Yo intentaba ver por encima de su hombro, pero sus anchas espaldas me lo impedían; hasta que descubrí una vieja escultura de metal que servía perfectamente de espejo.

Decidí mirar por ahí. Tuve que ahogar un grito de espanto al ver que los golpes y martillazos se los daba a su propio Corazón. Veía cuánto sufría. Las lágrimas caían abundantes de sus ojos, pero todo esto lo disimulaba a la perfección. De pronto, sin esperarme esto jamás, arrancó un trozo de su Corazón, y lo introdujo en los lugares donde el mío estaba vacío y dañado de miedos.

Yo estaba asombrado y temblaba de la cabeza a los pies.

Me acomodé en mi silla, para que no notara que lo había visto todo. Él se limpió con la manga de su camisa el sudor y las lágrimas. Se volteó sonriente y me dijo: “Ya está”.

Yo me sentí como un niño, y en ese momento me bajé de la silla y lo abracé, mientras caía de rodillas. Sólo pude decir: “Gracias”.

Salí de ese lugar sintiéndome nuevo. En paz y feliz. Me sentía enamorado. Empecé a caminar hacia las escaleras.

Conforme iba bajando, iba juntando la ropa y me la iba poniendo de nuevo. Noté que la ropa era más liviana, estaba limpia y era nueva.

Cuando casi llegaba al final de los escalones, podía ver el vestido rojo y los largos cabellos danzar con la brisa suave. De pronto, un viento cálido golpeó mi mejilla…

——————————————- o ——————————————-

“¡Lucas! ¡Lucas! Hora de despertar”. Ahí estabas vos con tu sonrisa de siempre y tus ojos brillantes, sosteniendo mi mano. Y con tu alegría infantil que siempre lograba contagiarme con una esperanza renovada. Con tu amistad era fácil despertar con una sonrisa.

Te miré y me dijiste: “¡El doctor te tiene una sorpresa!”. Mi sonrisa desapareció, y busqué al doctor Miguel. Sin dejar que le preguntara, él me dijo: “Lucas, tenemos un donante. Es el corazón de un hombre fuerte de 33 años, se llamaba Joshua. Y es un buen corazón. Murió ayer, por salvar a sus dos pequeños sobrinos de morir atropellados”.

Una lágrima cayó por mis mejillas. Me abrazaste y me dejé abrazar… Sólo pude decir “Gracias”. Era la segunda vez que decía esa palabra en ese día, aunque nadie lo sabía. Vos me dijiste: “Te quiero con todo mi corazón”. Y supe que todo iba a estar bien.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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Una respuesta a El Escultor de Sueños

  1. Yeka Jarquín dijo:

    Me fascinaste!

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