La Mirada de Cristo

Algunas veces me he preguntado ¿cómo mira Jesús, a su amigo Pedro, después que éste lo ha negado? ¿Qué haría yo, cómo me sentiría con esa mirada? Negarlo, tristemente, es algo que hago a cada paso, cada día de mi vida, cuando, con mis actitudes e incoherencias, lo traiciono de nuevo. Y, como Pedro, también me he mostrado indignado de esa muerte cruel que el Señor sufrió, y como él, he dicho montones de veces que si yo estuviera ahí, estaría dispuesto a ir con Jesús hasta la muerte. (Lc 22, 33)

A través de esa mirada, el Señor le hace ver que su propia seguridad, su propia fuerza y deseo de seguirle hasta el final -su autosuficiencia- no son suficientes. Pedro no necesita tanto de sí mismo, sino del Amor de Cristo. Necesita vaciarse de sus seguridades y prepotencias, y dejarse llenar de la humildad y el servicio que Jesús le propone, como Cordero llevado al matadero. (Is 53, 7)

Y hay que aclarar algo. Lo que dice Pedro no está mal. Sus intenciones son buenas y sinceras. Lo mismo que tu propio deseo de enmendarte, tu intención de cambiar, tu anhelo de nunca apartarte de Cristo, también es sincero. Pero el problema de Pedro –el mismo de nosotros- es que pone una gran confianza en el lugar y persona equivocados. Pones tu vida en tus propias manos sucias y débiles, en lugar de ponerla en las manos de Dios, a ejemplo de Cristo. (Lc 22, 42)

Es ahí, en tu soberbia, cuando terminas pecando, engañando, cayendo, negando y traicionando. Traicionas a Cristo, porque te has traicionado a vos mismo, asumiendo la mentira de creer que con tu fuerza o conocimiento le servís mejor, que Él necesita de vos, y no vos de Él.

Cristo te ofrece todo su Amor, y vos preferís quedarte con ese pobre amor propio y exacerbado que te daña tanto. Cristo te dona su Vida, y vos preferís esa muerte que este mundo te presenta cada día, con cosas que tu alma no necesita. Él te presenta un Camino hermoso, que ves empañado por llenar tu vida de vacíos y mentiras. Nada de lo de este mundo te deja ver claramente el Amor de Dios por vos, cuando anteponés tu Yo “superhombre”, ante el hombre-Dios que clavado y desnudo en una cruz, intercede por vos. (Lc 23, 34)

De vos, de mí; claro está, debe surgir un deseo verdadero de seguirle hasta el final. Y éste es un deseo normal que inunda tu corazón, cuando has estado ya con Él. Cuando has compartido con Él, lo has visto, has comido con Él a diario. Ese deseo se moldea poco a poco, en el diario compartir con el Señor, en el Amor que Él te ha hecho sentir en su Presencia.

Pero tus fuerzas para amarlo nunca serán suficientes. Tus buenos deseos nunca serán los necesarios para afrontar los desafíos de este mundo.

Pedro tiene intenciones valientes y reales, se siente muy seguro de su fuerza (Lc 22, 50). Cree que su humano Amor y su fe son suficientes para cumplir esa promesa: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte”.

Sin embargo, el anuncio que Jesús le hace a Pedro, está muy lejos de ser una palabra llena de reproche o de rencor. Mucho menos tiene que ver con una burla por su poca fe o incoherencia. Las palabras de Cristo (Lc 22, 34), al contrario, están llenas de Amor y misericordia; son las mismas que te recuerda a vos y a mí, día a día.

Casi parece decirle a Pedro –y a nosotros mismos: “Yo sé quién sos, te conozco, conozco tus debilidades e impulsividades, tus errores y caídas, tus traiciones y engaños; pero a pesar de todo eso, Yo te amo, porque más aún, conozco tu corazón. Más allá de toda tu pequeñez, te cubre mi Amor. Yo no te amo por tus errores, sino más allá de ellos”.

Jesús es así. No tira la piedra, tiende la mano (Jn 8, 10-11). No reprocha ni se queja de nada, perdona todo (Mt 9, 5). No sabe guardar rencor, en su Corazón sólo hay espacio para el Amor (Jn 15, 13). Él es todo Amor, todo misericordia, todo bondad. Jesús no se niega ni se contradice a sí mismo; a pesar de las actitudes de tantos Pedros en el mundo, Él sólo atina a decir al corazón: “Yo te amo, aquí estoy”

A pesar de ser burlado por vos, por mí, nos sigue amando. A pesar de nuestro rechazo, no s sigue abrazando. Cristo no sabe otra cosa fuera del Amor, no sabe hacer otra cosa más que amar. Él sólo ama. Aunque lo vendemos con nuestra negación, Él nos paga con Amor; a pesar de nuestra mentira, Él sólo tiene Amor como respuesta. El Amor eterno, el Amor paciente y misericordioso (I Co 13). “No importa lo que hagás, Yo te seguiré amando”.

En vano, promete el hombre alguna cosa al Señor, cuando esa promesa está basada en su propio amor, en su sabiduría y fuerza. Tarde o temprano terminará negándose, traicionándose a sí mismo. Cuando el hombre se deja vencer por cualquier otra cosa distinta al Amor, termina siendo esclavo de aquello que ha ocupado el lugar del Amor. Incluso, esclavo de él mismo. Cuando el hombre no encuentra su fuerza y su sabiduría en el Amor, todo lo demás se le hace debilidad y esclavitud.

Es normal que el Amor surja de nuestro corazón (Gn 1, 26), sobre todo, si estamos en constante contacto con Cristo Jesús. Que conforme le vamos conociendo, también le vayamos amando más. Pero nuestro solo amor no es suficiente para amarlo como se merece, Nuestro amor no es capaz de amarlo con total fidelidad y donación. Nuestro amor, fuera de Él, lejos de Él, es débil e ignorante. Debemos decir como San Agustín: “Señor, dame lo que me pedís, luego pedíme lo que querás”.

Hacer promesas al Señor, fundadas sobre nuestro propio amor, es una locura e imprudencia, que terminará traicionándonos, antes que cante el gallo. Para amar a Jesús, para seguirle, es necesario su Amor perfecto. A Él hay que amarlo con su Amor perfecto.

Hay algo que transforma el amor egoísta y soberbio de nuestro corazón de Pedro (piedra), en un Amor sencillo, humilde, confiado como un niño que se deja guiar. Eso es la mirada de Cristo (Lc 22, 61). Una mirada que saca a Pedro de su encierro, de sí mismo y su amor emocionalista y superficial, y lo devuelve a la realidad. Cristo le presenta un Amor real, coherente, que duele. Cristo se le hace nueva Verdad, única Verdad.

Cristo se le hace Presencia real a Pedro, y él llora amargamente (Lc 22, 62). Cristo se le presenta humano despojado de todo, menos de su Amor, y Pedro se reconoce pobre, débil, pecador. Cristo siempre ha dado todo por él, hasta su propia Vida, y Pedro llora porque lo ha negado, ha negado a su Amado, y mirándose a sí mismo con la mirada amorosa de su Maestro, se descubre tal cual es, ni más ni menos, sino con la verdad: un traidor. Su Amigo da su Vida por él, y él se hizo su enemigo, al no aceptar ese Amor gratuito de Jesús.

Llora, porque puede verse a sí mismo como Cristo lo mira. Y mirarse desnudo ante el Señor duele. Sentirse amado por Él, en la forma que Él me ama, a pesar de lo que yo soy, duele. Pedro –y con él, cada uno de nosotros- cae en la cuenta de su realidad, hasta que se encuentra con la mirada de Cristo.

No es por el canto del gallo, que simboliza una de tantas alertas en nuestro caminar, para que vos y yo despertemos a nuestra realidad. Es por el mirar a Jesús, y dejarse mirar por Él; esa mirada que nos traspasa hasta el corazón, nos desnuda, y muestra nuestra débil humanidad, expuesta ante Dios.

La mirada de Cristo es de Amor. Amor real, como es real también su dolor por vos, por mí. Es la mirada que le dice a Pedro: “Levantáte y andá” (Mt 9, 5). Después de esa mirada amorosa y sin reclamos, Pedro ya no vuelve a ser el mismo. Su fuerza y sabiduría (I Co 1, 27) ya no radican en sí mismo, sino en saberse amado a pesar de ser pecador.

Así mismo, la fuerza del cristiano no está tanto en su amor hacia Dios, sino en saberse mirado, traspasado por Cristo, amado por Él. La mirada de Cristo trae al corazón del hombre, verdadero arrepentimiento de sus pecados; pero, sobre todo, deseo sincero de levantarse y caminar. De ser mejor, pues ese Amor tan puro del Señor por nosotros, sólo puede ser retribuido con Amor.

La fuerza del pecador, está en la confianza, como la de un niño en su Padre. Su fuerza está en que se sabe amado y perdonado. Nuestra debilidad, en el Amor de Cristo, se hace fortaleza. En nuestra pequeñez la Gloria del Amor del Padre, se manifiesta. Sólo se necesita un corazón arrepentido que reconozca su necesidad y sed de Él. Sólo se necesita un corazón que haya sido traspasado por la mirada amorosa de Jesús. Nuestro camino de fe se fortalece, cuando nuestro corazón se deja mirar con Amor.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s