Toda su Sangre por tí…

¿Qué hay de esa Sangre que gotea desde la cruz? ¿Qué hay de esa sangre que cae al polvo de Jerusalén? ¿Te has puesto a pensar en esto? En que Jesús, clavado y flagelado, sangra. Y esa sangre baja por las ranuras de la madera, por los pliegues deformados de su piel herida, gotea haciendo un charco que cada vez se hace más grande.

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¿Hay alguien que la recoja? ¿Quizás tu Madre santa? ¿Quizás Juan o Magdalena? A lo mejor es tanta la sangre derramada que es imposible e innecesario recogerla… Quizás es María, que les impide a los demás recoger la sangre preciosa del Salvador; no porque Ella no sepa reconocer el valor infinito que tiene esa sangre, sino justamente porque sabe lo valiosa, fértil y redentora  que es para la salvación de toda la humanidad.

Quizás porque Ella, mucho más contemplativa y sabia, comprende que es necesaria esa ofrenda de sangre, para empapar la tierra con la santidad del Amor de su Hijo; y sabe –con el corazón lleno de dolor- que, para que este mundo dé frutos de Amor, Justicia y Paz, es necesaria plantar la semilla de ese Corazón traspasado, y fertilizarlo con la sangre del Cordero.

La Sangre de Jesús sigue choreando. Se pierde entre las piedras del suelo, o entre las astillas del madero. Sangre que fue derramada por vos, y por mí. Toda la sangre del Cordero de Dios, ofrecida sobre un alta infame y perturbador. Un altar vergonzoso, una víctima llevada al extremo de la humillación y burla.

¿Se merecía eso? ¡Nunca! Pero nadie le quitó la Vida, nadie lo condenó… Él, libre y voluntariamente, se ofreció como víctima del sacrificio. Se dejó inmolar.

No cabe acá la vanidad, el deseo de ser admirado y aplaudido. ¿Qué vanidad puede haber en semejante castigo? ¿Dónde cabe la vanidad en el cuerpo desnudo de ese “criminal”, a los ojos del mundo? Tampoco lo mueve la prepotencia, el deseo de mostrar su poder… No hay prepotencia en el Corazón traspasado de Jesús; porque, siendo Dios Hijo del Padre, niega todo su poder, se niega a sí mismo, su naturaleza divina, y asume en sí toda la debilidad del hombre, toda la pequeñez de la humanidad, todas nuestras culpas.

Su Amor es su motivo. Su Amor es su fuerza. Su Amor es su sabiduría.

No sólo Él mismo  -como persona- sufre en sí la humillación, el dolor, la injuria. Sino todo aquello que compone su ser y su vida. Su sangre es pisoteada por los curiosos, que le caminan encima con sus sandalias sucias, sólo para ver el espectáculo. Sus ropas puras blancas, son apostadas y sorteadas en un vil juego de azar. Su cuerpo, vendido por una miseria y exhibido desnudo y deforme ante un mundo indiferente, en ese espectáculo atroz.

Su inocencia, cuestionada y burlada, su fama de santidad, difamada. Quizás muchos dijeron: “Si está ahí en la cruz, es porque algo ha de haber hecho”. Probablemente muchos de sus antiguos seguidores fueron quienes lanzaron sus juicios y lo condenaron; quienes lanzaron la piedra.

Su Madre, tirada al olvido, abandonada, sin que nadie –ni siquiera los más cercanos-  pudieran entender y reconocer el enorme sacrificio de Amor que Ella también hacía. Su pueblo, denigrado, “¿acaso puede salir algo bueno de ese barrio marginal, lleno de pecadores e ignorantes?”

¿Y nosotros, hoy? Seguimos pisoteando su Sangre cuando la recibimos en la Eucaristía como si fuera sólo un poco de pan o un vino dulce, o cuando estamos en pecado grave, sin reconocer el sacrificio amoroso de esa víctima por mí. Seguimos jugándonos sus ropas cuando tiramos la comida a la basura, sabiendo que hay hermanos con hambre; cuando gastamos tanto dinero en ropas finas, mientras otros pasan frío en las calles sin tener con qué cobijarse; cuando nos quejamos de nuestro cuerpo “feo”, y ni siquiera nos volteamos a mirar o visitar a ese enfermo que muere en soledad en un insensible cuarto de hospital.

Cuando usamos nuestra libertad para vanidades y vicios, mientras la cárcel está llena de hermanos deseosos de una nueva oportunidad, para empezar de nuevo, usando sabiamente la libertad.

Seguimos vendiendo su Cuerpo, cuando permitimos abusos a mujeres y niños, y en silencio nos hacemos cómplices; cuando desechamos a los ancianos en un corredor sin sonrisas, cuando compramos el cuerpo de una mujer para satisfacer mi propio placer egoísta; o, incluso, cuando no sé esperar a la mujer que digo amar.

Y seguimos haciendo un show, un montaje, de la miseria del otro, para alimentar mi ego, para atesorar aplausos y reconocimientos. ¡Qué poco nos vale la vida del hermano!

Seguimos dudando de la inocencia del Señor,  para encubrir nuestro pecado; cuando denigramos al hermano y  exponemos su fragilidad, presentándolo desnudo e indefenso ante el mundo. Cuando hablamos a sus espaldas con murmuraciones. Sí, seguimos poniendo en tela de juicio la honradez de Cristo, para desviar la atención de mi propia iniquidad; olvidando que fui creado para amar y no para juzgar y señalar; olvidando que sólo Él es capaz de ver el corazón de cada hombre. Olvidando que Él ve y conoce mi propio corazón.

Y también seguimos olvidando a María, que es Madre nuestra también. Él mismo nos la confió y donó en la cruz; y la dejamos tirada en un rincón oscuro de nuestro corazón, cuando no le damos el valor a nuestras familias, cuando negamos y descuidamos la Vida, eligiendo la muerte. Cuando no defendemos el valor de la pureza, la humildad, la inocencia, la vida humana. Cuando rechazamos la Verdad del Amor y aceptamos la mentira de la vanidad y confort.

Seguimos, finalmente, destruyendo el pueblo de Cristo, cuando juzgamos a nuestros hermanos, por ser distintos, por hablar diferente. Por tener un color, credo, idioma o cultura distintas.

Cuando señalamos las zonas marginales, en lugar de construir y caminar con ellas. Cuando creemos que no valen la pena y que es mejor dejarlas abandonadas a su suerte. Cuando no hacemos el bien que deberíamos hacer por esos pueblos que mueren de hambre, enfermedad o guerra, porque estoy muy cómodo en mi cálida cama, seguro de mi dinero, feliz en mi poder.

Así es, Cristo sigue sangrando, su cruz de madera sigue tiñéndose de ese rojo oscuro, las piedras siguen sumergidas en ese charco de sangre. Ese Cristo de hace dos mil años es el mismo de hoy, que sigue sufriendo cientos de crucifixiones diferentes, pero igual de crueles. Sigue agonizando, abandonado en la cruz por nosotros mismos. Y sigue teniendo sed de Amor. De tu amor, de mi amor.

Y hoy, más que nunca, ese mismo Jesús clavado y coronado de espinas, nos lanza un grito agonizante desde la cruz: “¡Sígueme!”, Sígueme, porque todos los demás me han abandonado. Sígueme, porque necesito de hombres y mujeres que no condenen, sino que abracen; que no tiren la piedra, sino que tiendan la mano.

¡Sígueme! porque necesito más jóvenes que se hagan esclavos de la Voluntad de Dios, y esa voluntad siempre es amar. Sígueme, porque quiero amarte para que descanses en mi pecho y revelarte todos los misterios de mi Corazón. Sígueme, porque este mundo necesita valientes que no le teman a abrazar un leproso, besar a una prostituta o comer con un ladrón.

Sígueme, porque el mundo es mi cruz y estoy crucificado con él, y este mundo está sediento de Amor y misericordia, se siente abandonado, no encuentra el Camino, está lejos de la Verdad y ha renegado de la Vida. Sígueme, porque Yo quiero hacerte a vos, camino, verdad y vida para este mundo.

Sígueme, porque no quiero vivir yo solo esta Pasión, muerte y resurrección, sino que quiero decirte al oído, como un suave susurro: “Ya no vivís tú, soy Yo quien vive en ti”. Ven, y juntos clavémonos a la cruz del Amor, para que tu sangre y la mía, hechas una sola; se derrame por el mundo y para el mundo, empapando los corazones duros y fríos, del Amor que quiere darse una vez y para siempre.

Esa es la cruz de Cristo, empapada de Amor, que nos invita a empaparnos con Él de toda su pasión y entrega. Cruz que se nos hace signo de grandeza y majestad. No seguimos a cualquier hombre, seguimos al Hombre (Ecce homo), Hijo predilecto del Padre, Rey de reyes, que nos ofrece la Vida eterna y la misericordia infinita de Dios. Ese Camino sólo nos puede conducir a un lugar: el corazón enamorado de Dios, que se derrama y vacía por toda la humanidad, por cada uno de nosotros. Es el Amor que dándolo todo, no quedándose con nada, da hasta la vida.

Sí, tu deuda está saldada. Es el Amor quien lo ha hecho posible. Y el Amor, sólo con Amor se paga… Como decía san Agustín. “Ama, y haz lo que quieras”.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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