Cuando el Amor se hace pequeño

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Servir a Dios no es un favor que le hacés a Él, sino un regalo gratuito que Él te da para dejarse amar más. Servir a Dios no es algo que te mueva al orgullo, sino que te exige humildad. No te hace mejor que nadie, sino servidor de todos. No te da el primer lugar, sino que si querés servir a Dios, debés hacerte el último, como Cristo nos invitó a hacerlo en la última Cena. Y debemos ir más allá: Dios no nos llama porque seamos muy buenos. No. Dios nos llama porque necesitamos más de Él. No nos llama porque nos necesita, sino porque Él, como en todo, nos amó primero.

El hacer una buena obra, ayudar a alguien, servir en la parroquia, salir de misión te tiene que mover a hacerte pequeño. El Amor te hace pequeño. Tan pequeño que solamente Cristo te note. Tan pequeño que no quede espacio en tu corazón para el orgullo, sólo para el Amor. Un Amor que lo inunda todo, lo mueve todo, lo hace todo, lo da todo. No es tu fuerza lo que importa cuando servís, sino tu Amor. No es tu conocimiento, tus títulos, tu habilidad, tu forma extrovertida de ser lo que cambia y toca los corazones, sino tu Amor pequeño que se hace grande cuando te hacés más Cristo y menos vos.

Servir para Cristo, servir en la Iglesia, servir a tus hermanos, desde el Amor de Dios, no te hace un voluntario. No. No es un voluntariado. La Iglesia no es una ONG. Va más allá de dar un plato de comida caliente a las personas de las calles. Va más allá de sacar una semana para ir de misión. Va más allá, incluso, de ir a misa los domingos. Eso lo hacen muchos. Muchas instituciones o iglesias hacen esto. Entonces, ¿cuál es la diferencia, dónde está lo extraordinario? La diferencia la hace el Amor. El Amor que te deja desnudo ante el desnudo, pobre ante el pobre, sediento ante el sediento. Pequeño ante el más pequeño de todos.

Cuando te mueve el Amor, no sos un voluntario. Sos un servidor. Y el que sirve está dispuesto a servir hasta que duela, hasta las últimas consecuencias. Hasta dar la vida. El que sirve, permanece, nunca huye. El que sirve, sirve siempre. Más allá de la lluvia o el sol, de la tormenta o el calor, de la alegría o la tristeza, porque sobre sí mismo está el incontenible Amor que lo sobrepasa. El que sirve no está para que lo vean, sino para hacer presente a Jesús. El que sirve se hace a un lado de sí mismo, para que pase Jesús entre los hombres. El que sirve ama. El que ama, sirve.

El que se hace servidor de todos, está para todos. No se pertenece, pertenece a Cristo. A ese Cristo que sufre, a ese Cristo que llora, a ese Cristo que se vende en las esquinas, o a ese Cristo que duerme en un cartón. El que sirve se gasta a sí mismo por Amor. Se cansa para que descansen sus hermanos. El que sirve escucha más y habla menos. El que sirve se hace uno con sus hermanos.

Y es que solamente cuando te hacés pequeño por Amor, dejás que la obra de Dios crezca, se engrandezca, se construya. El Amor no busca números grandes sino corazones pequeños. No busca fama, sino anonimato a favor del Nombre de Dios. No busca grandes shows, sino una cruz y tres clavos. El Amor no grita, susurra. El Amor no quiere dinero, sino entrega gratuita. El Amor confía en la Misericordia y providencia de Dios, nunca en los bolsillos de los hombres. El Amor no busca sabios, sino corazones apasionados y humildes que se dejan enseñar y guiar. El Amor no busca fuertes, sino hombres y mujeres que reconocen su debilidad y necesidad del Amor.

El Amor no ve un rostro indefinido, sino que los conoce a todos. El Amor nos llama por nuestro nombre. El Amor no da pan sin dar un abrazo. No da un refresco sin dar una mirada amorosa y sin reproche. El Amor no regala una camisa sin regalar una sonrisa. El Amor se ensucia las manos, como Cristo cuando abrazaba a los leprosos, no para contagiarse de su enfermedad e “impureza”, sino para contagiarLOS de su Amor y perdón. El Amor trae luz a las sombras, pone calor en el frío, confianza en el miedo, esperanza en la desesperación, perdón en el rencor, agua en el desierto. El Amor que se agacha a lavar los pies de los cansados. El Amor que se deja tocar por los enfermos. El mismo que se clava entre ladrones, se deja coronar de espinas. El que te llama por tu nombre y te ama más allá de tus pecados. Ese Amor que se baja siempre, para luego subir con nosotros. Nunca sin nosotros.

El Amor que se agacha. El Amor que se humilla. El Amor que lo da todo. El Amor que no tira la piedra, sino que extiende la mano para dar otra oportunidad. Para recordarnos que siempre podemos volver a empezar. Así ama quien sirve. Así sirve quien ama. Quien se deja amar por Aquél que nos amó primero.

Nuestro llamado primordial, como cristianos, es justamente eso. Es hacer lo que Cristo nos pide: amar a los más pequeños, estar con ellos, hacernos pequeños con ellos. La idea de esta vida, de este Camino espiritual no es ir y venir como si nada, y luego decir: “cumplí con mi obra buena del día”. No. No es buscar publicidad, no es tomar fotos para que nos pongan muchos “likes”, o darnos a conocer para que vean lo “buenos” que somos.

Lo que hace un cristiano, un servidor, es dejarse tocar por el Amor de Dios presente en cada uno de sus pequeños. Es construir algo firme en el silencio del servicio. Es ayudar no con dinero, sino con un gesto, una palabra, una mirada, una sonrisa, un abrazo. Las obras del Señor nacen fruto del Amor, y sin Amor no sirve de nada. Sin Amor, dejamos de ser Iglesia, y nos volvemos, como decía el Papa Francisco, una ONG piadosa. La diferencia está en el Amor.

El Amor hace a Cristo cercano, humano. El Amor saca a Cristo de las Iglesias para llevarlo a donde más se necesita. A las calles, los hospitales, los prostíbulos, los precarios u otras zonas de riesgo, las cárceles, las tierras de guerra y hambre. El Amor hace mucho, y habla poco. El Amor da todo, no se deja nada. El Amor no está en una vitrina de cristal, sino que está clavado en una humilde cruz de madera. El Amor no tiene nada, porque nada se ha dejado. Está desnudo. Su única posesión son tres clavos y una corona de espinas que traspasan su carne. Ese Amor, el Amor perfecto, es al que debemos imitar y servir.

Hoy ese Amor está tirado en las calles, olvidado en los centros penales, abandonado en frías camas de hospital. Y necesita de vos, de mí, de todos, para hacerlo presente. Es ese Amor que no le interesa la cantidad, sino la calidad. La Iglesia de Cristo nació de una sola mujer que dijo “Sí” al plan divino. Eso bastó. Al Amor le basta el Amor. A Dios no le importa cantidad, sino calidad. Es decir, esto no es para gente fuerte, sino para gente que, con humildad, se haga débil con el débil, pequeño con el pequeño. No importa tanto saber mucho o dar mucho. Lo importante es amar mucho.

El Amor crece en vos cuando vos te hacés pequeño ante Él. En un corazón inundado de Amor el odio o la soberbia no hayan espacio. En un corazón inundado de Amor, brota naturalmente el deseo de servir, un deseo loco y apasionado por darse sin motivo. Así como Cristo lo hizo por nosotros. Amás mejor en la medida que te dejás amar. Ese deseo no brota en vano, sino que viene para hacernos crecer en Él, para transformar en nosotros esa simple ayuda por un servicio y entrega incondicionales, sin esperar nada a cambio, ni material, ni de reconocimiento. Brota para hacernos más Él y menos nosotros. Para hacernos esencia misma del Amor, que trasciende nuestras fuerzas, nuestros conocimientos, nuestras limitaciones y debilidades.

Así, los cristianos no somos voluntarios de nadie. Somos servidores de todos. No somos los primeros, sino los últimos. Sólo deseamos ser notados por Cristo mismo. Somos sencillos obreros que se ensucian las manos sin temor, se entregan libremente, se acercan sin dudar. Somos servidores con convicción, no por obligación. Somos de todos, para todos, por decisión personal. Como Cristo, nadie nos quita la vida, deseamos –a imitación Suya- darla por Amor a los demás. Más allá de  nuestra fuerza, debe prevalecer nuestra entrega. Más allá de nuestras ganas, debe prevalecer nuestro compromiso cristiano y nuestro deseo de Amor. Más allá de nuestra inteligencia, debe sobresalir nuestra humildad que desea siempre aprender y conocer más, para amar mejor.

No servimos a nadie para hacerle un favor. No nos mueve la lástima. Si no nos mueve el Amor para servir, no servimos de nada. Servimos, porque amamos. Servimos para dejarnos amar. Servimos porque necesitamos de los demás. De Jesús en cada uno. Servimos para aprender a ser humanos, a ser personas, para sentir. Sentir el dolor de mi hermano o la alegría de mi amigo. Servimos para bajarnos a nosotros mismos, negarnos a nosotros mismos, y hacernos iguales. Bajamos para subir. Nos humillamos para crecer. Amamos porque no queremos ser felices a solas; porque deseamos compartir, no oro ni plata, sino lo que tenemos, lo que hemos recibido: una sonrisa, un abrazo, una bendición, una oración. Amamos para aprender a hacernos pequeños. Porque sólo cuando el Amor se hace pequeño, nos hacemos nosotros el cambio que este mundo necesita, decía Gandhi. Nos hacemos el milagro que tanto pedimos. Nos hacemos el milagro de Amor que este mundo anhela. Sólo cuando el Amor se hace pequeño, nos hacemos Cristo. Porque queremos ser los cristianos que estamos llamados a ser.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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7 respuestas a Cuando el Amor se hace pequeño

  1. Solo Dios ve el corazon, si al intentar le has fallado no te procupes mas hermano, el te ha perdonado, atrevenos a Decirle a Cristo que si ago su voluntad, y amemos a los Hermanos.

  2. Roxana Masis dijo:

    “A Dios no le importa cantidad, sino calidad.” esa frase me ha aparecido en muchos sitios hoy pero con diferentes contextos y en el instante que la leí aquí otra vez me sorprendió mucho.

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