Por las calles de San José

Lugar: Calles de San José
Fecha: 6 de Enero del 2012
Hora: 9:00 a.m.
El día del Señor nace con un nuevo reto. No es el reto de levantarse temprano un domingo para alistar los emparedados, o el dejar la comodidad de la cama o del hogar, para incomodarse en las zonas más olvidadas, sucias y enfermas de nuestra capital. Hoy, retomamos el reto que nos plantea el Señor de amar hasta el extremo, de amar –como decía la Madre Teresa- hasta que duela, hasta que nos cueste, hasta vencernos a nosotros mismos para que gane el Amor.
Hoy, después de casi un mes de ausencia, reiniciamos la obra que un día Dios nos confió: amar a su Hijo desnudo, pobre, adicto, prostituta, alcohólico, enfermo, que vive en las calles.
Éramos pocos y al vernos, quizás era un grupo extraño, sin forma, con mil colores y sabores. Algunos aún niños, otros jóvenes apasionados y otros más, adultos llenos de experiencia. A Dios eso no le importa, sólo desea corazones valientes que se atrevan a amar.
Empezamos a caminar desde la Catedral, buscando a un viejo amigo. No es un desconocido. Tiene nombre: Steven. Y una historia marcada en su rostro. Sin embargo, él –como muchos otros- no tiene ni lugar ni tiempo. Y, tristemente, no llega a la cita. Lo encontraremos luego, si Dios quiere, en el transcurso de la semana. Es uno de tantos que desean salir, que desean cambiar de vida, que desean una oportunidad.
Al seguir nuestro camino, entrando a la conocida “Zona Roja” de San José. Nos reciben viejos y nuevos amigos. La mayoría encadenados a ese vicio de la bebida, don Carlos, don Luis, don Alex, don Freddy. Sus risas, abrazos y lágrimas –en este mundo encontramos toda una mezcla de emociones en pocos segundos- atraen a otros que tienen hambre. Así conocemos a Harold, quien desean salir y ser ayudado, aunque no tiene a nadie que lo apoye. O a Marlon, joven de 18 años, que está feliz como un niño, por el sólo hecho de haber encontrado un poco de pan y un par de oídos atentos a su historia. También con sueños de una vida distinta. La lista se alarga: don Luis, Mauren, las chicas de “la fiesta” (así anuncian su llegada entre carcajadas), don Freddy, don Salomón, a quien le logramos intercambiar una botella de licor, por un vaso de refresco. Un punto a favor de Dios.
Después de largas tertulias, de mensajes motivadores y de repartir nuestros números de teléfono, seguimos nuestro camino. La mayoría de nosotros nos enfrentamos por primera vez a este mundo inmenso. Son apenas unas tres cuadras, y cruzamos miradas, palabras y pan con todo un tropel de gente. A cada uno le preguntamos su nombre. Dios los conoce. Nosotros queremos conocerlos también. Y les preguntamos de dónde son. Su respuesta inmediata es: “De acá, de las calles”. Pero queremos hacerles entender que ninguno de ellos es de la calle, que ninguno nació para esa vida, que hay otra forma de vivir el don que Dios les dio. Entonces replanteamos la pregunta: “¿de dónde son originarios, dónde está su hogar?”. Algunos tartamudean, otros responden de inmediato y otros, avergonzados, sonríen. Todos saben que no pertenecen ahí, pero nadie les ha dicho jamás que son personas, que son importantes. Que son amados.
El abanico de experiencias es enorme. Y ellos nos enseñan que no les gusta, que les duele y les hiere ser engañados. Que les prometan algo que no van a cumplir. Al llegar a la última cuadra con los panes que nos quedan, cientos de manos aturden a uno de nuestros compañeros, en busca de su bocado. La razón: les prometieron desayuno para ese día, pero la gente no llegó nunca. Dios todo lo hace perfecto.
El pan se acaba, las charlas se van apagando, los favoritos del Señor se retiran llenos de “gracias” y “bendiciones”. Para algunas miradas, pobres en Amor u ocupadas en sus propios asuntos, somos unos locos que hacemos desorden o bulla. Para otros, lo único que sacamos de esto son manchas de sangre y saliva seca, de olores a mugre y a alcohol, o una nueva mochila de insultos.
Para nosotros, perdón, no podemos definir la “sensación”. No podemos describir qué se siente estar ahí. ¿Se puede definir el Amor, la paz, la alegría y gratitud del encuentro directo con Cristo? No… Sólo se puede vivir… Y eso, gracias a la Misericordia de Dios, es lo que intentamos cada nuevo domingo.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Por las calles de San José

  1. Yeka Jarquín dijo:

    Cada que leo una de estas, te veo a vos, relatándome una historia que me llena el corazón de mil emociones diferentes… Enserio, esta historia es más que un simple día en domingo…

    • chrismadriz dijo:

      Gracias… trato de plasmar lo que siente mi corazón cada vez que Dios me sorprende con sus detalles de Amor… Un abrazote Je! Dios te bendiga

      • ISIDRO SANS i BALCELLS dijo:

        Ayudémonos siempre más mutuamente para compartir con todos, y estén donde estén, y hagan lo que hagan,…., este AMOR , que gratis hemos recibido y que todos nos están esperando,…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s