Padre, regáleme un collar de esos

“Padre, regáleme un collar de esos”. Esto me lo dice un joven de unos 16 años, al salir del Seminario Comboniano, localizado en Sagrada Familia. Nuestra casa de formación misionera (religiosa y laical) se encuentra rodeada de varios barrios marginales, donde la juventud crece en un ambiente de pobreza, hambre, violencia y olvido, como una pequeña ciudadela fantasma, a la que es más fácil dar la espalda, que ayudarla.

Aunque, cuando te empapás de la historia de cada una de estas personas, te enamorás de sus miradas sinceras, te alegrás con sus pequeños ratos de diversión y te parte el alma verlos llorar. Cuando entrás en sus corazones, cuando te abren la puerta de sus ranchos, es fácil amar. Amarlos sólo por amarlos

El joven –en el barrio- es conocido como “Sani Pine” (una marca local de desinfectantes) y el collar que me pide es un rosario que llevo en la mano. Me cuenta que le gusta llevarlo al cuello; como protección, y mejor aún si está bendito. No sabe rezar el Santo Rosario, pero, aún así, sabe que representa una protección para su vida. Le ofrezco uno que me había encontrado en la Basílica días antes. Es de color verde. Sani Pine me pregunta si no tengo uno de otro color, como el mío (de madera), que le vaya con la ropa. No puedo esconder la sonrisa que me causa su comentario.

Como él, muchos jóvenes en los precarios de las zonas marginales de nuestro país, crecen en medio de asesinatos, robos y drogas. Es normal acá que se metan a robar a las casas de los vecinos, encontrar vendedores de drogas de 11 años de edad, o que hayan frecuentes tiroteos. Esta realidad se convierte en el pan de cada día de estos jóvenes. Sus edades van de los 12 a los 20 años, y muchos no tienen estudios ni padres que les exijan a superarse.

Ésta es una juventud que anda su arma a la cintura, que ya ha sufrido el ardor de una bala en su cuerpo y que hablan como viejos de 60 años, atesorando experiencias fuertes y traumáticas, que han dejado cicatrices en sus corazones; pues -tristemente- muchos saben que tienen sus días contados. Jóvenes que viven  no un sin sentido, más bien una búsqueda desesperanzada, a oscuras, en un mundo que les niega la luz. A menudo sólo aguardando la muerte, con una bala lista para recibirla.

Un día, en un rato de deporte que tuvimos, salimos a jugar una “mejenga” con ellos. Un partido de fútbol callejero, sin reglas, literalmente. La palabra más suave que escuché fue “¡puta!”, pronunciada al calor del momento. A cada momento. Sin embargo, más que centrarme en su vocabulario, quiero centrarme en lo más importante que observé: un grupo de chicos drogadictos, sicarios, ladrones, apasionados por el deporte. Jugadores excelentes, creativos, divertidos. Con un brillo aún en sus ojos, que denota deseos de vivir, de mejorar, de encontrar respuestas. Niños y jóvenes que simplemente desean ser notados, escuchados y tomados en cuenta.

Es decir, al final de cuentas, jóvenes comunes y corrientes, que disfrutan lo que aman, pero con una realidad distinta a la mayoría de nosotros. A lo mejor, jóvenes que no conocen otra forma de vivir, otro estilo de vida, otra oportunidad; y eso es, justamente, lo que nos toca mostrarles: un mundo distinto. Mostrarles el Amor. Hacerlos sentir importantes, que la vida vale la pena. Que hay Uno que los conoce y los ama. Nos toca hacernos Cristo para ellos.

Y es que solamente el Amor es capaz de poner Luz, donde antes hubo oscuridad; de generar Vida donde sólo había muerte. Sólo esa clase de Amor –la de Jesús-, es capaz de dar cuando el mundo quita, de perdonar cuando el mundo juzga. Sólo quien ama vive. Más aún, sólo quien ama, hace Vida a Cristo, para los demás. Un corazón que desea amar como Él, es un corazón traspasado con Él, clavado a la cruz con Él, coronado de espinas. Así es el corazón de estos jóvenes. Así ha de ser nuestro corazón, para hacernos uno.

Al rato le digo que no soy “padre” como él me llama; pero a Sani Pine, eso no le importa. Para él, como para los demás chicos, no hay diferencia. Quizás soy la única imagen paterna que conoce. Quizás en esas 5 letras se manifiesta la misión primordial de todo cristiano. Ser un guía, padre y consejero para ellos, ayudarles a descubrir que son valiosos e importantes. Como un buen padre, hacerlos sentir amados, importantes. Soy yo, el que debe dar el primer paso a la cercanía y el Amor, al diálogo. Soy yo, cristiano, el encargado de amar y escuchar a estos jóvenes “peligrosos” –según la ley; a los hermanos de las calles, a los pequeños e indefensos. Cada minuto es valioso para hablar del Amor. Cada minuto cuenta, en sus vidas. Cada minuto vale.

El precario se llama “Gracias a Dios”. El joven, José Ángel. Hoy cumple una condena por algunos delitos viejos en una correccional juvenil de nuestro país. Posesión ilegal de armas, robo a mano armada e intento de homicidio. No he podido ir a visitarlo. Pero su madre cuenta que está tranquilo, contento; pues está estudiando, y tiene novia. ¿Un chico peligroso? No. El único peligro es perderlo, por falta de una esperanza, de un motivo. Por falta de amor.

El precario se llama “Gracias a Dios”. Sí. Hermosa ironía, que permite exclamar realmente gratitud por Aquél que nos amó primero, para darnos el chance de descubrirlo escondido entre latas viejas y maderas roídas. Entre rostros sucios y bocas sin dientes. Gracias a Dios por sus favoritos. Por los que su Amor amó primero. Gracias a Dios por llamarme a ser parte de la aventura de la vida. De sus vidas.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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4 respuestas a Padre, regáleme un collar de esos

  1. GEMACO dijo:

    Que Dios te bengiga, cada epistola que escribes me sirve de guia, de formación y tambien me siento avergonzado por haber olvidado o dejado de lado esos principios y valores que tantas veces puse al servicio de esos que ahora ya no conozco y con los cuales ya no me siento bien compartir, que me paso? GEMACO

    • chrismadriz dijo:

      Qué te pasó? Eso sólo lo podés responder vos. Dios sigue amándote, sigue estando allí, sigue esperándote con los brazos abiertos…. No tardés tanto en regresar a casa…Dios te bendiga

  2. Yeka Jarquín dijo:

    Me encantó esta… Digamos que también me hizo mucha gracia el comentario del collar color madera… jajajaja … Aunque no sos padre pareces uno… Me encantó…

    • chrismadriz dijo:

      Jajajaja esa es una historia que me pasó cuando fui seminarista en los Misioneros Combonianos… el chico se llama José Ángel, hoy está en cárcel juvenil de Zurquí, carretera a Limón…

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