El hombre en Dios

“Si el cerebro del ser humano fuera tan sencillo que lo pudiéramos entender, entonces seríamos tan estúpidos que tampoco lo entenderíamos”

– El mundo de Sofía, Jostein Gaardner

Imagen 

¡Cuánta verdad encierra esta frase! La filosofía es, prácticamente, un problema del hombre, pues es el hombre la única criatura que hace uso de la razón; y ésta lo lleva a preguntarse y buscar respuestas sobre todo lo que le rodea. Pero ya, en sí, el hecho de que se pregunte por todo, revela inmediatamente la limitada capacidad racional del ser humano, y reconoce su pobre conocimiento sobre las cosas. Esto no lo hace estúpido, sino simplemente humano. Pronto, el hombre descubre que no puede saberlo todo; y que, para las incógnitas más grandes de la existencia en este mundo, nunca tendrá respuestas claras y concretas, pues le sobrepasan, le superan en su finita razón. Es decir, si se pregunta, es porque no posee la respuesta.

La filosofía, por tanto, no existiría si el hombre no existiera. Nace en el momento que el hombre deja de ser un simple animal irracional para convertirse en un ser pensante. Sin embargo, muchas de las cuestiones que se pregunta solamente podrán hallar respuesta en el hombre, en un sentido limitado. Sólo podrá sacar suposiciones, pero nunca llegar a la esencia del mismo hecho: ¿de dónde venimos? ¿Quién creó el universo?

Quizás el hombre podría responder a todas estas interrogantes, si primero pudiera comprenderse plenamente a sí mismo. Pero la mente humana es complicada, dinámica, cambia a cada instante y nunca se detiene. Crea nuevos problemas, se cuestiona sobre nuevos temas y, en este diario ejercicio, la filosofía se rehace, renace constantemente.

A menudo, el hombre quiere saberlo todo. Es parte de su naturaleza. Quiere conocerlo todo. Pero pronto el hombre admite que esto es imposible. Entonces, si nosotros no podemos saberlo todo; y reconocemos que tampoco somos nosotros los hacedores de este mundo o el universo (sino una pequeñísima parte de él), ¿quién creó esto desde siempre, quién lo pensó, lo ordenó, lo ideó? No cabe duda que hay un Ser Superior que sobrepasa nuestro entendimiento, lo trasciende y supera. Nosotros, los cristianos, lo llamamos Dios.

Tantos filósofos han pretendido borrar a Dios de este mundo, o colocar al hombre como dios y señor de todo. Pero, ¿qué clase de dios seríamos, con tan limitado poder y conocimiento? Y, si cada uno de nosotros fuera dios –o su propio dios-, cada uno tendría sus propias ideas y conceptos, convirtiendo esto en una anarquía mundial. Dios es paz, orden. Nunca caos y desorden. En un mundo con cada hombre como un dios ¿quién sería el poseedor de la Verdad? Cada uno tendría su propia “verdad”; y lo que para uno sería bueno, para otro sería terrible.

Por consiguiente, debe haber un solo Ser mayor y supremo que posea la Verdad absoluta, que unifique. Además, el conocimiento real y pequeño que cada uno posee, es poco. Sin embargo, considero que en cada uno de nosotros hay un trozo de la Verdad total; y que, entre todos, sabemos un poco más de ella. Escuché una frase, una vez: “lo poco que sabemos lo sabemos entre todos”. Esto confirmaría el hecho de que somos parte de una Verdad mayor, pero ¿quién puso ese fragmento de Verdad en nosotros? Debe, por tanto, existir un Dios que haya colocado y ordenado ese trozo de Verdad en nosotros. Él la posee toda, completamente; pero también, al hacernos a su imagen y semejanza, puso en nosotros una parte de su Conocimiento, para que, deseando conocerlo todo en plenitud (tendencia natural inherente en el ser humano), salgamos en busca de la Verdad plena.

Esta búsqueda, irremediablemente, nos llevará a Dios, al Amor, a la Verdad absoluta, a lo que trasciende y sobrepasa nuestro entendimiento. Es, en ese momento, cuando alcanzaremos la perfección (santidad), nos fundiremos plena y totalmente con Él y en Él, y dejaremos este mundo para pasar a un mundo perfecto (Paraíso). La plenitud del conocimiento humano solamente se puede lograr y alcanzar en el Conocimiento mismo (la Verdad = Cristo); que no posee el hombre por sí mismo, sino Dios que habita en él, y lo mueve a esa búsqueda, a esa inquietud.

San Agustín lo comprendió muy bien, al decir “mi corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”; y también, como san Agustín, debemos buscar las respuestas en nosotros; pues son inherentes al ser humano, herencia de su Creador, de Dios, quien habita en nosotros y no fuera de nosotros. La Verdad, claro está, la podemos ver a nuestro alrededor, la podemos percibir; pero sólo la hallaremos en nuestro interior, donde mi espíritu se funde con el Espíritu de Dios, mi limitado conocimiento con el infinito conocimiento del Señor, y mi pequeña verdad con su inmensa Verdad absoluta.

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s