La Palabra no está encadenada

2 Timoteo 4, 1-8
Esta cita bíblica es un pequeño consuelo en medio del horrible desierto frío y seco que te presenta el panorama del mundo. El Señor confirma un poco, que lo que hacemos cuando lo hacemos en favor de la Verdad y movidos por el Amor, no es erróneo, si nos mueve la mirada hacia Él.
Dice san Pablo a Timoteo: “…Proclama la Palabra, insiste a tiempo y destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir. Porque vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina sana, sino que, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos y, apartando el oído de la Verdad, se volverán a las fábulas.”
Señor, y ¿los cristianos? que intentamos ser coherentes seguidores tuyos ¿qué hemos intentado hacer? Solamente hablar de Vos, deseando con todo el corazón, la santidad de los que amamos, deseando primero la propia santidad. Ese es el primer paso hacia una total y perfecta imitación de Cristo: desear ser como Él, en todo.
Es por ese mismo Amor tuyo; que, aunque, en mi corazón está mezclado de mis imperfecciones y egoísmos, me empuja a no callar, a gritar tu Nombre, a proclamar tu Verdad, a amar con un Sí total, aunque eso implique una crucifixión en este mundo que te apedrea por pensar con libertad, por pensar como Vos.
¿Acaso soy más que vos, mi Maestro, para correr una suerte distinta a la tuya?… No lo soy, mas, sin embargo, sos más grande Vos en mí. (Gál 2, 20)
Estuviste en la cruz por Amor a mí, porque soy tu Pasión. Me amaste (me amás) con tal amor apasionado, que ese mismo Amor te llevo a clavarte en la cruz por mí. Y yo, humilde siervo tuyo al que Vos mismo llamás amigo, quiere hacerte a Vos, su propia pasión, su pequeña pasión enamorada.  Sí, este corazón apasionado y, a menudo, impulsivo, que se equivoca a cada paso, desea amarte con total locura.
A veces, por nuestras limitaciones, quizás olvidamos hablar y escribir con Amor, como me sucede a menudo. Pero no significa que no sea el Amor quien me mueve a hacerlo. Y, es justo ahí, cuando te volvés incómodo, que ya no sos tan atractivo y manipulable para los demás, ya no sos moldeable a sus gustos. Estorbás. Te das cuenta que no calzás en ningún molde de este mundo. Sos libre, porque estás fuera de la caja de acero que este mundo te presenta. Tu único lugar es el Corazón mismo de Cristo. La Verdad -Cristo mismo- te hace libre.
Hablá en nombre de ella, y ella te dará la libertad. La Verdad, movida por Amor, te quita el miedo. ¿A qué podés temer en este mundo si ya no pertenecés a él? Temen los que no son libres, los que no viven en la Verdad. Los que prefieren inventarse mentiras para acallar esa voz de sus consciencias, que no es otra que la de su espíritu.
Pero, ¿quién o qué puede encadenar mi espíritu? Sólo el pecado. Alejarme de Vos, Señor, de tu Gracia, es alejarme de la Luz de la Verdad. Cuando no hago silencio, la bulla del mundo me absorbe, y no dejo a mi corazón escuchar tu Verdad. Pero mientras permanezca firme, como fiel soldado, dispuesto a todo por Amor a Vos, atento a tus órdenes, ¿qué he de temer? Estoy del lado ganador. ¡Claro, Señor! “Estar dispuesto a todo” son enormes palabras. ¿Implica esto perder todo y a todos los que amo? O, más bien, ¿implica ganarlos? ¿Ganaré a aquellos, para Vos, que quieran escuchar tu Verdad; y perderé a los que no quieran seguirte? Pero no quiero perder a ninguno. Decíme, ¿cuál es mi cuota de responsabilidad en esto? Si he seguido el consejo de san Pablo, no he de temer nada. Al contrario, se confirma que he seguido –en la medida de mis pobres capacidades- la sana doctrina de Cristo. Y esto, ¿cómo lo sé? El mismo Pablo me lo dice: “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones” (2 Ti 3, 12).
Pero tengo confirmada la libertad si sigo evangelizando, proclamando, anunciando la Verdad que nadie quiere oír. Pues la Verdad es la Palabra de Dios, y “…la Palabra de Dios no está encadenada” (2 Ti 2, 9).
Sí, hablar de Vos en este mundo, es peligroso. Es abandonarse, olvidarse, morir a uno mismo. A veces, la tentación más grande me invita a callar y acomodarme. Pero lo he aprendido bien, Señor: seguirte no es signo de comodidad, ¡jamás! No es paz tampoco. Para la propia alma es tumultuosa inquietud, tensión entre dos fuerzas que luchan en vos. Por un lado, el bien, el Amor de la Gracia de Dios que te quiere todo para Él; y por otro, el mal del pecado suculento que te ofrece este mundo.
A pesar del aguijón de mi carne, a pesar de mis caídas, te he elegido a Vos. Y ahora me es imposible callar tu Voz que arde en mis labios y mi corazón. Por Amor a Vos, no puedo callar o ignorarte, y vivo lo que vivió el profeta: “Yo decía: ‘no volveré a recordarlo, ni hablare más en su Nombre’. Pero había en mi corazón algo parecido a fuego ardiente, prendido en mis huesos, que intentaba, en vano, sofocar…” (Je 20, 9).
Así es, mi Señor, mi amado Amigo. Hablo de Vos al mundo no sólo porque quiera, sino también porque es mi deber cristiano, que hago, movido por el Amor ardiente que quema y consume todo mi ser, mi interior, mis labios. Fluye de mí tu Palabra y no puedo callarla. Que no es muy agradable para los que la escuchan, es probable. Es real. Que los que amo me dan la espalda. Sí. Pero Vos me amaste primero (I Jn 4, 19). No he de callar. No nací para callar. Nací para hablar de Vos con mis labios y mi vida. Ayudáme a ser coherente. Ayudáme a hacerte real en mí, a ser Vos. No nací para callar. Si hablo, hablo por Amor a Vos y mis hermanos. No sé si lo comprendan, pero, al menos, mi Dios, que quede en ellos la inquietud de cuestionarse algo de lo que Vos querés decirles. ¡Nunca nadie podrá encadenar tu Palabra de Amor en mí! Sí, he cambiado… Y espero que sea porque me alejo de este mundo y me acerco más a Vos…
“He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (2 Ti 4, 7). Algún día espero tener la paz, la serenidad de repetir estás hermosas palabras de tan gran apóstol.
Dios los bendiga, a ser santos!

Acerca de chrismadriz

Cuando miro hacia atrás y veo la estela de experiencias que me ha dejado esta vida, y me veo hoy frente al espejo, con ese brillo extraño en los ojos que no viene de mí, sino del Amor que Dios me tiene... tiemblo, de saber que a pesar de mis heridas y caídas, Dios me amó primero... Soy solamente un simple secretario, un corazón que ama y siente, unas manos que se mueven según la voluntad de Dios... sin Él, no habría nada de mí...
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