Olvidarme de vos

Desde la ventana del hotel, se podían ver los herrumbrados techos de la capital. Rojos, de zinc, llenos de herrumbre y agujeros nada convenientes para la época lluviosa que ya había comenzado.

Chica-Ventana

La Plaza de la Cultura estaba abarrotada de gente, niños que jugueteaban persiguiendo a las palomas, tirándoles el maíz, no para alimentarlas, sino para espantarlas.

Parejas mirándose con ojos sin parpadear, embobados en su enamoramiento de temporada. Viejos pidiendo una moneda para borrar la cara de hambre y angustia. Payasos de muecas desdibujadas y tristonas, pintando caritas con tarros de pintura barata.

En la esquina, por la vieja heladería, un caballero de pelo largo y ondulado, vestido de saco, rasgaba las cuerdas oxidadas de su guitarra, arrancándole melodías clásicas; rodeado de unos cuantos curiosos, y uno que otro borracho aplaudiendo a destiempo.

Sobre todo ese escenario, como un telón, un cielo gris oscuro, hinchado, a punto de reventar, enmarcaba el panorama de concreto, gris sobre gris; cual sombrero que cubriera el rostro sospechoso de un ladronzuelo, o las mejillas sonrojadas de una jovencita enamorada, recién descubierta en su secreto.

Un cielo que entristecía el horizonte, anunciando luto prematuro. A pesar del bochorno sudoroso.

Ella miraba, absorta, toda esta escena, sentada en el canapé de principios del siglo XX. Vestía solamente aquella braga de encaje negro, a pesar del frío de esa tarde de mayo. Y su espalda desnuda y blanca boceteaba una curva sensual que atrapaba la mirada del hombre.

Era imposible concentrarse en la escritura, mientras ella, a contraluz, cincelaba una silueta femenina, blanca como mármol, pero cálida como una taza de café por la mañana.

Él se detenía a cada instante. Tecleaba un par de palabras en su vieja máquina de escribir alemana, y alzaba la mirada, para saborearla, con una sonrisa galante en sus labios. Su imaginación volaba al contemplarla. Ella siempre lo había sabido. Era su musa.

Él siguió escribiendo, tratando de concentrarse en su próximo libro de cuentos. En ese golpeteo. El mecánico “clac clac” de las teclas era un sonido que le gustaba. Uniforme, constante, educado.

Siempre le había gustado. Mejor aun cuando se mezclaba con ese leitmotiv del viento, entre las copas de los árboles. Ese silbido largo que parecía viajar a través del tiempo, como un susurro testigo de la historia de la humanidad.

Pensaba en esto, cuando levantó la vista para desearla de nuevo; y, de repente, entró una ráfaga de viento helado, intruso, tosco. Ella se estremeció como un conejito, temblando, al verse atrapado entre las raíces de un viejo sauce.

-Creo que va a llover. El cielo ya se está quebrando como si fuera crème brûlée, dijo ella. Se ve imponente, como una de esas pinturas del Apocalipsis.

Él se acercó por detrás, cubriendo con sus brazos, su voluptuosa desnudez. Siempre le había parecido una mujer tan sensual. Y, al pasar de los años, su sensualidad sólo se había hecho más grande, más madura, más dulce.

-Sí, mi amor, tenés razón. Mejor cerremos la ventana, ¿no te parece?

Pero ella reaccionó mal, y se escabulló de su abrazo cariñoso, con un manotazo violento y desmedido, golpeándolo en el hombro. Al mirarlo, ella se amilanó, y le pidió perdón, aduciendo que se había asustado. Él la tranquilizó, asegurando que no pasaba nada. Él la amaba. Sobre todo, la amaba.

Le explicó a él, que quería mirar. A Ana le encantaba mirar.

Era su manera de conocer a la gente, la vida de los pueblos, las costumbres de un país. Así lo había hecho siempre. Así había sido en cada lugar al que habían ido para construir juntos. Así había sido hasta hacía un año.

Con su mirada era capaz de penetrar los corazones de las personas.

Él le pasó su bata de baño, para que se abrigase. Sus pechos se hincharon, al exhalar profundamente el aire que entraba por la ventana. Su cabello danzaba, dibujando sinuosos movimientos, como una mariposa al volar de flor en flor.

Algunas pequeñas gotas cayeron en su rostro juvenil, jugueteando en sus mejillas siguiendo la ruta de su largo cuello hasta perderse entre sus senos. Al principio la lluvia fue tenue y delicada, como una caricia maternal, pero al rato, el cielo se deshizo en un llanto lastimero y agudo, que punzaba el alma.

La gente, abajo, en la plazoleta, empezó a correr en todas direcciones, buscando protegerse de las primeras gotas de agua que caían, heladas y enormes. Algunos se metían en los aleros del teatro tratando de mojarse nada más que la mitad del cuerpo, otros abrían sus sombrillas de mil colores, y los menos afortunados empezaban a sentir el efecto de la lluvia apuñalando sus ropas.

El invierno en el trópico.

Ella cerró los ojos, y una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro. El agua la golpeaba con rudeza, y ella disfrutaba, como una niña haciendo travesuras.

Él dejó de escribir, para capturarla mentalmente, para no olvidar ese momento, para recordarla cada vez que le diera la gana.

Hacía viento, y la lluvia dibujaba ondulaciones como una partitura de Beethoven, haciendo imposible protegerse de la tormenta. Como la novena sinfonía que él tocaba mentalmente, tamborileando con los dedos de su imaginación, para recrear una escena de alguna película dramática. Caos.

El aguacero torrencial dejó casi vacía la plaza, frente al hotel, en cuestión de segundos. Pero allá, a lo lejos, apenas sobreviviendo, había una pequeña sombra, acuclillada bajo un árbol medio lánguido, esquelético. Una sombra con pies y manos.

Ella miró mejor. La sombra se definió. Era una niñita, de unos 8 años, cubierta apenas con una especie de cobija rota, llena de agujeros. De Winnie Pooh. Parecía, toda ella, un manojo de hierbas. Apenas podía abrir sus ojitos.

Entonces llamó a su marido, y señaló esa pequeña figura, y le dijo:

-Voy a bajar a recoger a esa pobre niña.

-¿Estás segura? Si querés voy yo, mi cielo, para que no salgás con este clima – dijo el hombre. Llueve espantosamente.

Silencio largo. Sin respuesta.

Luego ella lo miró, con una cara desorientada. Como si no supiera de qué le estaba hablando. Vio que su esposo estaba esperando una respuesta de su parte, así que se atrevió a preguntarle:

-Perdoná, querido, ¿qué me dijiste? Me distraje por un momento.

Él le repitió la pregunta, mirándola a los ojos. Su mujer le devolvió una mirada perdida, como un vacío que detiene la arena del tiempo. Luego rechazó la propuesta, como sin ganas, sin mucha fuerza. Apáticamente. Parecía que, de repente, hubiera perdido las ganas de hacer aquella obra de caridad. Se vistió rápidamente con un jeans roto y una blusa de rayas rojas y blancas, que él tuvo que ayudarle a ponerse.

-¿Estás bien, mi vida?, preguntó preocupado.

-Sí, Roberto, sólo me entró un escalofrío.

-Bueno, Ana, lleváte tu abrigo grueso. Ahí está mi gorro; y lleváte ese abrigo mío, para la pequeña.

Ana lo besó suavemente en la mejilla, y le prometió que no tardaría.

Empezó a bajar las gradas. Estaba en el quinto piso, y le encantaba hacer algo de ejercicio. Llevaba esa vieja bufanda que él le había traído de Perú, tan caliente y suave.

Afuera seguía lloviendo fuertemente.

La chica encargada de la recepción la saludó, y le preguntó si se le ofrecía algo. Ella pidió solamente una sombrilla. Le extendió una, diciéndole, entre bromas, que si quería mojarse, estaba más caliente, la piscina temperada bajo techo, del hotel. Ana se río de buena gana, agradeciendo el consejo.

Empezó a caminar hacía la salida del hotel, de forma decidida. Sabía que, si lo pensaba demasiado, se arrepentiría. Sentía un frío atroz. Menuda contradicción, pensó; hace unos momentos estaba semidesnuda frente a la ventana y me sentía tan bien.

Escuchó pasos ligeros a sus espaldas. Se volteó y vio al botones, que corría tras ella. Un chico de rostro escueto y figura indecisa. Traía una sombrilla negra, más grande. Y le dijo que la acompañaría.

De nuevo, Ana rechazó la proposición amablemente, pero le cambió la sombrilla.

Entonces, empezó a llover más fuertemente, y un rayo iluminó la prematura oscuridad de la tarde, que apenas comenzaba. La recepcionista llamó a gritos al chico, para que le ayudara con una gotera, y éste salió disparado a atender la emergencia.

Ana se encaminó hacia afuera, buscando a la criatura con la mirada, desde antes de salir. Abrió la enorme sombrilla, y empezó a atravesar la plaza.

Arriba, Roberto seguía con su “clac clac”, ahora sin distracciones de encaje negro. Escribía un cuento sobre la dura vida en las calles, según lo había podido ver en las naciones latinoamericanas.

La lluvia empezaba a crear pequeños pocitos sobre el adoquinado de la plaza. Y al caminar sobre ellos, era imposible no chapotear un poco. Los pies de Ana empezaban a mojarse. Y ella se quedó quieta bajo la lluvia, como una niña miedosa, justo en el medio de la plaza que resguardaba un tesoro bajo sus cimientos.

Ya no llevaba la sombrilla. La había dejado abierta, sobre las ramas de un árbol, justo en el momento que cruzó el portón de entrada del hotel. La lluvia le escurría por todo el cuerpo, y la blusa se le empezaba a pegar a su piel blanca.

Quieta. Muy quieta. Tiritando de frío.

Algunas lágrimas saladas se enredaron con el agua dulce de lluvia. Apatía. Memorias de un presente olvidado. Un pasado enemigo que la miraba de forma burlona. Un espejo distorsionando su esbelta figura.

Clac clac clac, arriba, en la habitación 1001, los minutos seguían pasando, y las letras se iban sucediendo unas a otras, formando palabras, luego párrafos enteros. Hasta transmutarse en una historia con inicio, desarrollo y final; como había aprendido desde la escuela.

Abajo, la plaza empezaba a girar en un torbellino cuya fuerza centrífuga alejaba a Ana de sí misma. Ya no eran sólo pucheros inocentes con unas distanciadas lágrimas. Ahora el llanto se había convertido en torrente, como el que la estaba torturando, cuando había salido a la intemperie, sin entender el porqué.

Un grito mudo y ahogado. A las tres y cuarenta y dos de la tarde. En el momento preciso en que Roberto miraba su reloj, preguntándose por la tardanza inusual de Ana. El grito no había alcanzado el quinto piso. Pero los casi treinta minutos de ausencia le inquietaron.

Se levantó de su asiento, se estiró, y se asomó a la ventana.

Ahí estaba ella.

Empapada. Atormentada.

Buscó, rápidamente, algo para cubrirse. Ahí estaba su abrigo y su gorro, tirados en el suelo, de forma descuidada. Bajó corriendo las gradas del hotel. Detestaba hacer ejercicio; pero no podía esperar el ascensor.

La recepcionista lo miró con una pregunta curiosa escrita en sus ojos. Y él le respondió con una excusa cómplice, y sin vergüenza. Ya no se avergonzaba, sólo quería estar a su lado. La amaba.

Siguió corriendo sin detenerse.

Cuando llegó al centro de la plaza, su bella esposa, Ana, estaba de cuclillas, empapada y llorando. Sabía que la enfermedad había avanzado muy rápidamente, desde hacía casi doce meses, cuando la diagnosticaron. Demasiado rápidamente, para su gusto.

Una desgracia, un clac clac atropellado y tumultuoso, como una cabeza de agua, que inesperadamente arrasa con todo lo hermoso de tu vida.

La abrazó fuerte y con firmeza; y ella, al principio, se resistió, gritando asustada. Pidiendo ayuda. Pero el olor familiar de Roberto, y su calor, al estrecharla contra sí, la fueron calmando. Se encontró con sus ojos sinceros sin juicios.

Dos locos. Empapándose bajo la lluvia, como solían hacerlo cuando eran novios, y se besaban, rodeados de miradas celosas que cuchicheaban, envidiosos de tanta libertad.

Dos locos. El Amor no conoce de tiempo ni espacio. Mientras uno de los dos siga amando, cada segundo es una eternidad, una vida entera.

-Olvidé dónde estaba, mi amor, olvidé qué estaba haciendo ahí. Me sentí tan tonta, tan sola, tan indefensa – dijo ella.

-Ya estoy aquí, mi vida. Aquí voy a estar siempre. Perdón por dejarte venir sola.

Hacía un año sus sueños se habían resquebrajado, bajo el peso de esos resultados inesperados. “Alzheimer, no cabe duda”, había dicho el médico, con una frialdad enmascarada de dolor. “Sé que es extraño. Es una mujer joven, pero suele pasar de vez en cuando, sin ninguna razón, lo siento mucho”.

Olvidarme

Pero no lo sentía tanto como él.

Él lo sentía como nadie. Incluso más que ella. Ella se olvidaría de todo. Se olvidaría de él, ya no lo reconocería. Pero él la vería perderse, alejarse, empaparse bajo la lluvia, indefensa, casi ahogándose. Y él, se ahogaría con ella. Pero no soltaría los remos jamás.

Los techos de la capital estaban empapados. Ellos también. Podrían venir todos los diluvios del mundo, todos los huracanes y enfermedades, podría olvidarlo en un abrir y cerrar de ojos, y dudar de él.

Pero él lo sabía. Él nunca se olvidaría de ella. Nunca se iría de su lado…

-Ya estoy aquí, mi vida. Somos vos y yo, contra el mundo. Ya estoy aquí.

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Mi tío Joaquín

Mi tío Joaquín murió ayer.

Fue una muerte inesperada.

Iba caminando por el monte, con sus tres perros de orejas largas y curioso olfato, que corrían como siempre, con el hocico húmedo de felicidad y la lengua afuera, dejando manchas blancuzcas en la tierra suave, por las babas fatigadas.

Y él, con sus setenta y tantos años encima, corriendo con ellos, contento por sus arrugas juveniles que jamás habían hecho mella en su físico envidiable. Siempre le decían al viejo tío que estaba firme y saludable como un roble.

Tío Joaquín

Y es que así fue siempre.

Su metro ochenta de estatura y su contextura fornida y atlética siempre fueron su mejor carta de presentación para cualquier trabajo de fuerza. De esa forma, había sido agricultor, albañil, carnicero, leñador, bodeguero.

Además, fumaba desde que tenía ocho años; y tomó guaro de contrabando, que él mismo preparaba y destilaba, hasta que el etílico vicio se le transformó en una cirrosis hepática que casi lo lleva a la tumba. Fue la única vez que vio a la muerte cara a cara, por su irresponsabilidad; pero eso le bastó.

Sus hijas le hicieron prometer que jamás volvería a producir aquel veneno y mucho menos a beberlo, “por tus nietos”, le dijeron. Y él, hombre de palabra y honor, cumplió a cabalidad el pedido de sus consentidas mujeres.

Cierto es que, después que dejó de tomar, el viejo perdió su esbelta masculinidad, adelgazó bastante, y se veía menos imponente. Solía decir, entre broma y broma, que no había sido el cáncer de hígado el que lo había dejado tan consumido y gastado, con esa cara enjuta, sino el hecho de tener que guardar las botellas de su bendito brebaje que, según él mismo repetía, era medicinal.

Pero nunca perdió su sonrisa y su energía.

Al final de cuentas, ese siempre había sido su sello personal: esa luz que llevaba a todo lugar al que iba. Sus nietos lo amaban por no sufrir dolores de espalda. Era capaz de cargar con cuatro pequeñuelos a la vez, y correr con ellos en dirección al río.

Sus hijas le agradecían cada sábado cuando llegaba cargando esos sacos de gangoche, con las frutas favoritas de cada una, y los caramelos predilectos de sus nietos.

-¡Viene el confitero con sus frutas y dulces, ya viene el confitero! – gritaba para hacer notar su llegada a los pequeños y grandes.

Sus amigos lo admiraban porque de sus labios siempre brotaba una palabra adecuada en el momento justo.

Y yo. Pues yo siempre lo admiré y lo quise por su sencillez, por su vida humilde y sin mucho adorno, por sus tiernos besos para saludarme, lo cual, ante los ojos ignorantes y machistas, resultaba chocante y contradictorio con su tamaño y rudeza.

Pero ayer mi tío se murió. Y nadie estaba listo para eso.

Todas las mañanas salía temprano de su casa, con sus mascotas, y se internaba por el bosque, para llenar sus pulmones de aire puro, decía. Desintoxicarlos de tantas broncas en la política del país, de tantas injusticias sin justificación, de tantos crímenes cortando las alas de la primavera, de tantas diferencias familiares tan innecesarias que carcomían las raíces de la paz. “La vida es demasiado corta para gastarla en pleitos, es demasiado hermosa para afearla con pequeñeces”, decía el tío, con esa filosofía que sólo te puede enseñar las piedras del largo camino recorrido.

Por eso, le encantaba perderse en el bosque, y sentarse un rato al lado del río sobre una piedra gigantesca y abrigada de musgo esponjoso. Su piedra favorita. ¡Hasta nombre le tenía! La llamaba Petronila. Y alrededor había otras piedras más pequeñas para sus nietos, cuando se los llevaba en esas caminatas aventureras con él. Siempre dijo que ese lugar era especial, y que lo había encontrado así, como predispuesto para él y sus pequeños cómplices. Aunque yo, la verdad, tenía mis dudas; y me cuestionaba si no había sido él mismo, quien había preparado ese lugar secreto, bajo la sombra del sauce llorón, al paso de tantas y tantas lunas amarillas y gordas.

grandfather and grandchildren reading a book

Cuando caminaba solo, se llevaba su pipa. Era el único vicio que nunca se le quitó. Le encantaba fumar con su vieja pipa, heredada de su padre, que a su vez la había heredado de su abuelo; y exhalaba anillos de humo, uno tras otro, como un viejo tren descompuesto cruzando las llanuras caribeñas. Los anillos, al fumar, también eran heredados.

Asimismo heredó los apodos. Apodos que habían escrito la historia de mi buen tío, a punta de carcajadas y buenos recuerdos. El principal era Casuña. Pero también lo llamaban Chico y Quincho.

No sé si sea válido traer a colación esta historia intermedia, pero creo que si quiero hacerle honor a ese hombre que fue mi tío más querido, debo darlo a conocer tal como yo tuve la suerte de conocerlo. Algunos prefieren los frutos de los árboles, pero yo me siento más atraído por sus raíces jugosas y gruesas. Así que les cuento la historia.

Casuña surgió de un tropezón. Sí, de un traspié borracho. Fue un tropezón del padre de su padre. El dueño original de la pipa. No había gran misterio en ese alias. Su abuelo volvía de una fiesta con otros amigos campesinos, por aquellos caminos fríos de las brumosas montañas de Cartago; tambaleante y disperso, hablando a gritos, con esa voz de trueno que el tío Joaquín decía que tenía. Y cuando se disponía a cargar su pipa con tabaco, distraído y mareado, mientras sus compinches empinaban la botella, su dedo gordo del pie pegó con una piedra del camino lodoso.

Al sentir el ácido dolor, lanzó un grito, que le salió torcido, como cola de puerco; y con su lengua pastosa y torpe, producto de la ebriedad maldijo aquella piedra atravesada; mas sus amigos de juerga, tan beodos como él, lo único que atinaron a comprender fue: “¡puta… casi uña!

Los carajos –como decía el tío- muertos de risa, bautizaron a su abuelo “Casi Uña”, pero con el tiempo ese nombre fue mutando hasta “Casuña”. Cuestiones etimológicas de mi tierra, donde se suele acortar las palabras, por pura pereza. Sus compadres jamás pensaron la relevancia histórica que tendría ese mote repentino. Era un apodo condenadamente divertido y atrayente; y perduró hasta hoy.

También fue repentina la primera ocasión que fumé pipa. Así, sin más, mientras le ayudaba a cargar unas bolsas del mercado, caminando por esos pasillos de lata, buscando la luz del sol, rebosantes de coloridas frutas maduras para los nietos, se detuvo afuera, y me dijo:

-Fumemos. Vos ya tenés edad más que buena para cosas de hombres – me dijo con gravedad.

Sí. Hoy lo confieso. Fue con él, con quien aprendí a fumar en ese pequeño aparato en forma de chimenea portátil. Y ese comentario fue un halago. De esos finos que él sabía decir a las personas que quería. Lo decía así, como al azar, casi como sin darse cuenta de lo que estaba diciendo, como si caminara distraído por el sendero. Era su manera de decirte “te quiero”. Ese día lo supe. O más bien, despejé mis dudas juveniles. Yo era importante para el tío Joaquín.

Quizás yo fuera un poco el hijo varón que nunca tuvo. Quizás sólo me quería y ya. Quizás se debía a las tantas veces que lo cubrí, para que tía Chabela no lo encontrara fumando por la ventana del cuarto, tirando el humo al viento, para cubrir la evidencia. Se moría de risa, como un niño travieso, cuando ella, su esposa, le reñía con una retahíla, olvidando por un instante, que era su esposo y no su hijo.

También con él aprendí a tomar zarza parrilla acompañado de un “gatito” de panadería, cada vez que nos escapábamos justo antes de la hora del almuerzo, sólo para poner furiosa a mi madre y a la tía cuando; a la hora de la hora, ambos estábamos llenos, y dejábamos la mitad del plato, por haber cambiado lo sano por lo rico.

Eso sí. Era testarudo. Él estaba consciente de eso. ¿Un médico? ¡Jamás! Él se curaba solito. ¿Qué alguien hiciera su trabajo, o, al menos, lo que requiriera de fuerza? ¡Para qué! Él podía hacerlo, y mejor que cualquiera. Terco, con esa terquedad machista de los viejos que habían crecido en el duro trabajo del campo, fermentándose junto a la tierra que él mismo había cultivado por años, a precio de sudor y sangre.

De hecho, fue con él con quien aprendí a cuidar del jardín, a trabajar la tierra, arrancando las malas hierbas, y aguantando el dolor de un rasguño o un golpe, ignorándolo valientemente, aunque la herida se tiñera de sangre. “Basta con ignorarlo, no hacerle caso”, decía. Tenía razón. Eso hizo él.

Y lo último que me enseñó, lo último que aprendí con él fue a llorar. Llorar de nuevo. No lloraba desde que era un niño, y el hombre con quien vivía mi madre, me agredía. Hasta que tuve tamaño para defenderme sólo, y lo obligué a doblarse sobre su barriga, por una patada en sus cojones; para luego correr a toda velocidad hasta la casa del tío, sin voltear ni una sola vez. Él me lo dijo:

-¡No volvás a llorar ante un cobarde así! ¿Me oís? Nunca más – dijo el tío.

-Yo no soy cobarde – le respondí con la voz quebrada de chico en pubertad.

-¡Claro que no lo sos! Vos sos mil veces más hombre que ese maricón. Y si se atreve a tocar esta puerta y buscarte, juntos le vamos a dar una paliza que nunca va a olvidar.

Asentí con mi cabeza despeinada sin alzar la mirada.

-No bajés la mirada. Vos no tenés que avergonzarte. Además – se rió buenamente – vos y yo sabemos que no se va a arrimar a mi casa.

-Sí – Traté de sonreír.

-Corrijo, campeón. Nuestra casa. Este rancho, estas cuatro paredes, también es tu casa.

Y me abrazó.

Nunca más volví a casa, hasta que aquel tipo se largó. Tampoco volví a llorar. Hasta ayer.

Volví a llorar como aquel niño miedoso. Pero él ni cuenta se dio. Lloré sobre su ataúd. Y antes había llorado cuando recibí la noticia de su muerte. La primera noticia. La de la llamada como una cubeta de hielo que te saca de onda congelando tu corazón, como el silencio que se escucha antes de una estampida.

Lo primero que escuché al otro lado de la línea fue: “mataron a tío Joaquín de dos balazos”.

Menudo saludo. Ni “hola”, ni “¿cómo estás?” ni nada. Directo al grano. Habían asesinado al bueno del tío. Pero ¿a quién carajos se le ocurriría quitarle la vida a un hombre que transmitía vida por donde caminaba? No podía creerlo. En ese instante todo a mi alrededor dejó de existir, el tiempo y el espacio. Mil palabras se apretujaban en mi cabeza, como un poema absurdo, sin sentido, escrito con una afilada punta de grafito, que hería mi cabeza en cada verso. Pero todo había sido un mal entendido. La imaginación de una persona es capaz de pulular cuando choca con los pies de un muerto.

Lo que pasó fue que sus hijas empezaron a sospechar que algo andaba mal cuando el tío no se presentó al tradicional almuerzo de los martes. Siempre llegaba puntual, con su propio tenedor y cubierto, envueltos en una servilleta de tela con sus iniciales “JM” bordadas en hilo dorado, y metidos en una bolsa de papel, que atesoraba en el bolsillo delantero de su chaqueta favorita. Regalo de su Chabela. Manías de un hombre feliz con canas en las partes que no habían sufrido calvicie, en su cabeza. Cada martes llevaba alguna sorpresa para sus nietos, y los pequeños lo aguardaban con ansias. A veces era un molinillo de colores que dibujaba arcoíris al viento. Otras, una vieja caja de música rústica. O cualquier juguete que le pareciera mágico y divertido para los pequeños. Siempre atento de que todos tuvieran su regalito, siempre pendiente de que nadie se quedara sin comer. Siempre preocupado por todos.

Pero esa mañana no llegó, caminando con su vaivén de bailarín y su boina de cuadros rojos y verdes. El reloj siguió su curso, siempre a tiempo, sin darle importancia a su inusual ausencia. Y el plato de sopa de mondongo, recién hecha, se fue enfriando hasta volverse espesa y desagradable. Las tortillas palmeadas quedaron tiesas sobre la mesa. Y las moscas celebraron su festín, antes de tiempo.

Las primas se miraban entre sí, entre asustadas y extrañadas, tratando de tragar cada bocado que se les quedaba atravesado como una hemorragia muda, fingiendo sus dudas dibujadas en cada gesto, para no preocupar a los nietos que se empezaban a poner insoportables por la tardanza.

Media hora más tarde empezaron a llamarlo por teléfono. Al principio con calma disimulada y risitas nerviosas. Luego con imaginación exaltada y preocupación. A él no le gustaba ese cochino aparato que no calzaba con la armonía de las montañas, pero siempre contestaba. Atento a las necesidades de quien fuera.

Dos horas después el almuerzo se había fosilizado sobre la mesa servida y las moscas ya estaban hinchadas de tanto manosear la comida. Las hijas y los nietos habían salido en busca del Tío Joaquín, gritando su nombre y, sobre todo, sus apodos, como locos.

Nadie lo había visto. Nadie recordaba que hubiera pasado por su casa o por su calle. Todos lo conocían, pero nadie sabía nada. Un chiquillo recordaba en la mañana a un señor con unos perros, pero ¿quién le hace caso a un chiquillo? Mi tío. Él sí que sabía darle un lugar importante a cada persona. Sabía que de todos podía aprender y a todos podía servir. Pero en medio de ese quehacer de la mente asustada, eso sólo era información imprecisa entre los recovecos de una pista tímida.

Siguieron buscando en cada esquina, en cada pulpería de pueblo, entre los viejos que jugaban damas chinas en el parque, o entre los chicos encestando bolas naranjas en la cancha, rebotando contra sus responsabilidades, o entre los pequeños que siempre recibían de él, algún dulce. Llamaron a los hermanos y hermanas del tío, a sus amigos, hasta a uno que otro enemigo celoso. Nada. Hasta que Samuel, el más pequeño de sus nietos, que apenas balbuceaba unas pocas palabras, dijo algo de ir a pasear con el “tito” al río.

¡El río! En medio de tanta excitación, el río había quedado en alguna arruga oscura de la memoria. Corrieron hacia allá, hasta que su hija Melissa, mi prima; tropezó con sus enormes zapatos entre el matorral. Y vio a mi tío tirado, con los perros lamiéndole el rostro y lloriqueando como niños perdidos.

Tres perros

Su mente de vendaval y su lengua enrollada en un escalofrío, no pudieron más que exclamar “¡asesinato!”. Y las demás hermanas estuvieron de acuerdo con semejante conclusión, sin atreverse a examinar el frío cuerpo del pobre viejo. De su amado padre. Sólo atinaron a correr en busca de ayuda, no sin antes darles indicaciones a los fieles canes, de que atacaran a todo aquél que intentara tocar el cuerpo del tío; lo cual luego resultó en un grave problema, porque los animales tuvieron que ser sedados por un veterinario con una pistola inofensiva, ya que las autoridades no podían acercarse sin riesgo de ser mordidos, por las valientes fieras, que pelaban sus espumosos colmillos con antropomorfo enojo.

Mientras tanto, las otras hijas se encargaban de divulgar la terrible noticia a todo el pequeño pueblo rural, como pólvora. Pero no fue así como murió. Fue inesperado, repentino, ¡claro!, pero no lo mató ninguna bala, sino un ataque al corazón, dijeron los médicos forenses. No fue nada violento. No hubo nada de sufrimiento inhumano. No hubo mano criminal ni nada que se le parezca. Todo mundo quería al tío. ¿Quién podría hacerle daño?

Al término de la tarde sólo quedó una firma estilizada al final de un libro, justo antes del “vivió feliz para siempre”. Su firma. Su apodo. Casuña.

Aclaro que esto es sólo una metáfora. Mi tío Joaquín nunca aprendió a escribir. Menos a leer. Pero algo que aprendió bien, y que nos enseñó a todos, como su mejor herencia, fue a vivir. Vivió tan bien sus últimos años –los mejores, los que yo le conocí- que cuando la muerte lo visitó, no tenía deudas pendientes ni nada de qué preocuparse. Nada de qué temer. Y así lo abrazó la muerte, con una sonrisa en sus labios.

Sí. Murió con una sonrisa en los gruesos labios –dijeron las primas- y su boina con estampado a cuadros, sobre su cabeza casi calva. Murió sonriendo. Fue su último mensaje, su última enseñanza a todos los que dejaba atrás. Casi me parecía escucharlo, con su misterio filosófico rodeándole la cabeza sin pelo, como una aureola de santo, diciéndonos, en medio del canto del riachuelo:

-Hay que vivir bien esta vida, para que cuando llegue la pelona, podamos recibirla con una sonrisa de paz en el rostro – fue lo que nos dijo con esa cara bonachona.

Y era el único que sonreía en medio de aquella sala fúnebre y helada como un jardín de flores marchitas y de plástico, intentando emanar su aroma efímero, para consolar nuestras lágrimas.

Una vez leí algo así como que había que vivir de tal manera la vida, que cuando la muerte llegara a tu puerta, no tuvieras nada más que hacer, que irte tranquilo con ella. Hoy estoy casi seguro que eso lo dijo el tío Joaquín, y a lo mejor a alguien menos analfabeto, pero menos sabio que él, se le ocurrió ponerlo por escrito, sobre el papel, para venderlo por unos cuántos pesos.

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Decido amarte

Un camino juntos

Un camino juntos

Amo a mi novia. Pero cuando la conocí, jamás hubiera pensado que esto llegaría a ser de esta manera. Cuando la conocí, aún faltaba un largo trecho para llegar a entender que el Amor es una decisión diaria, una donación constante. Un negarte para afirmar al otro en el Amor, y así te afirmás vos en lo que realmente importa. En lo esencial. Sólo el Amor te afirma y confirma en lo que sos, o mejor dicho, en lo que fuiste creado a hacer. Pero en ese instante en que apareció en mi vida, sabía poco de eso.

Sólo el Amor logra sacar lo mejor de vos. Sólo el Amor puede ayudarte a ser tu mejor versión. Basta que te sintás amado, y el mundo se torna de colores, lleno de luz y sonrisas. Lleno de esperanza. No es una cuestión de enamoramiento pasajero, o romanticismo de telenovela. Simplemente es una Verdad que debés cuidar y podar, para hacerla crecer.

Cuando entendí que amaba a la que llegaría a ser mi novia –y espero que algún día mi esposa- no era aún esa versión. Quizás aún no lo soy. Lo cual es verdaderamente bueno. No serlo aún, me motiva a luchar más, a intentar ser mejor que ayer. A no dejar de buscar y construir mi mejor versión. A no dejar de amar jamás. A desear amar mejor que ayer.

Pero en ese momento, estaba aún lejano y perdido. No voy a decir que sólo gracias a ella soy mejor hoy. Sólo quiero decir lo que sé. Que ella hoy es mi compañera de batallas. Mi ayuda. Que su sonrisa me dice que todo está bien. Sus ojos creen en mí. Sus palabras me empujan a seguir adelante y me dicen consejos acertados, me corrigen, y en su voz abriga un deseo por ayudarme a ser mejor. Su mano me sostiene cuando caigo, y su abrazo me hace sentir que nada más importa.

No quiero caer en una novela romántica, y me disculpo si así parece. Y para demostrarlo, quiero ser sincero.

A veces mi carácter sale a relucir, y exploto. Exploto sin razón, o quizás por el estrés del día o mis propias limitaciones. Exploto por descubrirme pequeño e incapaz en muchas cosas, o frustrado por no ser el hombre que esta sociedad dice que debo ser. Con carro, mucho dinero, títulos de éxito, cuadritos en la panza, jajajaja, etc. Cosas de las que carezco.

Y cuando exploto, ella sólo calla. Calla y espera. O sólo se acurruca en mi pecho, recordándome que eso no importa. Importa que luchemos juntos. ¿Y qué puedo hacer, entonces? ¿Qué puedo decirle? Su Amor me duele cálidamente, y al final, sólo me queda decir casi en un susurro avergonzado, esas tres palabras: “Te pido perdón”.

Me duele porque sé que me ama, y su Amor tan femenino es capaz de soportarlo todo. Y más allá de eso, ese Amor me cuestiona, y me hace pensar en un Amor más grande, al que traiciono y lastimo más a menudo. Su Amor me hace ver que no valía la pena mi reacción, y lucho por erradicar esas reacciones de mi vida. Su Amor me hace amar mejor.

Otros momentos, cuando fallo o hago algo que hiere, me tiento en culparla a ella. Quizás porque hasta ahora voy entendiendo que ella es parte de mí vida, porque voy descubriendo que ya no quiero apartarla de mi lado. Y eso me asusta. Me asusta el compromiso, pero hoy que aprendo a amarla, me asusta más perderla. Por eso, cuando me equivoco de alguna manera, quiero excusarme que no la merezco, para dejar de luchar y huir.

Y sin embargo, algo me impulsa a seguir luchando. A darlo todo. Y decido amarla en mi debilidad, en mi pequeñez.

Porque cuando me alejo fruto de mis errores, ella se acerca sin esperar nada a cambio. Ella me ama pacientemente, sin merecerlo. Y eso me recuerda que el Amor no se merece, sólo se da.

Y esa actitud tan valiente me enseña que amar es una decisión. Ella decide amarme cada día. Eso es valor. Es algo que sólo es capaz de hacer la gente de corazón enorme y mirada brillante. Y yo, venciendo mi cobardía o mi pasado, venciéndome a mí mismo y mis atajos fáciles, decido recorrer el Camino empinado, y amarla de vuelta. Decido derrotar mis fantasmas, para ganarla a ella cada día.

A su lado he entendido que la persona que ama sonríe siempre, sin demora. Que la persona que ama te ve a los ojos, te abraza sin tiempo, te besa apasionadamente como la primera vez, te dice lo bien que te ves, te felicita por tus logros, te da su vida a cambio de nada. La persona que ama perdona siempre, y te pide perdón si se ha equivocado. La persona que ama te escucha y detiene sus quehaceres para que veás cuánto le importás, más que todas sus responsabilidades. La persona que ama se cansa, porque sabe que ese cansancio por Amor vale la pena. Es una sabia decisión.

No. No me malentiendan. Nuestro noviazgo no es un mundo perfecto con mariposas y arco iris. Nuestro noviazgo se va construyendo cada día. Y tratamos que sea sobre roca.

Cada día que, al despertar, marco su número y la llamo para decirle que la amo. Cada vez que nos vemos y que debo esperarla sin prisa, mientras termina de alistarse, sabiendo que a lo mejor lleguemos tarde (y Dios sabe cuán puntual y estresado soy para todo). O cuando compro sólo un helado, porque “ella no quiere más que un poquito”, y termina comiéndoselo todo, porque le encanta. Jajajaja, es en serio. Voy aprendiendo. Aprendemos juntos.

Cada día que cometo un error, y debo acallar mi típico orgullo masculino –más mi terquedad sanguínea- y decirle, mirándola a los ojos: -“Lo siento de verdad”. Cada día que ella me llama al trabajo, sin esperar que lo haga, sólo para contarme alguna cosa de su día, o cualquier detalle que para cualquier otro sería insignificante, mas no para mí.

Cada vez que llego a su casa y la veo cocinando –aún vestida con su linda ropa del trabajo de una economista- alguna deliciosa cena para mí. Cada vez que se sienta a ver alguna película rara de las que me gustan, a mi lado, aunque se quede dormida en mi hombro. Quizás, a fin de cuentas, es lo que espero, lo que deseo: que se acurruque en mi pecho.

Se va construyendo diariamente, cuando antes de dormir, la llamo para orar, y beso el auricular, después que ella ha colgado. O cuando ella me escribe un correo donde me dice un “te amo” sin siquiera escribir esas dos palabras. O cuando me pide que me quede en su cuarto, hasta que se quede dormida. Y salgo ganando, pues me encanta verla dormir tranquila, con su respiración calmada y su hoyuelo dibujado en una media sonrisa. O cuando, sin haberla visto en todo el día, le digo que se ve hermosa, no sólo por decirle algo lindo, sino porque tengo la certeza que es así. Porque lo creo.

Pero esta relación también se construye cuando discrepamos en algún tema, cuando nuestros pensamientos distintos me asustan –así es, aún suelo ser asustadizo, mientras voy aprendiendo. Cuando creo que nos alejamos, y tardo en descubrir que nuestras diferencias más bien nos unen y fortalecen. Cuando ella, algo molesta, me recuerda que no siempre tengo la razón.

(Sí, a menudo creía tener la razón siempre. Hasta que ella llegó, y tuve que aprender a equivocarme y aceptarlo).

Cuando enojado me alejo, y callo. Y me vuelvo frío y tosco. Y ella se aparta herida, soportando el dolor, y respetando mi distancia, dándome mi tiempo. En esa lejanía le agradezco su respeto, tanto como le agradezco las veces que me dice lo que siente, piensa o le duele. Porque la voy amando mejor, conforme me va dejando entrar en la intimidad de sus pensamientos y sentimientos. Y entre más la conozco, mejor soy capaz de amarla.

Cuando luchamos juntos, y a veces vencemos, y otras salimos derrotados. Cuando somos capaces de llorar, o al menos, dejar salir algunas lágrimas de nuestros ojos. A su lado, tomado de su mano, las derrotas, no saben tan amargas. A su lado, las victorias sólo son lecciones aprendidas en el largo camino de esta vida.

Cuando soñamos, y planeamos cosas juntos en el futuro, sabiendo que para llegar ahí, debemos decirnos un “sí” firme hoy, aquí y ahora.

Cuando hacemos tantas cosas que el fin de semana se nos hace más cansado que toda la semana de trabajo. Y nos despedimos con un beso y una sonrisa, seguros de haber aprovechado al máximo nuestro tiempo juntos. O incluso, cuando no hacemos nada. Ni siquiera hablamos. Sólo permanecemos uno al lado del otro, teniendo esa extraña seguridad de que vale la pena darlo todo por Amor.

Vale la pena. Sí. Amarla vale la pena. Amarla pacientemente. Amarla para hacerla reír y escuchar su risa contagiosa y viva que ilumina cualquier día nublado. Amarla para acariciar su cabello largo y enredar mis dedos en ese pelo oscuro y lindo.

Amarla en una carta escrita a mano, o un poema susurrado en su oído, que ella misma me ha inspirado. Amarla para hacer trillo en su cintura al bailar alguna canción francesa. Amarla sumergido en el aroma de su largo cuello de mujer. Amarla perdido en esa mirada llena de infinito que brilla cuando habla.

Amarla y respetarla. Amarla sin siquiera tocarla. La mayoría del tiempo estamos lejos, yo vivo en un extremo y ella en otro. No es malo eso, a pesar que quisiera verla todos los días, en todo momento. No es malo, porque hemos aprendido a ser creativos. ¿Cómo decirle que la amo, sin verla? ¿Cómo hacerla sentir amada sin un abrazo o un beso? ¿Cómo hacerle saber que siempre la tengo presente y oro por ella y me doy por ella?

En la distancia –que no es mucha, no es nada: un par de horas- su amor siempre me acompaña, y por un mensaje, me desea todos los días un lindo día de trabajo, y muchas sonrisas. En la distancia, sus labios me envían besos y me dan la bendición. En la distancia, crece el deseo de aprovechar cada pequeño instante que puedo estar a su lado, y caminar juntos.

Ella vale la pena. Esperar vale la pena. Y esa espera incluye todo. Incluye ir contracorriente, en el pequeño bote en que ambos hemos decidido viajar. En ese pequeño bote en el que remamos contra la fuerza del río de este mundo.

Incluye escribirle poemas o cuentos, más que llevarla a un motel. Incluye cerrar mis ojos y acariciar su rostro con ternura, más que desear acostarme con ella. Incluye pasear tomado de su mano, como el hombre más afortunado del mundo, antes que tocarla en público como si fuera un trofeo. Incluye aprender a besarla una y otra vez, y descubrir juntos nuevos besos, nuevas formas de amarnos, nuevas cartas y películas y helados juntos. Incluye besarla con ternura y decirle “te amo”, antes que forzarla o exigirle nada. Incluso, aunque no tuviera que exigirle nada, no forzarla a nada, vale la pena esperarla.

Vale la pena, más allá de lo que, a veces, como hombre, quisiera hacer, porque así dice la sociedad que debe ser. Ella vale la pena, porque a su lado, aprendo a ser un mejor hombre, Un hombre de verdad. Un hombre que sabe amar a una mujer. Un hombre que sabe esperar. Y así crezco. Y en la espera, también me hago fuerte, auténtico. Un verdadero amante. Un compañero de camino. Un amigo.

Porque, para verla, decido vestirme mejor, peinarme y ¡hasta perfumarme! No porque a mí me guste. Si no porque a ella le gusta. Eso me basta. Eso es importante para ella. Y lo es también para mí. De paso, así me enseña a cuidarme, a chinearme. Algo que siempre fue un terreno extraño en mi vida.

Porque el Amor se construye de pequeños detalles, de pequeñas entregas silenciosas, de sacrificios anónimos, de donaciones millonarias de sí mismo. De dar la vida en una decisión diaria de volver a empezar, de volver a reír, de volver a amar.

Porque no importa que se lo haya dicho mil veces. Que le haya dicho millones de “te amo”. Siempre quiero hacérselo saber con mis actos, de formas nuevas cada día. Porque aunque nunca olvidaré la primera vez que besé sus labios, cada beso es una nueva primera vez para amarla.

Porque un susurro suyo me hace temblar, más que nada. Porque su olor suave y dulce es como un jardín en primavera. Porque incluso, aunque pelear con ella me duele y desarma, no quiero pelear el resto de mi vida con nadie más.

Porque, de repente, me descubro pensando en ella, no como una distracción extraña que me impide avanzar o hacer mi trabajo. Sino como una historia que has escuchado y te gusta recordar porque te ha enseñado a ser mejor. O una canción que tarareás porque estás feliz. O mejor aún, como un cálido recuerdo de cuando te sentiste amado por Dios, y todo lo demás dejó de existir. La diferencia es que, cuando pienso en ella, la bendición de tenerla, Dios me la da cada día. No es un recuerdo. Es real, y tengo la dicha de decidir amarla de nuevo, cada amanecer.

Porque al pensar en ella, pienso en cuánto la amo y cuánto ha llegado a enriquecer mi felicidad, al compartirme la suya. Pienso en esa sonrisa con hoyuelo, y en lo mucho que deseo ver esa sonrisa cada día a mi lado. Pienso en que, gracias a Dios, ha llegado para quedarse. Y hoy decido amarla.

El Amor es la única cosa que se multiplica y crece entre más se da. Un Amor activo, no pasivo, un Amor que se hace y construye en el diario vivir. Un Amor que se da gratis, perdona gratis, espera siempre, soporta todo.

Sí. Aún me falta mucho. Me alegra saberlo. Nos falta a ambos y es bueno saber que podemos seguir aprendiendo juntos. No sólo ella y yo, sino los tres, Dios en medio, como la viga capaz de sostener este rancho –me gusta más un ranchito o choza, que una casa jajajajaja, está más acorde con nuestro anhelo misionero- y protegerlo de toda tormenta o terremoto. Apenas estamos empezando a cavar para poner las bases. Pero así es el Amor. Es algo que se construye día a día. Algo que vale la pena vivir, porque sin Él, sin el Amor, la vida pierde su sentido, su rumbo, su brillo.

Amo a mi novia. Y amo saber que es posible que algún día sea mi esposa. Amo orar pidiéndole a Dios que me conceda eso, y que nos ayude a trabajar para llegar ahí. Y sólo puedo decir que lo vale todo, vale la pena el Amor. Vale la pena cansarse, gastarse y dar la vida por el Amor. No cabe el miedo en un corazón que está lleno de Amor.

Gracias a Dios por ella, por esto, por el hoy. Y a vos te digo: ¡Amá! Dios hace el resto.

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Te miré

Te-miré

Te miré y bastó sólo un parpadeo
un guiño, un gesto desapercibido…
una sonrisa que dibujó un cometa a medio día…
un gesto con tus dedos enredados en tus cabellos,
que tararearon una descuidada melodía…
y ya todo cobró sentido,
sentido para mí….

Te hablé, con una maraña de palabras,
un poema a medias, una voz que no calla,
unas huellas de pies blancos bajo lluvia cristalina,
una caricia que a ratos acierta y a ratos desatina….
un temblor entre cada tic-tac atolondrado,
ese aroma que dejaste dibujado,
dentro de mí…

Te toqué apenas con mis ojos cerrados,
me dejé guiar por la tenue luz que emana,
de tus pechos brotó un canto apenas susurrado,
un arco iris que resguarda un tesoro enamorado,
lejos, a contraluz veo tu reflejo,
tímidamente, con tu caminar descalzo,
tan cerca de mí…

Fui yo el afortunado,
el que abrió los brazos
para recibirte al amanecer,
en este lecho de mar…
fui yo el que escuchó tus labios
decir un “te quiero”
tarareado lentamente,
rodeando tu cintura
de libertad…
y me fui enamorando,
perdido entre tus risas,
mirando el horizonte en llamas,
tomado de tus dedos,
haciéndonos un par…
bañados de alegría,
para volver a empezar…

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Cruzar la frontera

Una mañana, en medio de la Zona Roja de mi país, se me acercó una mujer vestida con harapos y exhalando un fuerte olor a alcohol. Más allá de las arrugas tatuadas por el sufrimiento de la calle, y la mirada opaca y lejana en un futuro incierto, se percibía una juventud malgastada y solitaria.

No me asusté, nunca he medido a un ser humano por su vestido o su aroma. Me miraba asustada y me pidió una moneda. No suelo regalar dinero, para no ser patrocinador de un vicio, pero tengo los pies en la tierra, y camino entre el lodo como cualquier ser humano normal. Es decir, no se trata de no darles plata, se trata de buscar soluciones, de hacer algo más, de cruzar la frontera…

Christ-Beggar

Lo primero que hice, sin dejar de mirarla a los ojos, fue preguntarle su nombre. Entendió que le hablaba directamente a ella, no a cualquiera. Abrió más sus adormilados ojos claros y me dijo, con un aire de desconfianza: “Jenny”. Sonreí y, a mi vez, me presenté.

Charlamos un rato y luego le pregunté si quería comer algo. Esto parece obvio. Sin embargo muchos se molestan cuando les ofrezco comida, pues la piedra los tiene tan hundidos que se han olvidado que son personas que merecen satisfacer sus necesidades básicas.

Me contestó que sí. Fui a una panadería y le compré un pan y un refresco. La acompañé un rato más, en silencio. Luego hice ademán de retirarme. Alzó la mirada como gritando algo en su interior. Percibí un leve temblor en su cuerpo. Asustado, le pregunté qué tenía. Con un escalofrío en su voz, me dijo: “Disculpe muchacho, ¿me puede abrazar?”

No dije nada, sólo la abracé. No sé cuánto tiempo estuvimos así. ¿Eso qué importa? Fue el tiempo necesario para ella. Y para mí.

Esa experiencia me hizo aprender algo valioso en mi vida: la peor pobreza del ser humano, el más grande de sus sufrimientos, no tiene nada que ver con el hambre, la miseria, la injusticia o la esclavitud. Su mayor desesperación es la de no saberse amado.

El Amor nos hace personas. Nos hace sentir vivos, parte de algo más grande. El Amor es incluyente, no excluye. Pero este mundo nos ha vendido la idea falsa de la felicidad y el Amor. Nos ha hecho creer que merezco ser amado, y que hay un status en el Amor, en el cual soy amado entre más tengo, más puedo, más soy.

Hemos hecho del Amor un club privado al cual no todos tenemos derecho de ingresar, a no ser que cumplamos con ciertos parámetros sociales. Hemos llegado a sentirnos tan incluidos dentro de las fronteras de este mundo globalizado, que terminamos excluyendo a aquellos menos afortunados, menos poderosos, menos ricos, menos famosos.

Y olvidamos que el Amor no es un privilegio para unos cuántos, es un regalo que Dios nos ha dado a todos gratuitamente. Estamos tan satisfechos con nosotros mismos, tan ensimismados en nuestros problemas, logros, etc. que hemos olvidado salir de nuestro yo, para ir al encuentro de mi hermano, y construir un nosotros.

Hemos perdido la capacidad de sentir con el otro, de compadecernos, de hacernos Amor para el otro. Y peor aún, nos hemos acostumbrado a la injusticia, al dolor, a la pobreza. Hablamos, criticamos, pedimos cambios, y hasta exigimos milagros a Dios.

Y olvidamos que el milagro de Dios para este mundo soy yo. Y a partir de mi propia vida puedo hacerme milagro de cambio, de vida, de justicia, de paz, de libertad, para los demás. El cambio para nuestra sociedad, empieza por mí.

¿Cuántos se nos han acercado en busca de misericordia, y sólo han encontrado rechazo, burla, repulsión de nuestra parte? ¿Cuántas veces hemos tirado una moneda para acallar nuestra consciencia y salir del paso, para que nos dejen de estorbar? ¿Cuántas veces ni siquiera hemos visto a la cara a estos hermanos, menos aún nos hemos sentado a hablar un rato con ellos, escucharlos?

Quizás, como decía la madre Teresa, lo que hagamos es sólo una gota en el mar; pero podemos estar seguros que, para una sola persona, esa gota será su mar, que calme la sed de Amor y misericordia que busca con tanta desesperación. ¿Acaso no lo vale?

El Amor no nos pertenece, lo recibimos, nos fue dado primero. Dado para ser compartido. Y llegó para incomodarnos, para sacarnos de nuestro confort, de nuestra pasividad y egoísmo, para ayudarnos a cruzar los bordes de nuestro pensamiento. Nuestro corazón.

Para salir de nosotros mismos, e ir al encuentro de aquel que tiende la mano, que busca un abrazo, que pide pan, y que tiene el rostro desfigurado de Cristo clavado en la cruz.

Este Amor paciente que hemos recibido de Dios, es el mismo que debe movernos al encuentro con el hermano. Es el Amor que sabe esperar, no en sus planes y conceptos de bien, sino en algo más grande, en la Misericordia de Dios que nada tiene que ver con ideologías o conceptos adoptados. Que es una y la misma siempre.

Amor que no exige un cambio, pero abraza sin miedo. Amor que no lanza juicios preconcebidos, sino que sabe sonreír y escuchar. Amor que no trueca intereses, sino que se dona libre y totalmente.

Este mundo necesita menos jueces, y más hermanos. Menos jefes, y más servidores. Menos “crucificadores” y más personas que quieran ayudar a cargar la cruz. Personas enamoradas, personas que amen, y ya.

Sólo el Amor transforma, construye. El amor nos hace arriesgarnos a ir más allá de nosotros mismos, y, a menudo, ese riesgo duele, lastima. Pero es preferible ese riesgo de amar a la pasividad de quedarse esperando a que el Amor te llegue.

El Amor te llama hoy. Te llama, y para ir a su encuentro, debés salir, caminar, moverte. Ir más allá.

Terminaremos con la indiferencia y el egoísmo cuando seamos capaces de cruzar las fronteras, no sólo las físicas de nuestros países, sino las interiores de nuestro pensamiento y nuestra alma. La discriminación se vence cuando soy capaz de salir de mí mismo, para hacerme parte de aquellos que nadie se ha atrevido a escuchar y conocer. Para amar a aquellos que hoy sufren en su corazón la carencia del Amor.

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La Vida

“El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad” – San Juan Pablo II, Papa

La Vida. Hermoso regalo que hemos recibido. Nadie nos preguntó si queríamos vivir. No fue una mercancía por la cual pagamos. No pudimos comprarla o ganarla. Sólo eso: se nos fue dada. La recibimos como un don.

Vida02Pero, ¿cuánto vale la Vida? Es imposible pagar por ella. No tiene precio, aunque los medios de comunicación y otros personajes con aires de sabios filósofos, nos quieran hacer creer lo contrario. La Vida vale la Vida misma. No puede ser de otra manera. No podés pagar por ella, no podés comprar minutos más o menos para extenderla. No podés cambiarla, pues sólo a vos te pertenece. No podés comerciar con la Vida de otros. La Vida es un bien íntimo y personal

Por matar, muchos pagan. Por matar, muchos cobran. ¡Qué fácil y barato es matar! Eso, al parecer, lo puede hacer cualquiera. No hay ningún mérito en dar muerte, en ofrecer muerte, en vender muerte. La muerte es barata. Muchos la ofrecen, muchos venden productos que la promueven, otros promulgan leyes para hacer legal el quitar la Vida a otros.

Ahhh… pero la Vida. Es impagable. ¿Cuántos pueden ofrecer Vida, cuántos pueden darla? Es un bien incalculable. Sólo los que realmente aman son capaces de entender, proteger y compartir la Vida. Sólo quienes aman de verdad, son capaces de ser co-creadores de Vida, con quien es la Vida, y dueño de ella: Dios.

¿Cómo creer que la Vida de un ser humano surge unas semanas después de su concepción? ¿Cómo creer que la mujer lleva en su vientre, cuando queda embarazada, un producto, una enfermedad, un objeto que pone en riesgo su propia vida?

Ninguno de estos argumentos tiene lógica. La concepción es un acto inmediato. Yo no concibo una idea y me llega 5 días después. La concepción quiere decir que la Vida es inmediata. Y la mujer, a partir de ese momento, lleva en su seno una vida totalmente nueva y distinta a ella.

Esto no es una cuestión de fe, aunque ¡claro! La fe ayuda. Pero la opción por la Vida no es un tema que tenga que ver con mis valores cristianos. Es una cuestión básica de cualquier ser humano que desee de corazón buscar la Verdad. Y la Verdad que creemos como cristianos, no puede ser contraria a la razón, pues razón y fe son dos verdades que se complementan, no que se contradicen.

La ciencia y la fe nos ayudan a construir un panorama amplio y profundo de la Verdad, y si una contradice a la otra, debemos tener claro que una de las dos es errada, pues dos verdades –lógicamente- no pueden contradecirse.

Ahora bien, los argumentos para defender la Vida, y la manera de luchar esta lucha, deben estar basados no sólo en la fe, sino en hechos científicos que dan peso a nuestras afirmaciones. Todos hemos recibido la Vida como don, de la unión de un óvulo y un espermatozoide (eso es ciencia), pero no todos somos creyentes.

Es importante amar la Vida, pues el Amor nos mueve a ser celosos de ella, a defenderla a toda costa, a valorarla y disfrutarla. Sólo quien ama su Vida es capaz de compartirla con los demás. Pero ese Amor nos debe empujar a más. Un poco más.

Ese Amor nos debe hacer buscadores de un Camino que nos lleve hacia la Verdad sobre la Vida. Promover el camino de la muerte a través de la mentira, es ir tres veces contra Cristo, quien es el Camino hacia la Verdad a través de esa Vida.

La Vida es inmediata. La reconocemos desde el momento de la concepción. No por una mera ocurrencia, sino porque la ciencia así lo confirma. No ocurre tiempo después. Surge de inmediato. Y es la ciencia la que nos da tres argumentos tangibles, válidos e irrefutables:

  • Toda célula posee vida. Así que el aborto no mata algo inerte, sino algo vivo. “Algo” si lo vemos como simples células, pero para los que creemos en la Vida, es Alguien.
  • La unión de dos células humanas –espermatozoide y óvulo- producen vida humana. Nunca se ha dicho que la unión de un hombre y una mujer, dé como resultado un camello, una palmera o una piedra. Dos seres humanos, al unirse sexualmente, producen vida humana. No otra cosa. El aborto asesina vida humana; no es ni animal ni vegetal ni mineral.
  • La unión de un gameto masculino (espermatozoide) y uno femenino (óvulo) producen un material genético totalmente distinto al de la madre, es decir, una nueva vida. Es muy diferente cuando una persona se saca sangre. Al analizar la sangre, se ve claramente cómo esa pequeña gota de material sanguíneo posee toda la información genética de la persona de la que proviene. No sucede esto con el cigoto humano, que posee características totalmente propias, distintas a las de la madre. El aborto desecha –como basura- la vida de un nuevo ser humano, único e irrepetible, con su propio código genético.

¿Acaso no es esto asesinato? ¿Acaso no es punible por la ley? ¿Acaso no dice nuestra Constitución Política, en el artículo 21, que la Vida es un derecho inviolable? Y, como hemos podido ver, hay Vida desde la concepción. Por tanto, el aborto es un delito.

¿Quién nos da el derecho de quitarle la vida a otro ser humano, quién nos da la opción de decidir libremente sobre la vida de los demás? Sobre todo aquellos que no pueden defenderse por sí mismos. Los seres humanos más indefensos y frágiles.

Vida01Por otro lado, se nos presenta el aborto también como una “terapia”. Nos quieren vender la idea de que el aborto terapéutico es una opción muy humana, por el “bien” de la madre. La mujer, aunque lleve la vida en su vientre, no la hace dueña de la misma, pues, como ya se ha dicho, su vida y la del bebé, son dos vidas totalmente distintas. ¡Claro! Tiene derecho a decidir sobre su vida, pero nada más. La vida de otro ser humano no es algo de lo que ella o cualquier otra persona pueda proclamarse propietario.

Terapia, cómo bien lo pueden confirmar quienes son médicos, es un término que se utiliza para hablar de un proceso curativo, para tratar alguna enfermedad o dolencia. Ahora bien, ¿qué puede tener de terapéutico el aborto? ¿Desde cuando una nueva vida resulta una enfermedad o dolencia?

La Vida es el principal y más grande de los derechos de todo ser humano. Pero si no defendemos la Vida –como un don en sí mismo, más allá de cualquier circunstancia; cómo podremos hacer valer nuestros derechos, y cumplir nuestros deberes ciudadanos.

La felicidad de vivir debe ser para todos, si queremos una sociedad más justa e igualitaria, con iguales oportunidades de vivir para todos. Esto no sólo abarca más oportunidades de trabajo, mejores salarios, mayores garantías sociales; sino, y sobre todo, la vida en sí misma. Pues si no respetamos y valoramos la Vida, todos los demás derechos y deberes quedan en un sinsentido, una lucha absurda y vacía.

Sí. El tema da para mucho más. El debate –si es que existe alguno realmente válido en donde se deba discutir la elección entre Vida y muerte- queda abierto.

Aunque lo único que debería quedar abierto es nuestra mente y corazón a la Vida que se nos fue dada, y de la que muchos otros quizás nunca lleguen a disfrutar por decisiones egoístas y retrógradas, y por el silencio cómplice de muchos que preferimos callar para “no caer mal”.

Justo de la experiencia de saberse amado primero, brota la Vida. El Amor que te llama a esa Vida, es el mismo Amor que te invita a darla. Dar gratis lo que gratuitamente se te ha dado. Quien se sabe muy amado, comprende que su vida es un don que Dios le regala, para que lo regalés a los demás.

Quien ama, comparte su vida con los demás, quien ama, da su vida por los demás. Quien ama, entiende que la Vida que le fue dada, fue dada para darla. Ama, quien se deja amar primero. Sólo dando la Vida ésta se engrandece.

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Dejáte sorprender

¿Cuándo fue que olvidamos vivir? ¿Cuándo dejamos de lado las cosas importantes, para llenarnos de preocupaciones banales y sin sentido? ¿Cuándo le dimos más valor a una hora de reuniones para ganar más dinero, que a un minuto viendo a tu hija dormir tranquila, o a un abrazo lento de tu esposa, o a un segundo peinando los cabellos blancos de tu padre?

¿Cuándo dejamos a un lado los tesoros del hoy, para perdernos en los errores del ayer, o controlar los triunfos del mañana? ¿Cuándo creímos que la alegría estaba en pasarnos la vida a la carrera, sin tiempo a detenernos, y dejamos de escuchar el río entre las rocas, el grillo entre la hierba, la sonrisa entre la multitud, el beso entre la soledad?

¿Cuándo nos dejamos de sorprender? Dios nos creó para ser felices. Nos dio la vida para vivirla. Para dejarnos amar y descubrir la majestuosidad de su Amor por nosotros en el diario vivir. Por eso…

Ser como niños

Dejáte sorprender. Volvé a tu esencia de niño, no temás abandonarte a las sorpresas del diario vivir, y sonreí, que Dios hace nuevas todas las cosas. Dejáte sorprender, no olvidés el factor sorpresa de la vida. Aunque hayás pasado mil veces por el mismo camino, nunca es igual, un arco iris, una nube, una flor, el canto de un ave pueden hacer la diferencia.

Sí. Dejáte sorprender. La vida es hoy, y hoy todo es nuevo. Hoy todo ha cambiado. Depende de vos, eso sí. Si seguís viendo las cosas desde el mismo punto de vista para vos no habrá cambiado nada, todo seguirá siendo lo mismo; pero si te atrevés cada día a cambiar tu perspectiva, el mundo te mostrará nuevos matices, toda la Creación se revestirá de nuevos colores y sabores que te sorprenderán.

Dejáte sorprender. Atrevéte a ser como un niño, que no teme a nada, y que descubre cada cosa como si fuera la primera vez. Lo que no hagás hoy para ser feliz, te lo perderás para siempre. No olvidés esta verdad: Dios te creó para que sonriás y seás feliz. No dejés de hacer algo por miedo, que no fue el miedo quien te creó, quien te dio la Vida.

Dejáte sorprender, no olvidés disfrutar cada instante. No seás distraído con tu propia felicidad, que cuando sos feliz, empapás de felicidad a todos a tu alrededor. Y el mundo sale ganando.

Dejáte sorprender por un aguacero, bailá bajo la lluvia, saltá en los charcos, llenáte de lodo, cantá a grandes voces, reí a carcajadas, besá siempre como la primera vez, y saboreá con pasión el sabor que emana de los labios de la mujer amada. Dejáte sorprender, no temás el qué dirán, pues al final, tienen más peso tus actos que tus palabras. Amá el regalo de tu vida, y viví amando.

Dejáte sorprender. No pretendás saberlo todo. Nadie lo sabe todo en este mundo. Dejáte enseñar por las arrugas de los ancianos, por las sonrisas sin dientes de los pequeños, por la caricia cálida de tu madre, por el consejo de tu padre, por las bromas de tus hermanos, por las confidencias de tus amigos. Cuando te dejás sorprender, aprendés de todos, reconocés que todos tienen un tesoro que compartir, y ahí brota la sabiduría verdadera. Aquella que se construye sobre la humildad.

Dejáte sorprender. Asumí tu pequeñez ante la grandeza de la Creación, asumí tu debilidad ante la infinita Misericordia de Dios, y dejáte amar. Dejáte sorprender en la oración, Dios siempre dice algo nuevo, encuentra una manera distinta para amarte, busca una forma nueva para susurrarte un “te amo” al corazón.

La sonrisa de un desconocido, la canción que te trajo un cálido recuerdo, la bendición de una ancianita, el sabor de la inocencia, el aroma de una nueva vida, el color de un amanecer en la montaña. Todo es sorprendente para el corazón que se desnuda de prejuicios y estereotipos. Todo es novedoso para el alma de quien se atreve a vivir de verdad.

Una huella profunda…

Dejáte sorprender. Eso quiere decir que no podés esperar que los demás hagan las cosas que te gustan o esperás, vos debés tomar las riendas de tu vida, y aprender a sorprender a los que amás, con actos totalmente inesperados y espontáneos. Dejarse sorprender implica un acto de fe, un abandono total, un gesto confiado de parte de quien se deja amar.

Dejáte sorprender, incluso cuando discutís con las personas que amás. Cuando tengan diferencias, no mezclés las cosas. La discusión de ayer es distinta a la de hoy. Dejá atrás el pasado, las discusiones viejas y las heridas del ayer quedaron ahí, en la historia. No las traigás al presente, que si no las soltás, si te amarrás a ellas, no podrás caminar hacia el futuro viviendo plenamente tu presente. Si te atás a ellas, tu Amor se volverá egoísta y tosco, y te perderás el chance de amar y ser amado hoy. Si vivís en tu pasado, no serás capaz de dejarte sorprender en el presente.

Ningún error del pasado es igual al de hoy. Aprendé cada día la lección de vida que Dios te otorga. Hoy Dios quiere enseñarte algo distinto. Dejáte sorprender incluso ahí, viviendo pacientemente tus limitaciones y las de tus semejantes, aprendiendo de cada una, pero con corazón apasionado para atreverte a cambiar el mundo, hoy.

Una palabra, una sonrisa, una mano tendida, un hombro que se ofrece a alguien que desea llorar, una mirada que no juzga, una huella en la arena del corazón de alguien… Pueden cambiar el mundo de una persona, hoy.

Dejáte sorprender. Sólo así serás capaz de ver la belleza del corazón de las personas, sólo así tendrás un corazón de puertas abiertas que recibe con una sonrisa todas las bendiciones de Dios. No encerrés al Amor en un concepto añejo y aburrido. Dejá que Él te enseñe a respirar nuevos aires cada día.

Dejá que Dios te sorprenda. Dejá que su Amor te conquiste. Y con una sonrisa entendé, al fin, que lo más sorprendente de todo es que, siendo vos tan pequeño, Dios te ha amado primero.

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