Decido amarte

Un camino juntos

Un camino juntos

Amo a mi novia. Pero cuando la conocí, jamás hubiera pensado que esto llegaría a ser de esta manera. Cuando la conocí, aún faltaba un largo trecho para llegar a entender que el Amor es una decisión diaria, una donación constante. Un negarte para afirmar al otro en el Amor, y así te afirmás vos en lo que realmente importa. En lo esencial. Sólo el Amor te afirma y confirma en lo que sos, o mejor dicho, en lo que fuiste creado a hacer. Pero en ese instante en que apareció en mi vida, sabía poco de eso.

Sólo el Amor logra sacar lo mejor de vos. Sólo el Amor puede ayudarte a ser tu mejor versión. Basta que te sintás amado, y el mundo se torna de colores, lleno de luz y sonrisas. Lleno de esperanza. No es una cuestión de enamoramiento pasajero, o romanticismo de telenovela. Simplemente es una Verdad que debés cuidar y podar, para hacerla crecer.

Cuando entendí que amaba a la que llegaría a ser mi novia –y espero que algún día mi esposa- no era aún esa versión. Quizás aún no lo soy. Lo cual es verdaderamente bueno. No serlo aún, me motiva a luchar más, a intentar ser mejor que ayer. A no dejar de buscar y construir mi mejor versión. A no dejar de amar jamás. A desear amar mejor que ayer.

Pero en ese momento, estaba aún lejano y perdido. No voy a decir que sólo gracias a ella soy mejor hoy. Sólo quiero decir lo que sé. Que ella hoy es mi compañera de batallas. Mi ayuda. Que su sonrisa me dice que todo está bien. Sus ojos creen en mí. Sus palabras me empujan a seguir adelante y me dicen consejos acertados, me corrigen, y en su voz abriga un deseo por ayudarme a ser mejor. Su mano me sostiene cuando caigo, y su abrazo me hace sentir que nada más importa.

No quiero caer en una novela romántica, y me disculpo si así parece. Y para demostrarlo, quiero ser sincero.

A veces mi carácter sale a relucir, y exploto. Exploto sin razón, o quizás por el estrés del día o mis propias limitaciones. Exploto por descubrirme pequeño e incapaz en muchas cosas, o frustrado por no ser el hombre que esta sociedad dice que debo ser. Con carro, mucho dinero, títulos de éxito, cuadritos en la panza, jajajaja, etc. Cosas de las que carezco.

Y cuando exploto, ella sólo calla. Calla y espera. O sólo se acurruca en mi pecho, recordándome que eso no importa. Importa que luchemos juntos. ¿Y qué puedo hacer, entonces? ¿Qué puedo decirle? Su Amor me duele cálidamente, y al final, sólo me queda decir casi en un susurro avergonzado, esas tres palabras: “Te pido perdón”.

Me duele porque sé que me ama, y su Amor tan femenino es capaz de soportarlo todo. Y más allá de eso, ese Amor me cuestiona, y me hace pensar en un Amor más grande, al que traiciono y lastimo más a menudo. Su Amor me hace ver que no valía la pena mi reacción, y lucho por erradicar esas reacciones de mi vida. Su Amor me hace amar mejor.

Otros momentos, cuando fallo o hago algo que hiere, me tiento en culparla a ella. Quizás porque hasta ahora voy entendiendo que ella es parte de mí vida, porque voy descubriendo que ya no quiero apartarla de mi lado. Y eso me asusta. Me asusta el compromiso, pero hoy que aprendo a amarla, me asusta más perderla. Por eso, cuando me equivoco de alguna manera, quiero excusarme que no la merezco, para dejar de luchar y huir.

Y sin embargo, algo me impulsa a seguir luchando. A darlo todo. Y decido amarla en mi debilidad, en mi pequeñez.

Porque cuando me alejo fruto de mis errores, ella se acerca sin esperar nada a cambio. Ella me ama pacientemente, sin merecerlo. Y eso me recuerda que el Amor no se merece, sólo se da.

Y esa actitud tan valiente me enseña que amar es una decisión. Ella decide amarme cada día. Eso es valor. Es algo que sólo es capaz de hacer la gente de corazón enorme y mirada brillante. Y yo, venciendo mi cobardía o mi pasado, venciéndome a mí mismo y mis atajos fáciles, decido recorrer el Camino empinado, y amarla de vuelta. Decido derrotar mis fantasmas, para ganarla a ella cada día.

A su lado he entendido que la persona que ama sonríe siempre, sin demora. Que la persona que ama te ve a los ojos, te abraza sin tiempo, te besa apasionadamente como la primera vez, te dice lo bien que te ves, te felicita por tus logros, te da su vida a cambio de nada. La persona que ama perdona siempre, y te pide perdón si se ha equivocado. La persona que ama te escucha y detiene sus quehaceres para que veás cuánto le importás, más que todas sus responsabilidades. La persona que ama se cansa, porque sabe que ese cansancio por Amor vale la pena. Es una sabia decisión.

No. No me malentiendan. Nuestro noviazgo no es un mundo perfecto con mariposas y arco iris. Nuestro noviazgo se va construyendo cada día. Y tratamos que sea sobre roca.

Cada día que, al despertar, marco su número y la llamo para decirle que la amo. Cada vez que nos vemos y que debo esperarla sin prisa, mientras termina de alistarse, sabiendo que a lo mejor lleguemos tarde (y Dios sabe cuán puntual y estresado soy para todo). O cuando compro sólo un helado, porque “ella no quiere más que un poquito”, y termina comiéndoselo todo, porque le encanta. Jajajaja, es en serio. Voy aprendiendo. Aprendemos juntos.

Cada día que cometo un error, y debo acallar mi típico orgullo masculino –más mi terquedad sanguínea- y decirle, mirándola a los ojos: -“Lo siento de verdad”. Cada día que ella me llama al trabajo, sin esperar que lo haga, sólo para contarme alguna cosa de su día, o cualquier detalle que para cualquier otro sería insignificante, mas no para mí.

Cada vez que llego a su casa y la veo cocinando –aún vestida con su linda ropa del trabajo de una economista- alguna deliciosa cena para mí. Cada vez que se sienta a ver alguna película rara de las que me gustan, a mi lado, aunque se quede dormida en mi hombro. Quizás, a fin de cuentas, es lo que espero, lo que deseo: que se acurruque en mi pecho.

Se va construyendo diariamente, cuando antes de dormir, la llamo para orar, y beso el auricular, después que ella ha colgado. O cuando ella me escribe un correo donde me dice un “te amo” sin siquiera escribir esas dos palabras. O cuando me pide que me quede en su cuarto, hasta que se quede dormida. Y salgo ganando, pues me encanta verla dormir tranquila, con su respiración calmada y su hoyuelo dibujado en una media sonrisa. O cuando, sin haberla visto en todo el día, le digo que se ve hermosa, no sólo por decirle algo lindo, sino porque tengo la certeza que es así. Porque lo creo.

Pero esta relación también se construye cuando discrepamos en algún tema, cuando nuestros pensamientos distintos me asustan –así es, aún suelo ser asustadizo, mientras voy aprendiendo. Cuando creo que nos alejamos, y tardo en descubrir que nuestras diferencias más bien nos unen y fortalecen. Cuando ella, algo molesta, me recuerda que no siempre tengo la razón.

(Sí, a menudo creía tener la razón siempre. Hasta que ella llegó, y tuve que aprender a equivocarme y aceptarlo).

Cuando enojado me alejo, y callo. Y me vuelvo frío y tosco. Y ella se aparta herida, soportando el dolor, y respetando mi distancia, dándome mi tiempo. En esa lejanía le agradezco su respeto, tanto como le agradezco las veces que me dice lo que siente, piensa o le duele. Porque la voy amando mejor, conforme me va dejando entrar en la intimidad de sus pensamientos y sentimientos. Y entre más la conozco, mejor soy capaz de amarla.

Cuando luchamos juntos, y a veces vencemos, y otras salimos derrotados. Cuando somos capaces de llorar, o al menos, dejar salir algunas lágrimas de nuestros ojos. A su lado, tomado de su mano, las derrotas, no saben tan amargas. A su lado, las victorias sólo son lecciones aprendidas en el largo camino de esta vida.

Cuando soñamos, y planeamos cosas juntos en el futuro, sabiendo que para llegar ahí, debemos decirnos un “sí” firme hoy, aquí y ahora.

Cuando hacemos tantas cosas que el fin de semana se nos hace más cansado que toda la semana de trabajo. Y nos despedimos con un beso y una sonrisa, seguros de haber aprovechado al máximo nuestro tiempo juntos. O incluso, cuando no hacemos nada. Ni siquiera hablamos. Sólo permanecemos uno al lado del otro, teniendo esa extraña seguridad de que vale la pena darlo todo por Amor.

Vale la pena. Sí. Amarla vale la pena. Amarla pacientemente. Amarla para hacerla reír y escuchar su risa contagiosa y viva que ilumina cualquier día nublado. Amarla para acariciar su cabello largo y enredar mis dedos en ese pelo oscuro y lindo.

Amarla en una carta escrita a mano, o un poema susurrado en su oído, que ella misma me ha inspirado. Amarla para hacer trillo en su cintura al bailar alguna canción francesa. Amarla sumergido en el aroma de su largo cuello de mujer. Amarla perdido en esa mirada llena de infinito que brilla cuando habla.

Amarla y respetarla. Amarla sin siquiera tocarla. La mayoría del tiempo estamos lejos, yo vivo en un extremo y ella en otro. No es malo eso, a pesar que quisiera verla todos los días, en todo momento. No es malo, porque hemos aprendido a ser creativos. ¿Cómo decirle que la amo, sin verla? ¿Cómo hacerla sentir amada sin un abrazo o un beso? ¿Cómo hacerle saber que siempre la tengo presente y oro por ella y me doy por ella?

En la distancia –que no es mucha, no es nada: un par de horas- su amor siempre me acompaña, y por un mensaje, me desea todos los días un lindo día de trabajo, y muchas sonrisas. En la distancia, sus labios me envían besos y me dan la bendición. En la distancia, crece el deseo de aprovechar cada pequeño instante que puedo estar a su lado, y caminar juntos.

Ella vale la pena. Esperar vale la pena. Y esa espera incluye todo. Incluye ir contracorriente, en el pequeño bote en que ambos hemos decidido viajar. En ese pequeño bote en el que remamos contra la fuerza del río de este mundo.

Incluye escribirle poemas o cuentos, más que llevarla a un motel. Incluye cerrar mis ojos y acariciar su rostro con ternura, más que desear acostarme con ella. Incluye pasear tomado de su mano, como el hombre más afortunado del mundo, antes que tocarla en público como si fuera un trofeo. Incluye aprender a besarla una y otra vez, y descubrir juntos nuevos besos, nuevas formas de amarnos, nuevas cartas y películas y helados juntos. Incluye besarla con ternura y decirle “te amo”, antes que forzarla o exigirle nada. Incluso, aunque no tuviera que exigirle nada, no forzarla a nada, vale la pena esperarla.

Vale la pena, más allá de lo que, a veces, como hombre, quisiera hacer, porque así dice la sociedad que debe ser. Ella vale la pena, porque a su lado, aprendo a ser un mejor hombre, Un hombre de verdad. Un hombre que sabe amar a una mujer. Un hombre que sabe esperar. Y así crezco. Y en la espera, también me hago fuerte, auténtico. Un verdadero amante. Un compañero de camino. Un amigo.

Porque, para verla, decido vestirme mejor, peinarme y ¡hasta perfumarme! No porque a mí me guste. Si no porque a ella le gusta. Eso me basta. Eso es importante para ella. Y lo es también para mí. De paso, así me enseña a cuidarme, a chinearme. Algo que siempre fue un terreno extraño en mi vida.

Porque el Amor se construye de pequeños detalles, de pequeñas entregas silenciosas, de sacrificios anónimos, de donaciones millonarias de sí mismo. De dar la vida en una decisión diaria de volver a empezar, de volver a reír, de volver a amar.

Porque no importa que se lo haya dicho mil veces. Que le haya dicho millones de “te amo”. Siempre quiero hacérselo saber con mis actos, de formas nuevas cada día. Porque aunque nunca olvidaré la primera vez que besé sus labios, cada beso es una nueva primera vez para amarla.

Porque un susurro suyo me hace temblar, más que nada. Porque su olor suave y dulce es como un jardín en primavera. Porque incluso, aunque pelear con ella me duele y desarma, no quiero pelear el resto de mi vida con nadie más.

Porque, de repente, me descubro pensando en ella, no como una distracción extraña que me impide avanzar o hacer mi trabajo. Sino como una historia que has escuchado y te gusta recordar porque te ha enseñado a ser mejor. O una canción que tarareás porque estás feliz. O mejor aún, como un cálido recuerdo de cuando te sentiste amado por Dios, y todo lo demás dejó de existir. La diferencia es que, cuando pienso en ella, la bendición de tenerla, Dios me la da cada día. No es un recuerdo. Es real, y tengo la dicha de decidir amarla de nuevo, cada amanecer.

Porque al pensar en ella, pienso en cuánto la amo y cuánto ha llegado a enriquecer mi felicidad, al compartirme la suya. Pienso en esa sonrisa con hoyuelo, y en lo mucho que deseo ver esa sonrisa cada día a mi lado. Pienso en que, gracias a Dios, ha llegado para quedarse. Y hoy decido amarla.

El Amor es la única cosa que se multiplica y crece entre más se da. Un Amor activo, no pasivo, un Amor que se hace y construye en el diario vivir. Un Amor que se da gratis, perdona gratis, espera siempre, soporta todo.

Sí. Aún me falta mucho. Me alegra saberlo. Nos falta a ambos y es bueno saber que podemos seguir aprendiendo juntos. No sólo ella y yo, sino los tres, Dios en medio, como la viga capaz de sostener este rancho –me gusta más un ranchito o choza, que una casa jajajajaja, está más acorde con nuestro anhelo misionero- y protegerlo de toda tormenta o terremoto. Apenas estamos empezando a cavar para poner las bases. Pero así es el Amor. Es algo que se construye día a día. Algo que vale la pena vivir, porque sin Él, sin el Amor, la vida pierde su sentido, su rumbo, su brillo.

Amo a mi novia. Y amo saber que es posible que algún día sea mi esposa. Amo orar pidiéndole a Dios que me conceda eso, y que nos ayude a trabajar para llegar ahí. Y sólo puedo decir que lo vale todo, vale la pena el Amor. Vale la pena cansarse, gastarse y dar la vida por el Amor. No cabe el miedo en un corazón que está lleno de Amor.

Gracias a Dios por ella, por esto, por el hoy. Y a vos te digo: ¡Amá! Dios hace el resto.

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Te miré

Te-miré

Te miré y bastó sólo un parpadeo
un guiño, un gesto desapercibido…
una sonrisa que dibujó un cometa a medio día…
un gesto con tus dedos enredados en tus cabellos,
que tararearon una descuidada melodía…
y ya todo cobró sentido,
sentido para mí….

Te hablé, con una maraña de palabras,
un poema a medias, una voz que no calla,
unas huellas de pies blancos bajo lluvia cristalina,
una caricia que a ratos acierta y a ratos desatina….
un temblor entre cada tic-tac atolondrado,
ese aroma que dejaste dibujado,
dentro de mí…

Te toqué apenas con mis ojos cerrados,
me dejé guiar por la tenue luz que emana,
de tus pechos brotó un canto apenas susurrado,
un arco iris que resguarda un tesoro enamorado,
lejos, a contraluz veo tu reflejo,
tímidamente, con tu caminar descalzo,
tan cerca de mí…

Fui yo el afortunado,
el que abrió los brazos
para recibirte al amanecer,
en este lecho de mar…
fui yo el que escuchó tus labios
decir un “te quiero”
tarareado lentamente,
rodeando tu cintura
de libertad…
y me fui enamorando,
perdido entre tus risas,
mirando el horizonte en llamas,
tomado de tus dedos,
haciéndonos un par…
bañados de alegría,
para volver a empezar…

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Cruzar la frontera

Una mañana, en medio de la Zona Roja de mi país, se me acercó una mujer vestida con harapos y exhalando un fuerte olor a alcohol. Más allá de las arrugas tatuadas por el sufrimiento de la calle, y la mirada opaca y lejana en un futuro incierto, se percibía una juventud malgastada y solitaria.

No me asusté, nunca he medido a un ser humano por su vestido o su aroma. Me miraba asustada y me pidió una moneda. No suelo regalar dinero, para no ser patrocinador de un vicio, pero tengo los pies en la tierra, y camino entre el lodo como cualquier ser humano normal. Es decir, no se trata de no darles plata, se trata de buscar soluciones, de hacer algo más, de cruzar la frontera…

Christ-Beggar

Lo primero que hice, sin dejar de mirarla a los ojos, fue preguntarle su nombre. Entendió que le hablaba directamente a ella, no a cualquiera. Abrió más sus adormilados ojos claros y me dijo, con un aire de desconfianza: “Jenny”. Sonreí y, a mi vez, me presenté.

Charlamos un rato y luego le pregunté si quería comer algo. Esto parece obvio. Sin embargo muchos se molestan cuando les ofrezco comida, pues la piedra los tiene tan hundidos que se han olvidado que son personas que merecen satisfacer sus necesidades básicas.

Me contestó que sí. Fui a una panadería y le compré un pan y un refresco. La acompañé un rato más, en silencio. Luego hice ademán de retirarme. Alzó la mirada como gritando algo en su interior. Percibí un leve temblor en su cuerpo. Asustado, le pregunté qué tenía. Con un escalofrío en su voz, me dijo: “Disculpe muchacho, ¿me puede abrazar?”

No dije nada, sólo la abracé. No sé cuánto tiempo estuvimos así. ¿Eso qué importa? Fue el tiempo necesario para ella. Y para mí.

Esa experiencia me hizo aprender algo valioso en mi vida: la peor pobreza del ser humano, el más grande de sus sufrimientos, no tiene nada que ver con el hambre, la miseria, la injusticia o la esclavitud. Su mayor desesperación es la de no saberse amado.

El Amor nos hace personas. Nos hace sentir vivos, parte de algo más grande. El Amor es incluyente, no excluye. Pero este mundo nos ha vendido la idea falsa de la felicidad y el Amor. Nos ha hecho creer que merezco ser amado, y que hay un status en el Amor, en el cual soy amado entre más tengo, más puedo, más soy.

Hemos hecho del Amor un club privado al cual no todos tenemos derecho de ingresar, a no ser que cumplamos con ciertos parámetros sociales. Hemos llegado a sentirnos tan incluidos dentro de las fronteras de este mundo globalizado, que terminamos excluyendo a aquellos menos afortunados, menos poderosos, menos ricos, menos famosos.

Y olvidamos que el Amor no es un privilegio para unos cuántos, es un regalo que Dios nos ha dado a todos gratuitamente. Estamos tan satisfechos con nosotros mismos, tan ensimismados en nuestros problemas, logros, etc. que hemos olvidado salir de nuestro yo, para ir al encuentro de mi hermano, y construir un nosotros.

Hemos perdido la capacidad de sentir con el otro, de compadecernos, de hacernos Amor para el otro. Y peor aún, nos hemos acostumbrado a la injusticia, al dolor, a la pobreza. Hablamos, criticamos, pedimos cambios, y hasta exigimos milagros a Dios.

Y olvidamos que el milagro de Dios para este mundo soy yo. Y a partir de mi propia vida puedo hacerme milagro de cambio, de vida, de justicia, de paz, de libertad, para los demás. El cambio para nuestra sociedad, empieza por mí.

¿Cuántos se nos han acercado en busca de misericordia, y sólo han encontrado rechazo, burla, repulsión de nuestra parte? ¿Cuántas veces hemos tirado una moneda para acallar nuestra consciencia y salir del paso, para que nos dejen de estorbar? ¿Cuántas veces ni siquiera hemos visto a la cara a estos hermanos, menos aún nos hemos sentado a hablar un rato con ellos, escucharlos?

Quizás, como decía la madre Teresa, lo que hagamos es sólo una gota en el mar; pero podemos estar seguros que, para una sola persona, esa gota será su mar, que calme la sed de Amor y misericordia que busca con tanta desesperación. ¿Acaso no lo vale?

El Amor no nos pertenece, lo recibimos, nos fue dado primero. Dado para ser compartido. Y llegó para incomodarnos, para sacarnos de nuestro confort, de nuestra pasividad y egoísmo, para ayudarnos a cruzar los bordes de nuestro pensamiento. Nuestro corazón.

Para salir de nosotros mismos, e ir al encuentro de aquel que tiende la mano, que busca un abrazo, que pide pan, y que tiene el rostro desfigurado de Cristo clavado en la cruz.

Este Amor paciente que hemos recibido de Dios, es el mismo que debe movernos al encuentro con el hermano. Es el Amor que sabe esperar, no en sus planes y conceptos de bien, sino en algo más grande, en la Misericordia de Dios que nada tiene que ver con ideologías o conceptos adoptados. Que es una y la misma siempre.

Amor que no exige un cambio, pero abraza sin miedo. Amor que no lanza juicios preconcebidos, sino que sabe sonreír y escuchar. Amor que no trueca intereses, sino que se dona libre y totalmente.

Este mundo necesita menos jueces, y más hermanos. Menos jefes, y más servidores. Menos “crucificadores” y más personas que quieran ayudar a cargar la cruz. Personas enamoradas, personas que amen, y ya.

Sólo el Amor transforma, construye. El amor nos hace arriesgarnos a ir más allá de nosotros mismos, y, a menudo, ese riesgo duele, lastima. Pero es preferible ese riesgo de amar a la pasividad de quedarse esperando a que el Amor te llegue.

El Amor te llama hoy. Te llama, y para ir a su encuentro, debés salir, caminar, moverte. Ir más allá.

Terminaremos con la indiferencia y el egoísmo cuando seamos capaces de cruzar las fronteras, no sólo las físicas de nuestros países, sino las interiores de nuestro pensamiento y nuestra alma. La discriminación se vence cuando soy capaz de salir de mí mismo, para hacerme parte de aquellos que nadie se ha atrevido a escuchar y conocer. Para amar a aquellos que hoy sufren en su corazón la carencia del Amor.

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La Vida

“El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad” – San Juan Pablo II, Papa

La Vida. Hermoso regalo que hemos recibido. Nadie nos preguntó si queríamos vivir. No fue una mercancía por la cual pagamos. No pudimos comprarla o ganarla. Sólo eso: se nos fue dada. La recibimos como un don.

Vida02Pero, ¿cuánto vale la Vida? Es imposible pagar por ella. No tiene precio, aunque los medios de comunicación y otros personajes con aires de sabios filósofos, nos quieran hacer creer lo contrario. La Vida vale la Vida misma. No puede ser de otra manera. No podés pagar por ella, no podés comprar minutos más o menos para extenderla. No podés cambiarla, pues sólo a vos te pertenece. No podés comerciar con la Vida de otros. La Vida es un bien íntimo y personal

Por matar, muchos pagan. Por matar, muchos cobran. ¡Qué fácil y barato es matar! Eso, al parecer, lo puede hacer cualquiera. No hay ningún mérito en dar muerte, en ofrecer muerte, en vender muerte. La muerte es barata. Muchos la ofrecen, muchos venden productos que la promueven, otros promulgan leyes para hacer legal el quitar la Vida a otros.

Ahhh… pero la Vida. Es impagable. ¿Cuántos pueden ofrecer Vida, cuántos pueden darla? Es un bien incalculable. Sólo los que realmente aman son capaces de entender, proteger y compartir la Vida. Sólo quienes aman de verdad, son capaces de ser co-creadores de Vida, con quien es la Vida, y dueño de ella: Dios.

¿Cómo creer que la Vida de un ser humano surge unas semanas después de su concepción? ¿Cómo creer que la mujer lleva en su vientre, cuando queda embarazada, un producto, una enfermedad, un objeto que pone en riesgo su propia vida?

Ninguno de estos argumentos tiene lógica. La concepción es un acto inmediato. Yo no concibo una idea y me llega 5 días después. La concepción quiere decir que la Vida es inmediata. Y la mujer, a partir de ese momento, lleva en su seno una vida totalmente nueva y distinta a ella.

Esto no es una cuestión de fe, aunque ¡claro! La fe ayuda. Pero la opción por la Vida no es un tema que tenga que ver con mis valores cristianos. Es una cuestión básica de cualquier ser humano que desee de corazón buscar la Verdad. Y la Verdad que creemos como cristianos, no puede ser contraria a la razón, pues razón y fe son dos verdades que se complementan, no que se contradicen.

La ciencia y la fe nos ayudan a construir un panorama amplio y profundo de la Verdad, y si una contradice a la otra, debemos tener claro que una de las dos es errada, pues dos verdades –lógicamente- no pueden contradecirse.

Ahora bien, los argumentos para defender la Vida, y la manera de luchar esta lucha, deben estar basados no sólo en la fe, sino en hechos científicos que dan peso a nuestras afirmaciones. Todos hemos recibido la Vida como don, de la unión de un óvulo y un espermatozoide (eso es ciencia), pero no todos somos creyentes.

Es importante amar la Vida, pues el Amor nos mueve a ser celosos de ella, a defenderla a toda costa, a valorarla y disfrutarla. Sólo quien ama su Vida es capaz de compartirla con los demás. Pero ese Amor nos debe empujar a más. Un poco más.

Ese Amor nos debe hacer buscadores de un Camino que nos lleve hacia la Verdad sobre la Vida. Promover el camino de la muerte a través de la mentira, es ir tres veces contra Cristo, quien es el Camino hacia la Verdad a través de esa Vida.

La Vida es inmediata. La reconocemos desde el momento de la concepción. No por una mera ocurrencia, sino porque la ciencia así lo confirma. No ocurre tiempo después. Surge de inmediato. Y es la ciencia la que nos da tres argumentos tangibles, válidos e irrefutables:

  • Toda célula posee vida. Así que el aborto no mata algo inerte, sino algo vivo. “Algo” si lo vemos como simples células, pero para los que creemos en la Vida, es Alguien.
  • La unión de dos células humanas –espermatozoide y óvulo- producen vida humana. Nunca se ha dicho que la unión de un hombre y una mujer, dé como resultado un camello, una palmera o una piedra. Dos seres humanos, al unirse sexualmente, producen vida humana. No otra cosa. El aborto asesina vida humana; no es ni animal ni vegetal ni mineral.
  • La unión de un gameto masculino (espermatozoide) y uno femenino (óvulo) producen un material genético totalmente distinto al de la madre, es decir, una nueva vida. Es muy diferente cuando una persona se saca sangre. Al analizar la sangre, se ve claramente cómo esa pequeña gota de material sanguíneo posee toda la información genética de la persona de la que proviene. No sucede esto con el cigoto humano, que posee características totalmente propias, distintas a las de la madre. El aborto desecha –como basura- la vida de un nuevo ser humano, único e irrepetible, con su propio código genético.

¿Acaso no es esto asesinato? ¿Acaso no es punible por la ley? ¿Acaso no dice nuestra Constitución Política, en el artículo 21, que la Vida es un derecho inviolable? Y, como hemos podido ver, hay Vida desde la concepción. Por tanto, el aborto es un delito.

¿Quién nos da el derecho de quitarle la vida a otro ser humano, quién nos da la opción de decidir libremente sobre la vida de los demás? Sobre todo aquellos que no pueden defenderse por sí mismos. Los seres humanos más indefensos y frágiles.

Vida01Por otro lado, se nos presenta el aborto también como una “terapia”. Nos quieren vender la idea de que el aborto terapéutico es una opción muy humana, por el “bien” de la madre. La mujer, aunque lleve la vida en su vientre, no la hace dueña de la misma, pues, como ya se ha dicho, su vida y la del bebé, son dos vidas totalmente distintas. ¡Claro! Tiene derecho a decidir sobre su vida, pero nada más. La vida de otro ser humano no es algo de lo que ella o cualquier otra persona pueda proclamarse propietario.

Terapia, cómo bien lo pueden confirmar quienes son médicos, es un término que se utiliza para hablar de un proceso curativo, para tratar alguna enfermedad o dolencia. Ahora bien, ¿qué puede tener de terapéutico el aborto? ¿Desde cuando una nueva vida resulta una enfermedad o dolencia?

La Vida es el principal y más grande de los derechos de todo ser humano. Pero si no defendemos la Vida –como un don en sí mismo, más allá de cualquier circunstancia; cómo podremos hacer valer nuestros derechos, y cumplir nuestros deberes ciudadanos.

La felicidad de vivir debe ser para todos, si queremos una sociedad más justa e igualitaria, con iguales oportunidades de vivir para todos. Esto no sólo abarca más oportunidades de trabajo, mejores salarios, mayores garantías sociales; sino, y sobre todo, la vida en sí misma. Pues si no respetamos y valoramos la Vida, todos los demás derechos y deberes quedan en un sinsentido, una lucha absurda y vacía.

Sí. El tema da para mucho más. El debate –si es que existe alguno realmente válido en donde se deba discutir la elección entre Vida y muerte- queda abierto.

Aunque lo único que debería quedar abierto es nuestra mente y corazón a la Vida que se nos fue dada, y de la que muchos otros quizás nunca lleguen a disfrutar por decisiones egoístas y retrógradas, y por el silencio cómplice de muchos que preferimos callar para “no caer mal”.

Justo de la experiencia de saberse amado primero, brota la Vida. El Amor que te llama a esa Vida, es el mismo Amor que te invita a darla. Dar gratis lo que gratuitamente se te ha dado. Quien se sabe muy amado, comprende que su vida es un don que Dios le regala, para que lo regalés a los demás.

Quien ama, comparte su vida con los demás, quien ama, da su vida por los demás. Quien ama, entiende que la Vida que le fue dada, fue dada para darla. Ama, quien se deja amar primero. Sólo dando la Vida ésta se engrandece.

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Dejáte sorprender

¿Cuándo fue que olvidamos vivir? ¿Cuándo dejamos de lado las cosas importantes, para llenarnos de preocupaciones banales y sin sentido? ¿Cuándo le dimos más valor a una hora de reuniones para ganar más dinero, que a un minuto viendo a tu hija dormir tranquila, o a un abrazo lento de tu esposa, o a un segundo peinando los cabellos blancos de tu padre?

¿Cuándo dejamos a un lado los tesoros del hoy, para perdernos en los errores del ayer, o controlar los triunfos del mañana? ¿Cuándo creímos que la alegría estaba en pasarnos la vida a la carrera, sin tiempo a detenernos, y dejamos de escuchar el río entre las rocas, el grillo entre la hierba, la sonrisa entre la multitud, el beso entre la soledad?

¿Cuándo nos dejamos de sorprender? Dios nos creó para ser felices. Nos dio la vida para vivirla. Para dejarnos amar y descubrir la majestuosidad de su Amor por nosotros en el diario vivir. Por eso…

Ser como niños

Dejáte sorprender. Volvé a tu esencia de niño, no temás abandonarte a las sorpresas del diario vivir, y sonreí, que Dios hace nuevas todas las cosas. Dejáte sorprender, no olvidés el factor sorpresa de la vida. Aunque hayás pasado mil veces por el mismo camino, nunca es igual, un arco iris, una nube, una flor, el canto de un ave pueden hacer la diferencia.

Sí. Dejáte sorprender. La vida es hoy, y hoy todo es nuevo. Hoy todo ha cambiado. Depende de vos, eso sí. Si seguís viendo las cosas desde el mismo punto de vista para vos no habrá cambiado nada, todo seguirá siendo lo mismo; pero si te atrevés cada día a cambiar tu perspectiva, el mundo te mostrará nuevos matices, toda la Creación se revestirá de nuevos colores y sabores que te sorprenderán.

Dejáte sorprender. Atrevéte a ser como un niño, que no teme a nada, y que descubre cada cosa como si fuera la primera vez. Lo que no hagás hoy para ser feliz, te lo perderás para siempre. No olvidés esta verdad: Dios te creó para que sonriás y seás feliz. No dejés de hacer algo por miedo, que no fue el miedo quien te creó, quien te dio la Vida.

Dejáte sorprender, no olvidés disfrutar cada instante. No seás distraído con tu propia felicidad, que cuando sos feliz, empapás de felicidad a todos a tu alrededor. Y el mundo sale ganando.

Dejáte sorprender por un aguacero, bailá bajo la lluvia, saltá en los charcos, llenáte de lodo, cantá a grandes voces, reí a carcajadas, besá siempre como la primera vez, y saboreá con pasión el sabor que emana de los labios de la mujer amada. Dejáte sorprender, no temás el qué dirán, pues al final, tienen más peso tus actos que tus palabras. Amá el regalo de tu vida, y viví amando.

Dejáte sorprender. No pretendás saberlo todo. Nadie lo sabe todo en este mundo. Dejáte enseñar por las arrugas de los ancianos, por las sonrisas sin dientes de los pequeños, por la caricia cálida de tu madre, por el consejo de tu padre, por las bromas de tus hermanos, por las confidencias de tus amigos. Cuando te dejás sorprender, aprendés de todos, reconocés que todos tienen un tesoro que compartir, y ahí brota la sabiduría verdadera. Aquella que se construye sobre la humildad.

Dejáte sorprender. Asumí tu pequeñez ante la grandeza de la Creación, asumí tu debilidad ante la infinita Misericordia de Dios, y dejáte amar. Dejáte sorprender en la oración, Dios siempre dice algo nuevo, encuentra una manera distinta para amarte, busca una forma nueva para susurrarte un “te amo” al corazón.

La sonrisa de un desconocido, la canción que te trajo un cálido recuerdo, la bendición de una ancianita, el sabor de la inocencia, el aroma de una nueva vida, el color de un amanecer en la montaña. Todo es sorprendente para el corazón que se desnuda de prejuicios y estereotipos. Todo es novedoso para el alma de quien se atreve a vivir de verdad.

Una huella profunda…

Dejáte sorprender. Eso quiere decir que no podés esperar que los demás hagan las cosas que te gustan o esperás, vos debés tomar las riendas de tu vida, y aprender a sorprender a los que amás, con actos totalmente inesperados y espontáneos. Dejarse sorprender implica un acto de fe, un abandono total, un gesto confiado de parte de quien se deja amar.

Dejáte sorprender, incluso cuando discutís con las personas que amás. Cuando tengan diferencias, no mezclés las cosas. La discusión de ayer es distinta a la de hoy. Dejá atrás el pasado, las discusiones viejas y las heridas del ayer quedaron ahí, en la historia. No las traigás al presente, que si no las soltás, si te amarrás a ellas, no podrás caminar hacia el futuro viviendo plenamente tu presente. Si te atás a ellas, tu Amor se volverá egoísta y tosco, y te perderás el chance de amar y ser amado hoy. Si vivís en tu pasado, no serás capaz de dejarte sorprender en el presente.

Ningún error del pasado es igual al de hoy. Aprendé cada día la lección de vida que Dios te otorga. Hoy Dios quiere enseñarte algo distinto. Dejáte sorprender incluso ahí, viviendo pacientemente tus limitaciones y las de tus semejantes, aprendiendo de cada una, pero con corazón apasionado para atreverte a cambiar el mundo, hoy.

Una palabra, una sonrisa, una mano tendida, un hombro que se ofrece a alguien que desea llorar, una mirada que no juzga, una huella en la arena del corazón de alguien… Pueden cambiar el mundo de una persona, hoy.

Dejáte sorprender. Sólo así serás capaz de ver la belleza del corazón de las personas, sólo así tendrás un corazón de puertas abiertas que recibe con una sonrisa todas las bendiciones de Dios. No encerrés al Amor en un concepto añejo y aburrido. Dejá que Él te enseñe a respirar nuevos aires cada día.

Dejá que Dios te sorprenda. Dejá que su Amor te conquiste. Y con una sonrisa entendé, al fin, que lo más sorprendente de todo es que, siendo vos tan pequeño, Dios te ha amado primero.

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Los VIP de Dios

El término VIP -que hoy es tan tristemente usado-, nunca me ha gustado. ¿Acaso existe gente más importante que otra? O ¿Dios ama más a unos que a otros? Sabemos todos que la respuesta es no. Esto es un invento más de este mundo para crear más división entre los hermanos. Dichosamente, para Dios-Amor, todos somos very important people. Les dejo esta historia:

Jesús-ChildrenYa el reloj da la 1:30p.m. Suena la campana. Es hora de deporte. Cuatro chicos se alistan con sus tennis viejas y rotas –no tienen más, tampoco necesitan más-, sus pantalonetas algo viejas y sus camisetas con huecos.

Van felices, sonríen y bromean. Bajan por el callejón estrecho y maloliente, lleno de basura, rodeado de latas herrumbradas. Se acaban las gradas de concreto, y siguen por el trillo de barro. Huele a animal muerto. Ejércitos de moscas revolotean sobre sus cabezas. Cabezas despeinadas o rapadas. Al principio, intentan alejar las moscas con sus manos. Luego, ya no insisten más. De todos modos, son parte del paisaje.

Al otro lado de la plaza –si se puede llamar así a ese planché despedazado, con huecos, montones de hierba alta creciendo entre las rendijas y alrededor, con basura agria secándose al sol y emanando sus gases-. Al otro lado de ese pedazo de concreto viejo, se ven los niños, se oyen sus risas chimuelas.

Aunque son ellos los que han visto primero a ese curioso grupo de muchachos; y, entonces, empiezan a cuchichear, señalándolos y murmurando sobre su presencia. Los observan, algo tímidos, pero luego, al ver el balón rojo que cargan, se miran entre ellos, confiados y contentos.

A un gesto de uno de los jóvenes, se vienen corriendo alegres, sonrientes, exhalando confianza e inocencia. Traen sus trompos de plástico o madera. Es el juguete de moda. Algunos sonríen, sin dientes. Otros llaman a uno de los chicos: “¡Barrabás! ¡Barrabás!” (el apodo que los niños le han puesto por su larga barba) y se ríen a carcajadas.

Los más chicos tienen como 5 añitos. Los mayores unos 11 ó 12 años. Niños y niñas. Todos juegan, todos participan. Todos se van uniendo despacito, a la fiesta que se aproxima. Los olores, la alta hierba, los miserables ranchos de latas donde viven les son totalmente irrelevantes. Lo importante es reír, jugar, divertirse.

Dejan de llamar “Barrabás” al joven, cuando él empieza a preguntarles sus nombres. “Yo soy Mario”, “yo me llamo Karla”, “él se llama Emmanuel, pero le gusta que le digan Negro”; y señalan a un chiquitín de unos 5 años. Elliud, Bryan, Ismael, Douglas, Kevin, David, Josué, Minor, Melanie, Nati… “¿Y usted cómo se llama?” “Christian”, les contesta el joven de barba desordenada. Y se aprenden los nombres de cada uno de los muchachos, con una infantil y emocionada rapidez.

Acá, en esta ruinosa plaza, el calor es aún más asfixiante, por los hedores de la basura, que emanan del suelo sobre el que está construido la casa de formación de los jóvenes y este precario (favela, barrio marginal). Y la basura se sigue acumulando en este caserío, donde crecen estos preciosos niños.

Una de las niñas –Melanie-, que les sonríe siempre con su sonrisa sin dientes, les dice a los chicos que ahí hay agua, por si quieren tomar, y les señala un plástico de galón de helados con agua hasta el borde, y un vaso plástico gastado y lleno de manchas.

Ellos no tienen sed, pero no quieren rechazar su amigable invitación. Toman el vaso –el cual es comunitario, todos los niños toman de él- y uno a uno, cada joven bebe un poco de agua, la cual tiene un sabor extraño y oxidado. Y prefieren pensar, imaginar que a lo mejor, así sabe el Amor. A ellos les han dado mucho más que a Cristo crucificado, que le dieron tan sólo un poco de vinagre. Ellos, para esos pequeños, son de verdad “unas personas muy importantes”.

Los equipos se han dividido, y todo está listo para el partido de fútbol callejero. La pelota se lanza al aire y empieza la mejenga (así se le llama en mi país a ese tipo de encuentro deportivo). Los cuatro muchachos ni se concentran en el deporte; sólo se pierden en las risas de los infantes, en sus vocecillas que dicen sus nombres para pedirles el balón, en su pasión al jugar fútbol, su lucha y valor.

Sus ojos brillantes iluminan una esperanza, no tienen miedo para recibir la vida con todo lo que ésta trae de sorprendente. Ríen con ellos. Ríen, gracias a ellos. Y yo río, para ahogar el nudo en la garganta que me produce tanto Amor gratuito y puro, por mi persona, un completo desconocido para esos niños. Soy un hombre rico de poder ser parte de esta fiesta. La esperanza brilla y encandila, en la grandeza de su pequeñez.

Goles van, goles vienen. Estos partidos son los que valen la pena ser narrados, aún más: ser vividos. Acá, cada uno es una estrella para ellos, pero ellos brillan mucho más. Estrellas que brillan en el cielo de nuestra juventud. Ellos, esos pequeñines preciosos, quizás, nunca estarán en un puesto VIP. Al menos, no en este mundo ciego; pero sí en el corazón de Cristo.

Acá no hay ganadores ni perdedores. Todos ganan. Yo gano. Juntos ganamos. Algunos pelean contra “Pichu”, el perro que a veces llega a morder la pelota con el objetivo de estallarla. Otros pelean entre ellos, por alguna jugada “violenta”; y los jóvenes tratamos de calmarlos un poco, intentando dejar algo más que un simple rato de deporte. Dejarles perdón, Amor, amistad, alegría, paz.

Y al final, los que más ganan somos nosotros. Nos despedimos de cada uno, por su nombre. Cada uno es especial, único. Y al decir su nombre, nos miran con esa profundidad infantil, que agradecen de corazón, al hacerlos sentir las personitas más importantes del mundo. Verdaderamente una persona muy muy importante. Ríen, nos chocan las manos, nos agradecen (siendo nosotros quienes debemos agradecer tantas muestras de Amor).

Antes de irnos, todos insisten, todos preguntan cuándo vamos a volver. ¡Quieren que volvamos! ¡Nosotros! Les decimos que pronto. No sabemos. Por mí, siempre, todos los días.

Empezamos a subir la pequeña cuesta de tierra. Noto algo diferente. Ya ninguno percibe el olor a basura ni a animal muerto. Cada uno de nosotros lleva una sonrisa y una mirada brillante y perdida, como la de alguien que ha encontrado un gran tesoro. Sólo nos ha quedado el aroma de la alegría, el perfume de la amistad, la esencia dulce de la inocencia. El Amor. Así huele el Amor. Ese mismo que permanece cuando todo lo demás se ha ido. La tarde se acaba. Las luces se van apagando, pero en nuestra mente y corazón aún brillan las risas y las miradas de esos niños. Los más importantes de este mundo, los pequeñitos, los favoritos del Señor.

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Los Héroes de Hoy

Romero

Dice san Agustín: “Reconoced que también vosotros, los que renunciasteis al mundo, habéis salido de Egipto”. Es cierto, antes de encontrarnos con Cristo, fuimos esclavos, sin esperanza, destinados a la muerte. Pero, después de encontrarnos verdaderamente con su Amor, ¿podemos seguir siendo iguales? ¿Es eso posible? Si no cambia nada en nuestra vida, ¿pasó realmente Jesús por nuestro ser; o nuestra dureza de corazón solamente percibió una sombra borrosa de su Amor? El Amor no puede pasar, jamás, desapercibido por nuestra vida.

Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo, entonces, ¿realmente estamos viviendo a su Hijo en nosotros? Cristo nos dejó un Camino: Él mismo. Sin más, sin menos… sin más o menos. Hoy, como seguidores del Señor, tenemos que ser coherentes. Tenemos que hacernos notar. Atrevernos a diferenciarnos del resto del mundo, ser luz, sal y fermento.

Es tiempo de preguntarnos si de verdad Cristo dejó una huella tan profunda en nuestro corazón como para, sin miedo y sin vergüenza, mostrar al mundo que creemos en Él y vivimos como Él. No se trata simplemente de decir que somos cristianos; tenemos que vivirlo. En 1 Pedro 2, 21 dice el apóstol: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”. Sus huellas, ¿somos realmente humildes, amigos de Jesús, como para asumir su Camino en mi vida? Dejarlo a Él ser en mí, y no pretender que sea Él quien se haga a mi manera. Cristo sufre en la cruz, su dolor es inmenso. Cada dolor es una daga fría de traición, por menos de 30 monedas. Hoy, para muchos que nos hacemos llamar cristianos, Cristo vale menos que eso.

Continúa diciendo san Pedro: “Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes…”. Después de haber conocido a Jesús, que nos ha derramado su Amor hasta el extremo. Después de cada una de sus llagas por mí, de cada espina por el perdón de mis pecados, de cada latigazo que nos ha curado, seguimos siendo ¿iguales?!!! ¡Cuánto Amor pagado con nuestra indiferencia! ¡Cuánta entrega desinteresada en la cruz pagada con nuestro egoísmo! ¡Cuánta sangre y sufrimiento pagado con nuestra pasividad cristiana!

Tenemos que atrevernos a ser distintos, a ser coherentes y verdaderos en lo que predicamos. Dejar esa espiritualidad de “domingo”, mientras seguimos usando el resto de los días para hacer cosas que ponen en riesgo nuestra alma, y no manifiestan la libertad de Jesús en mí, sino sólo esclavitud. Dejar esa pose de rodillas y manos juntas para seguir golpeando insultando, robando como antes; o viviendo nuestra vida igual que siempre, negando a Cristo en su cara como si no le conociéramos. Pero Él sí me conoce.

No se trata que doblemos rodillas en el templo, antes debemos doblar el orgullo de nuestro espíritu. Somos cristianos, pero seguimos igual que antes, absorbiendo la mentalidad del mundo de que “nada es malo”, “no tiene nada de malo probar”. ¿Cuándo dejamos de ser cristianos reales?

Se supone que somos nosotros quienes debemos ser luz para otros, ser ejemplo de vida para otros. Somos cristianos, pero el cambio en nuestro interior debe ser real. ¿Qué nos diferencia a nosotros, los jóvenes cristianos, de los demás jóvenes que no creen en nada, y debemos llevar el mensaje de Amor y de que se puede vivir una vida distinta y más profunda?

Cristo, por Amor, lo dio todo por mí; y yo, por mi egoísmo, no le doy nada. Los jóvenes podemos y tenemos esa fuerza interior que el Señor ha inflamado en nuestro ser, pero debemos asumir el llamado con coherencia, con valentía, con total entrega y radicalidad. ¡Si queremos cambiar el mundo, dejemos primero que Dios cambie el nuestro! La vida es Cristo, se encuentra en Él y Él está ahí en tu corazón, en el secreto, en el silencio. ¿Por qué, entonces, seguimos buscando afuera lo que, Cristo, tan amorosamente, ha guardado y atesorado en nuestro corazón? ¿Por qué seguimos saciando nuestra sed con las aguas turbias de este mundo, si Cristo dejó su fuente de agua viva y fresca en la Santa Eucaristía?

¡Vamos jóvenes! ¡Qué hoy seamos de verdad jóvenes valientes, que hoy nos atrevamos a ser lo que el Señor –y no nosotros- quiere que seamos! ¡Que hoy nos decidamos a realizar la misión para la que fuimos llamamos! El Amor nada tiene que ver con la oscuridad y vaciedad de este mundo, a no ser que sea para poner luz y Amor donde no lo hay. Estamos llamados a brillar en la oscuridad, a triunfar sobre la muerte, a proclamar la verdad contra la mentira. A ser testigos reales, testimonio de Cristo.

No es suficiente –repito- decir que somos cristianos, debemos serlo. Que la gente sepa que somos cristianos porque nos amamos, porque vivimos el Amor; y no simplemente porque decimos serlo. Que la gente sepa que amamos a Jesús por como vivimos; que no haya necesidad de hablar si con nuestras vidas podemos proclamarlo y predicar su maravillosa Noticia. Somos libres, ya no somos más esclavos de este mundo. ¡Entonces, vivamos como jóvenes libres de verdad! Con la libertad que da Cristo, vivida desde la Luz, desde el Amor. Hay un antes y un después. Cristo venció a la muerte. Y nos hizo a nosotros para Él, con su triunfo. Por eso, con Cristo viviremos. Si nos atrevemos a decir a otros jóvenes que Cristo vive, entonces viví vos como Él. Si nos atrevemos a gritar al mundo que Cristo dirige nuestra vida, entonces dejáte guiar desde el corazón.

Y recordemos que decir que somos cristianos es proclamar con nuestra vida al Señor. Cuidémonos de no confundir a otros con nuestra vida, haciéndolos errar el Camino hacia el Señor. Somos jóvenes cristianos, es decir, jóvenes que hemos decidido libremente –nadie nos obliga- a renunciar al mundo, según las enseñanzas de Cristo. Jóvenes que hemos decidido servir al Señor, ¡al Amor!; porque no podemos servir a dos señores. Jóvenes radicales que aman y se dejan amar de verdad. Jóvenes pobres –en su espíritu-, necesitados del Amor. Jóvenes castos que esperan y aprenden a amar como Cristo a su Iglesia. Jóvenes obedientes que se vencen a sí mismos y hacen la voluntad del Señor, venciendo así, sus propios deseos imperfectos.

Sólo con Amor se logra esto. Sólo el Amor nos dará la victoria. Nos toca elegir: Cristo o el mundo. No hay puntos intermedios, no se puede servir a los dos, pues uno y otro se contradicen. Y solamente uno, Cristo, da la vida eterna. Y a Él no se le puede seguir a medias. Ser cristianos, con nuestra vida más que con nuestra palabra. Ser cristianos, no como parte de un club social exclusivo, sino como un desafío, un reto ante este mundo que nos quiere envolver con su oscuridad. Pero ¿acaso puede el mundo y su egoísmo vencer al Amor que se da sin reservas? Hoy nos toca ser héroes, venzamos al mundo con el Amor que Jesús nos amó primero.

Para terminar, una frase de Monseñor Romero, que me gusta mucho, dicha durante una homilía: “¿Quieren saber si su cristianismo es auténtico? Aquí está la piedra de toque: ¿con quiénes estás bien? ¿Quiénes te critican? ¿Quiénes no te admiten? ¿Quiénes te halagan?”

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