La Vida

“El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad” – San Juan Pablo II, Papa

La Vida. Hermoso regalo que hemos recibido. Nadie nos preguntó si queríamos vivir. No fue una mercancía por la cual pagamos. No pudimos comprarla o ganarla. Sólo eso: se nos fue dada. La recibimos como un don.

Vida02Pero, ¿cuánto vale la Vida? Es imposible pagar por ella. No tiene precio, aunque los medios de comunicación y otros personajes con aires de sabios filósofos, nos quieran hacer creer lo contrario. La Vida vale la Vida misma. No puede ser de otra manera. No podés pagar por ella, no podés comprar minutos más o menos para extenderla. No podés cambiarla, pues sólo a vos te pertenece. No podés comerciar con la Vida de otros. La Vida es un bien íntimo y personal

Por matar, muchos pagan. Por matar, muchos cobran. ¡Qué fácil y barato es matar! Eso, al parecer, lo puede hacer cualquiera. No hay ningún mérito en dar muerte, en ofrecer muerte, en vender muerte. La muerte es barata. Muchos la ofrecen, muchos venden productos que la promueven, otros promulgan leyes para hacer legal el quitar la Vida a otros.

Ahhh… pero la Vida. Es impagable. ¿Cuántos pueden ofrecer Vida, cuántos pueden darla? Es un bien incalculable. Sólo los que realmente aman son capaces de entender, proteger y compartir la Vida. Sólo quienes aman de verdad, son capaces de ser co-creadores de Vida, con quien es la Vida, y dueño de ella: Dios.

¿Cómo creer que la Vida de un ser humano surge unas semanas después de su concepción? ¿Cómo creer que la mujer lleva en su vientre, cuando queda embarazada, un producto, una enfermedad, un objeto que pone en riesgo su propia vida?

Ninguno de estos argumentos tiene lógica. La concepción es un acto inmediato. Yo no concibo una idea y me llega 5 días después. La concepción quiere decir que la Vida es inmediata. Y la mujer, a partir de ese momento, lleva en su seno una vida totalmente nueva y distinta a ella.

Esto no es una cuestión de fe, aunque ¡claro! La fe ayuda. Pero la opción por la Vida no es un tema que tenga que ver con mis valores cristianos. Es una cuestión básica de cualquier ser humano que desee de corazón buscar la Verdad. Y la Verdad que creemos como cristianos, no puede ser contraria a la razón, pues razón y fe son dos verdades que se complementan, no que se contradicen.

La ciencia y la fe nos ayudan a construir un panorama amplio y profundo de la Verdad, y si una contradice a la otra, debemos tener claro que una de las dos es errada, pues dos verdades –lógicamente- no pueden contradecirse.

Ahora bien, los argumentos para defender la Vida, y la manera de luchar esta lucha, deben estar basados no sólo en la fe, sino en hechos científicos que dan peso a nuestras afirmaciones. Todos hemos recibido la Vida como don, de la unión de un óvulo y un espermatozoide (eso es ciencia), pero no todos somos creyentes.

Es importante amar la Vida, pues el Amor nos mueve a ser celosos de ella, a defenderla a toda costa, a valorarla y disfrutarla. Sólo quien ama su Vida es capaz de compartirla con los demás. Pero ese Amor nos debe empujar a más. Un poco más.

Ese Amor nos debe hacer buscadores de un Camino que nos lleve hacia la Verdad sobre la Vida. Promover el camino de la muerte a través de la mentira, es ir tres veces contra Cristo, quien es el Camino hacia la Verdad a través de esa Vida.

La Vida es inmediata. La reconocemos desde el momento de la concepción. No por una mera ocurrencia, sino porque la ciencia así lo confirma. No ocurre tiempo después. Surge de inmediato. Y es la ciencia la que nos da tres argumentos tangibles, válidos e irrefutables:

  • Toda célula posee vida. Así que el aborto no mata algo inerte, sino algo vivo. “Algo” si lo vemos como simples células, pero para los que creemos en la Vida, es Alguien.
  • La unión de dos células humanas –espermatozoide y óvulo- producen vida humana. Nunca se ha dicho que la unión de un hombre y una mujer, dé como resultado un camello, una palmera o una piedra. Dos seres humanos, al unirse sexualmente, producen vida humana. No otra cosa. El aborto asesina vida humana; no es ni animal ni vegetal ni mineral.
  • La unión de un gameto masculino (espermatozoide) y uno femenino (óvulo) producen un material genético totalmente distinto al de la madre, es decir, una nueva vida. Es muy diferente cuando una persona se saca sangre. Al analizar la sangre, se ve claramente cómo esa pequeña gota de material sanguíneo posee toda la información genética de la persona de la que proviene. No sucede esto con el cigoto humano, que posee características totalmente propias, distintas a las de la madre. El aborto desecha –como basura- la vida de un nuevo ser humano, único e irrepetible, con su propio código genético.

¿Acaso no es esto asesinato? ¿Acaso no es punible por la ley? ¿Acaso no dice nuestra Constitución Política, en el artículo 21, que la Vida es un derecho inviolable? Y, como hemos podido ver, hay Vida desde la concepción. Por tanto, el aborto es un delito.

¿Quién nos da el derecho de quitarle la vida a otro ser humano, quién nos da la opción de decidir libremente sobre la vida de los demás? Sobre todo aquellos que no pueden defenderse por sí mismos. Los seres humanos más indefensos y frágiles.

Vida01Por otro lado, se nos presenta el aborto también como una “terapia”. Nos quieren vender la idea de que el aborto terapéutico es una opción muy humana, por el “bien” de la madre. La mujer, aunque lleve la vida en su vientre, no la hace dueña de la misma, pues, como ya se ha dicho, su vida y la del bebé, son dos vidas totalmente distintas. ¡Claro! Tiene derecho a decidir sobre su vida, pero nada más. La vida de otro ser humano no es algo de lo que ella o cualquier otra persona pueda proclamarse propietario.

Terapia, cómo bien lo pueden confirmar quienes son médicos, es un término que se utiliza para hablar de un proceso curativo, para tratar alguna enfermedad o dolencia. Ahora bien, ¿qué puede tener de terapéutico el aborto? ¿Desde cuando una nueva vida resulta una enfermedad o dolencia?

La Vida es el principal y más grande de los derechos de todo ser humano. Pero si no defendemos la Vida –como un don en sí mismo, más allá de cualquier circunstancia; cómo podremos hacer valer nuestros derechos, y cumplir nuestros deberes ciudadanos.

La felicidad de vivir debe ser para todos, si queremos una sociedad más justa e igualitaria, con iguales oportunidades de vivir para todos. Esto no sólo abarca más oportunidades de trabajo, mejores salarios, mayores garantías sociales; sino, y sobre todo, la vida en sí misma. Pues si no respetamos y valoramos la Vida, todos los demás derechos y deberes quedan en un sinsentido, una lucha absurda y vacía.

Sí. El tema da para mucho más. El debate –si es que existe alguno realmente válido en donde se deba discutir la elección entre Vida y muerte- queda abierto.

Aunque lo único que debería quedar abierto es nuestra mente y corazón a la Vida que se nos fue dada, y de la que muchos otros quizás nunca lleguen a disfrutar por decisiones egoístas y retrógradas, y por el silencio cómplice de muchos que preferimos callar para “no caer mal”.

Justo de la experiencia de saberse amado primero, brota la Vida. El Amor que te llama a esa Vida, es el mismo Amor que te invita a darla. Dar gratis lo que gratuitamente se te ha dado. Quien se sabe muy amado, comprende que su vida es un don que Dios le regala, para que lo regalés a los demás.

Quien ama, comparte su vida con los demás, quien ama, da su vida por los demás. Quien ama, entiende que la Vida que le fue dada, fue dada para darla. Ama, quien se deja amar primero. Sólo dando la Vida ésta se engrandece.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

Dejáte sorprender

¿Cuándo fue que olvidamos vivir? ¿Cuándo dejamos de lado las cosas importantes, para llenarnos de preocupaciones banales y sin sentido? ¿Cuándo le dimos más valor a una hora de reuniones para ganar más dinero, que a un minuto viendo a tu hija dormir tranquila, o a un abrazo lento de tu esposa, o a un segundo peinando los cabellos blancos de tu padre?

¿Cuándo dejamos a un lado los tesoros del hoy, para perdernos en los errores del ayer, o controlar los triunfos del mañana? ¿Cuándo creímos que la alegría estaba en pasarnos la vida a la carrera, sin tiempo a detenernos, y dejamos de escuchar el río entre las rocas, el grillo entre la hierba, la sonrisa entre la multitud, el beso entre la soledad?

¿Cuándo nos dejamos de sorprender? Dios nos creó para ser felices. Nos dio la vida para vivirla. Para dejarnos amar y descubrir la majestuosidad de su Amor por nosotros en el diario vivir. Por eso…

Ser como niños

Dejáte sorprender. Volvé a tu esencia de niño, no temás abandonarte a las sorpresas del diario vivir, y sonreí, que Dios hace nuevas todas las cosas. Dejáte sorprender, no olvidés el factor sorpresa de la vida. Aunque hayás pasado mil veces por el mismo camino, nunca es igual, un arco iris, una nube, una flor, el canto de un ave pueden hacer la diferencia.

Sí. Dejáte sorprender. La vida es hoy, y hoy todo es nuevo. Hoy todo ha cambiado. Depende de vos, eso sí. Si seguís viendo las cosas desde el mismo punto de vista para vos no habrá cambiado nada, todo seguirá siendo lo mismo; pero si te atrevés cada día a cambiar tu perspectiva, el mundo te mostrará nuevos matices, toda la Creación se revestirá de nuevos colores y sabores que te sorprenderán.

Dejáte sorprender. Atrevéte a ser como un niño, que no teme a nada, y que descubre cada cosa como si fuera la primera vez. Lo que no hagás hoy para ser feliz, te lo perderás para siempre. No olvidés esta verdad: Dios te creó para que sonriás y seás feliz. No dejés de hacer algo por miedo, que no fue el miedo quien te creó, quien te dio la Vida.

Dejáte sorprender, no olvidés disfrutar cada instante. No seás distraído con tu propia felicidad, que cuando sos feliz, empapás de felicidad a todos a tu alrededor. Y el mundo sale ganando.

Dejáte sorprender por un aguacero, bailá bajo la lluvia, saltá en los charcos, llenáte de lodo, cantá a grandes voces, reí a carcajadas, besá siempre como la primera vez, y saboreá con pasión el sabor que emana de los labios de la mujer amada. Dejáte sorprender, no temás el qué dirán, pues al final, tienen más peso tus actos que tus palabras. Amá el regalo de tu vida, y viví amando.

Dejáte sorprender. No pretendás saberlo todo. Nadie lo sabe todo en este mundo. Dejáte enseñar por las arrugas de los ancianos, por las sonrisas sin dientes de los pequeños, por la caricia cálida de tu madre, por el consejo de tu padre, por las bromas de tus hermanos, por las confidencias de tus amigos. Cuando te dejás sorprender, aprendés de todos, reconocés que todos tienen un tesoro que compartir, y ahí brota la sabiduría verdadera. Aquella que se construye sobre la humildad.

Dejáte sorprender. Asumí tu pequeñez ante la grandeza de la Creación, asumí tu debilidad ante la infinita Misericordia de Dios, y dejáte amar. Dejáte sorprender en la oración, Dios siempre dice algo nuevo, encuentra una manera distinta para amarte, busca una forma nueva para susurrarte un “te amo” al corazón.

La sonrisa de un desconocido, la canción que te trajo un cálido recuerdo, la bendición de una ancianita, el sabor de la inocencia, el aroma de una nueva vida, el color de un amanecer en la montaña. Todo es sorprendente para el corazón que se desnuda de prejuicios y estereotipos. Todo es novedoso para el alma de quien se atreve a vivir de verdad.

Una huella profunda…

Dejáte sorprender. Eso quiere decir que no podés esperar que los demás hagan las cosas que te gustan o esperás, vos debés tomar las riendas de tu vida, y aprender a sorprender a los que amás, con actos totalmente inesperados y espontáneos. Dejarse sorprender implica un acto de fe, un abandono total, un gesto confiado de parte de quien se deja amar.

Dejáte sorprender, incluso cuando discutís con las personas que amás. Cuando tengan diferencias, no mezclés las cosas. La discusión de ayer es distinta a la de hoy. Dejá atrás el pasado, las discusiones viejas y las heridas del ayer quedaron ahí, en la historia. No las traigás al presente, que si no las soltás, si te amarrás a ellas, no podrás caminar hacia el futuro viviendo plenamente tu presente. Si te atás a ellas, tu Amor se volverá egoísta y tosco, y te perderás el chance de amar y ser amado hoy. Si vivís en tu pasado, no serás capaz de dejarte sorprender en el presente.

Ningún error del pasado es igual al de hoy. Aprendé cada día la lección de vida que Dios te otorga. Hoy Dios quiere enseñarte algo distinto. Dejáte sorprender incluso ahí, viviendo pacientemente tus limitaciones y las de tus semejantes, aprendiendo de cada una, pero con corazón apasionado para atreverte a cambiar el mundo, hoy.

Una palabra, una sonrisa, una mano tendida, un hombro que se ofrece a alguien que desea llorar, una mirada que no juzga, una huella en la arena del corazón de alguien… Pueden cambiar el mundo de una persona, hoy.

Dejáte sorprender. Sólo así serás capaz de ver la belleza del corazón de las personas, sólo así tendrás un corazón de puertas abiertas que recibe con una sonrisa todas las bendiciones de Dios. No encerrés al Amor en un concepto añejo y aburrido. Dejá que Él te enseñe a respirar nuevos aires cada día.

Dejá que Dios te sorprenda. Dejá que su Amor te conquiste. Y con una sonrisa entendé, al fin, que lo más sorprendente de todo es que, siendo vos tan pequeño, Dios te ha amado primero.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Los VIP de Dios

El término VIP -que hoy es tan tristemente usado-, nunca me ha gustado. ¿Acaso existe gente más importante que otra? O ¿Dios ama más a unos que a otros? Sabemos todos que la respuesta es no. Esto es un invento más de este mundo para crear más división entre los hermanos. Dichosamente, para Dios-Amor, todos somos very important people. Les dejo esta historia:

Jesús-ChildrenYa el reloj da la 1:30p.m. Suena la campana. Es hora de deporte. Cuatro chicos se alistan con sus tennis viejas y rotas –no tienen más, tampoco necesitan más-, sus pantalonetas algo viejas y sus camisetas con huecos.

Van felices, sonríen y bromean. Bajan por el callejón estrecho y maloliente, lleno de basura, rodeado de latas herrumbradas. Se acaban las gradas de concreto, y siguen por el trillo de barro. Huele a animal muerto. Ejércitos de moscas revolotean sobre sus cabezas. Cabezas despeinadas o rapadas. Al principio, intentan alejar las moscas con sus manos. Luego, ya no insisten más. De todos modos, son parte del paisaje.

Al otro lado de la plaza –si se puede llamar así a ese planché despedazado, con huecos, montones de hierba alta creciendo entre las rendijas y alrededor, con basura agria secándose al sol y emanando sus gases-. Al otro lado de ese pedazo de concreto viejo, se ven los niños, se oyen sus risas chimuelas.

Aunque son ellos los que han visto primero a ese curioso grupo de muchachos; y, entonces, empiezan a cuchichear, señalándolos y murmurando sobre su presencia. Los observan, algo tímidos, pero luego, al ver el balón rojo que cargan, se miran entre ellos, confiados y contentos.

A un gesto de uno de los jóvenes, se vienen corriendo alegres, sonrientes, exhalando confianza e inocencia. Traen sus trompos de plástico o madera. Es el juguete de moda. Algunos sonríen, sin dientes. Otros llaman a uno de los chicos: “¡Barrabás! ¡Barrabás!” (el apodo que los niños le han puesto por su larga barba) y se ríen a carcajadas.

Los más chicos tienen como 5 añitos. Los mayores unos 11 ó 12 años. Niños y niñas. Todos juegan, todos participan. Todos se van uniendo despacito, a la fiesta que se aproxima. Los olores, la alta hierba, los miserables ranchos de latas donde viven les son totalmente irrelevantes. Lo importante es reír, jugar, divertirse.

Dejan de llamar “Barrabás” al joven, cuando él empieza a preguntarles sus nombres. “Yo soy Mario”, “yo me llamo Karla”, “él se llama Emmanuel, pero le gusta que le digan Negro”; y señalan a un chiquitín de unos 5 años. Elliud, Bryan, Ismael, Douglas, Kevin, David, Josué, Minor, Melanie, Nati… “¿Y usted cómo se llama?” “Christian”, les contesta el joven de barba desordenada. Y se aprenden los nombres de cada uno de los muchachos, con una infantil y emocionada rapidez.

Acá, en esta ruinosa plaza, el calor es aún más asfixiante, por los hedores de la basura, que emanan del suelo sobre el que está construido la casa de formación de los jóvenes y este precario (favela, barrio marginal). Y la basura se sigue acumulando en este caserío, donde crecen estos preciosos niños.

Una de las niñas –Melanie-, que les sonríe siempre con su sonrisa sin dientes, les dice a los chicos que ahí hay agua, por si quieren tomar, y les señala un plástico de galón de helados con agua hasta el borde, y un vaso plástico gastado y lleno de manchas.

Ellos no tienen sed, pero no quieren rechazar su amigable invitación. Toman el vaso –el cual es comunitario, todos los niños toman de él- y uno a uno, cada joven bebe un poco de agua, la cual tiene un sabor extraño y oxidado. Y prefieren pensar, imaginar que a lo mejor, así sabe el Amor. A ellos les han dado mucho más que a Cristo crucificado, que le dieron tan sólo un poco de vinagre. Ellos, para esos pequeños, son de verdad “unas personas muy importantes”.

Los equipos se han dividido, y todo está listo para el partido de fútbol callejero. La pelota se lanza al aire y empieza la mejenga (así se le llama en mi país a ese tipo de encuentro deportivo). Los cuatro muchachos ni se concentran en el deporte; sólo se pierden en las risas de los infantes, en sus vocecillas que dicen sus nombres para pedirles el balón, en su pasión al jugar fútbol, su lucha y valor.

Sus ojos brillantes iluminan una esperanza, no tienen miedo para recibir la vida con todo lo que ésta trae de sorprendente. Ríen con ellos. Ríen, gracias a ellos. Y yo río, para ahogar el nudo en la garganta que me produce tanto Amor gratuito y puro, por mi persona, un completo desconocido para esos niños. Soy un hombre rico de poder ser parte de esta fiesta. La esperanza brilla y encandila, en la grandeza de su pequeñez.

Goles van, goles vienen. Estos partidos son los que valen la pena ser narrados, aún más: ser vividos. Acá, cada uno es una estrella para ellos, pero ellos brillan mucho más. Estrellas que brillan en el cielo de nuestra juventud. Ellos, esos pequeñines preciosos, quizás, nunca estarán en un puesto VIP. Al menos, no en este mundo ciego; pero sí en el corazón de Cristo.

Acá no hay ganadores ni perdedores. Todos ganan. Yo gano. Juntos ganamos. Algunos pelean contra “Pichu”, el perro que a veces llega a morder la pelota con el objetivo de estallarla. Otros pelean entre ellos, por alguna jugada “violenta”; y los jóvenes tratamos de calmarlos un poco, intentando dejar algo más que un simple rato de deporte. Dejarles perdón, Amor, amistad, alegría, paz.

Y al final, los que más ganan somos nosotros. Nos despedimos de cada uno, por su nombre. Cada uno es especial, único. Y al decir su nombre, nos miran con esa profundidad infantil, que agradecen de corazón, al hacerlos sentir las personitas más importantes del mundo. Verdaderamente una persona muy muy importante. Ríen, nos chocan las manos, nos agradecen (siendo nosotros quienes debemos agradecer tantas muestras de Amor).

Antes de irnos, todos insisten, todos preguntan cuándo vamos a volver. ¡Quieren que volvamos! ¡Nosotros! Les decimos que pronto. No sabemos. Por mí, siempre, todos los días.

Empezamos a subir la pequeña cuesta de tierra. Noto algo diferente. Ya ninguno percibe el olor a basura ni a animal muerto. Cada uno de nosotros lleva una sonrisa y una mirada brillante y perdida, como la de alguien que ha encontrado un gran tesoro. Sólo nos ha quedado el aroma de la alegría, el perfume de la amistad, la esencia dulce de la inocencia. El Amor. Así huele el Amor. Ese mismo que permanece cuando todo lo demás se ha ido. La tarde se acaba. Las luces se van apagando, pero en nuestra mente y corazón aún brillan las risas y las miradas de esos niños. Los más importantes de este mundo, los pequeñitos, los favoritos del Señor.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Los Héroes de Hoy

Romero

Dice san Agustín: “Reconoced que también vosotros, los que renunciasteis al mundo, habéis salido de Egipto”. Es cierto, antes de encontrarnos con Cristo, fuimos esclavos, sin esperanza, destinados a la muerte. Pero, después de encontrarnos verdaderamente con su Amor, ¿podemos seguir siendo iguales? ¿Es eso posible? Si no cambia nada en nuestra vida, ¿pasó realmente Jesús por nuestro ser; o nuestra dureza de corazón solamente percibió una sombra borrosa de su Amor? El Amor no puede pasar, jamás, desapercibido por nuestra vida.

Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo, entonces, ¿realmente estamos viviendo a su Hijo en nosotros? Cristo nos dejó un Camino: Él mismo. Sin más, sin menos… sin más o menos. Hoy, como seguidores del Señor, tenemos que ser coherentes. Tenemos que hacernos notar. Atrevernos a diferenciarnos del resto del mundo, ser luz, sal y fermento.

Es tiempo de preguntarnos si de verdad Cristo dejó una huella tan profunda en nuestro corazón como para, sin miedo y sin vergüenza, mostrar al mundo que creemos en Él y vivimos como Él. No se trata simplemente de decir que somos cristianos; tenemos que vivirlo. En 1 Pedro 2, 21 dice el apóstol: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”. Sus huellas, ¿somos realmente humildes, amigos de Jesús, como para asumir su Camino en mi vida? Dejarlo a Él ser en mí, y no pretender que sea Él quien se haga a mi manera. Cristo sufre en la cruz, su dolor es inmenso. Cada dolor es una daga fría de traición, por menos de 30 monedas. Hoy, para muchos que nos hacemos llamar cristianos, Cristo vale menos que eso.

Continúa diciendo san Pedro: “Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes…”. Después de haber conocido a Jesús, que nos ha derramado su Amor hasta el extremo. Después de cada una de sus llagas por mí, de cada espina por el perdón de mis pecados, de cada latigazo que nos ha curado, seguimos siendo ¿iguales?!!! ¡Cuánto Amor pagado con nuestra indiferencia! ¡Cuánta entrega desinteresada en la cruz pagada con nuestro egoísmo! ¡Cuánta sangre y sufrimiento pagado con nuestra pasividad cristiana!

Tenemos que atrevernos a ser distintos, a ser coherentes y verdaderos en lo que predicamos. Dejar esa espiritualidad de “domingo”, mientras seguimos usando el resto de los días para hacer cosas que ponen en riesgo nuestra alma, y no manifiestan la libertad de Jesús en mí, sino sólo esclavitud. Dejar esa pose de rodillas y manos juntas para seguir golpeando insultando, robando como antes; o viviendo nuestra vida igual que siempre, negando a Cristo en su cara como si no le conociéramos. Pero Él sí me conoce.

No se trata que doblemos rodillas en el templo, antes debemos doblar el orgullo de nuestro espíritu. Somos cristianos, pero seguimos igual que antes, absorbiendo la mentalidad del mundo de que “nada es malo”, “no tiene nada de malo probar”. ¿Cuándo dejamos de ser cristianos reales?

Se supone que somos nosotros quienes debemos ser luz para otros, ser ejemplo de vida para otros. Somos cristianos, pero el cambio en nuestro interior debe ser real. ¿Qué nos diferencia a nosotros, los jóvenes cristianos, de los demás jóvenes que no creen en nada, y debemos llevar el mensaje de Amor y de que se puede vivir una vida distinta y más profunda?

Cristo, por Amor, lo dio todo por mí; y yo, por mi egoísmo, no le doy nada. Los jóvenes podemos y tenemos esa fuerza interior que el Señor ha inflamado en nuestro ser, pero debemos asumir el llamado con coherencia, con valentía, con total entrega y radicalidad. ¡Si queremos cambiar el mundo, dejemos primero que Dios cambie el nuestro! La vida es Cristo, se encuentra en Él y Él está ahí en tu corazón, en el secreto, en el silencio. ¿Por qué, entonces, seguimos buscando afuera lo que, Cristo, tan amorosamente, ha guardado y atesorado en nuestro corazón? ¿Por qué seguimos saciando nuestra sed con las aguas turbias de este mundo, si Cristo dejó su fuente de agua viva y fresca en la Santa Eucaristía?

¡Vamos jóvenes! ¡Qué hoy seamos de verdad jóvenes valientes, que hoy nos atrevamos a ser lo que el Señor –y no nosotros- quiere que seamos! ¡Que hoy nos decidamos a realizar la misión para la que fuimos llamamos! El Amor nada tiene que ver con la oscuridad y vaciedad de este mundo, a no ser que sea para poner luz y Amor donde no lo hay. Estamos llamados a brillar en la oscuridad, a triunfar sobre la muerte, a proclamar la verdad contra la mentira. A ser testigos reales, testimonio de Cristo.

No es suficiente –repito- decir que somos cristianos, debemos serlo. Que la gente sepa que somos cristianos porque nos amamos, porque vivimos el Amor; y no simplemente porque decimos serlo. Que la gente sepa que amamos a Jesús por como vivimos; que no haya necesidad de hablar si con nuestras vidas podemos proclamarlo y predicar su maravillosa Noticia. Somos libres, ya no somos más esclavos de este mundo. ¡Entonces, vivamos como jóvenes libres de verdad! Con la libertad que da Cristo, vivida desde la Luz, desde el Amor. Hay un antes y un después. Cristo venció a la muerte. Y nos hizo a nosotros para Él, con su triunfo. Por eso, con Cristo viviremos. Si nos atrevemos a decir a otros jóvenes que Cristo vive, entonces viví vos como Él. Si nos atrevemos a gritar al mundo que Cristo dirige nuestra vida, entonces dejáte guiar desde el corazón.

Y recordemos que decir que somos cristianos es proclamar con nuestra vida al Señor. Cuidémonos de no confundir a otros con nuestra vida, haciéndolos errar el Camino hacia el Señor. Somos jóvenes cristianos, es decir, jóvenes que hemos decidido libremente –nadie nos obliga- a renunciar al mundo, según las enseñanzas de Cristo. Jóvenes que hemos decidido servir al Señor, ¡al Amor!; porque no podemos servir a dos señores. Jóvenes radicales que aman y se dejan amar de verdad. Jóvenes pobres –en su espíritu-, necesitados del Amor. Jóvenes castos que esperan y aprenden a amar como Cristo a su Iglesia. Jóvenes obedientes que se vencen a sí mismos y hacen la voluntad del Señor, venciendo así, sus propios deseos imperfectos.

Sólo con Amor se logra esto. Sólo el Amor nos dará la victoria. Nos toca elegir: Cristo o el mundo. No hay puntos intermedios, no se puede servir a los dos, pues uno y otro se contradicen. Y solamente uno, Cristo, da la vida eterna. Y a Él no se le puede seguir a medias. Ser cristianos, con nuestra vida más que con nuestra palabra. Ser cristianos, no como parte de un club social exclusivo, sino como un desafío, un reto ante este mundo que nos quiere envolver con su oscuridad. Pero ¿acaso puede el mundo y su egoísmo vencer al Amor que se da sin reservas? Hoy nos toca ser héroes, venzamos al mundo con el Amor que Jesús nos amó primero.

Para terminar, una frase de Monseñor Romero, que me gusta mucho, dicha durante una homilía: “¿Quieren saber si su cristianismo es auténtico? Aquí está la piedra de toque: ¿con quiénes estás bien? ¿Quiénes te critican? ¿Quiénes no te admiten? ¿Quiénes te halagan?”

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

De los travestis y otros favoritos de Jesús

“No me gusta demasiado Cristo Rey en su majestad; prefiero al Jesús de Pedro en la barca, al Jesús que llama a Magdalena por su nombre: «¡María!» y que le dice a la adúltera: «Tampoco yo te condeno»; al Cristo de los pequeños, de los sencillos, de los pobres, tan cercano a nosotros…”
– Monseñor F. X. Nguyen van Thuan

Jesús Niño

Al leer un artículo de un periódico de mi país, sobre los “trans” (transexuales y travestis), me quedaba sorprendido ante esta sociedad que va cerrando puertas y arrinconando a aquellos que “se salen del canasto”. Lo primero que me pregunté, al hojear las imágenes y leer los pies de foto, fue: “¿y por qué estas personas no trabajan en otra cosa que no sea prostitución?”. La respuesta no me la tienen que dar ellos, sino la sociedad misma. Y yo como parte de ella.

Comentaba uno de estos transexuales, que en una iglesia cristiana (!!!) lo llamaron ‘engendro del demonio’. ¿Qué predicamos hoy? ¿Qué le decimos a la gente con nuestro estilo de vida o forma de pensar? ¿Acaso nos hemos olvidado de que el verdadero cristiano vive desde el verdadero Amor?

¿Cuántas veces, tristemente, estas personas se han visto rechazadas, abusadas, discriminadas? ¿Cuántas veces han tenido que sufrir el desprecio o hasta insultos de aquellos que se hacen llamar ‘cristianos’? Ser cristiano, ¿desde cuándo se volvió un título de prestigio social o de preferencia divina por mi persona?

¿En qué momento dejamos de vivir el cristianismo humano y misericordioso de Jesús, el cristianismo cercano a los más pequeños de la sociedad? ¿Cuándo olvidamos abrazar al leproso y enfermo? ¿Cuándo cambiamos la mano tendida y mirada amorosa de Jesús, por la piedra? ¿Cuándo cambiamos el perdón por la ley, la paz por el desprecio, la sonrisa por la burla? Cerramos la puerta de nuestro corazón a los favoritos del Señor, y al cerrar la puerta, entró la oscuridad. Dejamos de ver con la Luz del Evangelio. Nos volvimos ciegos al Camino trazado por Jesucristo.

¡Qué lejos estamos, a menudo, de cumplir las enseñanzas de Cristo! Él lo dijo muy claro: “…no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. El Señor nos mostró un camino. Ir y amar a aquellos que nadie ama. Acoger a aquellos que nadie acoge. Mirar de frente a aquellos que el mundo les ha dado la espalda. Vestir al desnudo, visitar al cautivo o enfermo, dar de comer al hambriento. Él nos enseñó que, sobre lo que la persona hace, está lo que la persona es. Es decir, hijo e hija de Dios.

A nosotros no nos toca juzgar ni tirar la piedra, ¡nos toca amar y perdonar! Mientras que Jesús ama y abraza, nosotros señalamos y rechazamos. Mientras que Cristo da ánimo y perdona, nosotros insultamos y repartimos sentencias. Mientras que Él ve el corazón, nosotros seguimos viendo el vestuario, el maquillaje, los tacones. ¡Qué poco Amor hay aún en nuestro corazón! ¡Danos más de tu Amor Señor, enséñanos a mirar con tu Mirada!

Es que el Señor no nos nombró jueces de la Verdad, sino que nos mandó a ser discípulos del Amor. Fue Él quien nos llamó prójimos y nos invitó a amarnos, al decir que no hay mayor mandamiento, “que os améis los unos a los otros… como yo os he amado” (Jn 13, 34). No, Él no nos pidió juzgar o tirar la primera piedra. Ni siquiera Él lo hizo, ¿soy yo, acaso, más que el Maestro? (Jn 8). No.

Fuimos creados para amar, no para repartir sentencias. La única sentencia que nos legó Jesús fue la del perdón amoroso e incondicional desde la cruz.

Nuestros tiempos y los tiempos de Jesucristo no tienen gran diferencia. Su sociedad y la nuestra, su propia comunidad judía y la comunidad cristiana de hoy. Sigue existiendo gente que busca un rango a base de “sacrificios” cómodos y de apariencias ensayadas. Pero Cristo dijo “misericordia quiero, y no sacrificios” (Mt 9, 13, Os 6, 6). ¡Él nos pide Amor real! Muchos siguen confiando en su fuerza o sus conocimientos, pero “Dios ha escogido a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes” (I Co 1, 27).

No quiere que atesoremos títulos y puestos, sino obras de misericordia. No quiere que escalemos altos puestos en los honores de este mundo, incluso, aunque sea dentro del servicio a la Iglesia. Eso a Él no le importa. El Señor desea, sobre todo, que bajemos, que nos hagamos los últimos, los servidores de todos, los que de rodillas hacen sentir amados a los pequeños.

Así es, nuestras sociedades no han cambiado mucho. Siguen marcando las pautas de lo que es “despreciable”, definiendo lo que debe ser “tirado” al doloroso lugar del olvido y la indiferencia. Señalando, con desprecio, lo que es diferente, creyéndose poseedores únicos de la Verdad. Pero más grande e impactante aún, es que la enseñanza del Señor es la misma. Se mantiene actual e inmutable en el tiempo. Sobre la ley, está el hombre, sobre el juicio el Amor, sobre la piedra, está la mirada misericordiosa de Cristo.

Si Jesús viniera hoy ¿quiénes serían sus favoritos, sus pequeños? Esa prostituta parada en una oscura esquina, ese transexual que vende su cuerpo porque no encuentra otro empleo ya que la sociedad le ha cerrado todas las puertas, ese niño adicto que engaña su hambre con una cochina piedra de crack, ese ladrón semejante al apóstol Mateo (Mt 9, 9). Ese ex convicto, que al ganar, de nuevo, su libertad, ya le habíamos robado toda oportunidad de volver a empezar.

Probablemente, el colegio apostólico, hoy, estaría conformado por la “calaña”, la “escoria” de nuestra sociedad. Pero, ¿no fue así en tiempos de Jesús? Ladrones (Mateo), analfabetas (Pedro), ambiciosos (Santiago y Juan), traidores (Judas). ¡Hasta prostitutas eran parte de su comunidad! (María Magdalena).

¿Cuándo fue que perdimos el rumbo? ¿Que sustituimos el Amor por el status o el conocimiento o la cara bonita? Empezamos a sacar de la Iglesia a los borrachos, nos sentamos lejos de los “raros” o “locos”, pusimos cara de repugnancia ante el mal olor de esa ancianita que no tiene nada, o dimos nuestra desaprobación a aquellos travestis u homosexuales que sólo buscaban un abrazo, una palabra, un poco de Amor de Dios.

Sin embargo, hoy, Jesús está ahí. A lo mejor puede sonar a escándalo, al decirlo. Pero, a pesar de todo, Cristo mismo está en esa prostituta. Cristo te pide un abrazo en ese transexual. Es Cristo quien desea que lo escuches en ese joven homosexual. Ese indigente que llamamos “hediondo” y “asqueroso” es Cristo que tiene hambre de comprensión y aceptación. Ese asesino frío, es Jesús que busca calor. Ese drogadicto es Él, que está sediento de Amor.

Sí, quizás parezca escandaloso ver a Jesucristo en estas personas. Sin embargo no es invento mío. Son las mismas palabras del Señor: “… Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25, 31ss). Y continúa diciendo “… cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt, 25, 40).

Amor y no sacrificio. Lo que te pide es sencillo. Te lo pide un Cristo que murió en la cruz, precisamente por los pecadores, por vos y por mí y por aquellos que juzgamos “peores” que nosotros. Te lo pide un Jesús desnudo, que murió con los brazos abiertos y el pecho traspasado, como para acoger a todo aquel que se acercara a Él. Se vació de sí mismo, y dejó su Corazón vacío, para que todo aquel que la sociedad tirara al olvido, pudiera encontrar dentro de su pecho un refugio de Misericordia y perdón.

No tiene nada que ver con aceptar el pecado; sino con amar al pecador. No se trata de juzgar y señalar, sino de hacer tu parte desde el Amor. Amar sin criticar. Amar y actuar desde ese Amor. Amar y buscar soluciones. El Amor habla poco y hace mucho. Se trata de volver a la esencia de la enseñanza de Cristo. Volver al corazón de la Iglesia. Volver nuestra mirada a Él, y en Él, mirar con Amor a aquellos que este mundo, hoy, ni siquiera se digna mirar.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

La Eucaristía

“La Eucaristía no es un privilegio para los fuertes o un premio para los sabios, es más bien, un consuelo para los débiles, un abrazo amoroso para los pecadores. Gracias mi Amado Señor, por ese regalo”

Publicado en Frases | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

El Escultor de Sueños

Imagen

“¡Pasen, pasen!!! ¡Bienvenidos a la feria!!! Está llena de sorpresas inesperadas para los curiosos ¡Pasen, pasen!”, gritaba el alto caballero, con su viejo y roído traje de rayas, su sombrero alto, y su enorme bigote negro y embetunado.

La feria realmente parecía un lugar mágico. El lugar estaba lleno de colores, sabores, olores y sonidos. La feria se sentía en el alma. Cada año, en ese lugar lejano, en medio de la montaña, de todas partes del mundo, llegaban los bailarines, artistas, magos, bufones, artesanos. Y poco a poco iban montando sus carpas, talleres y puestos.

Y no cualquiera podía entrar, eso estaba claro. Tenías que haber recibido la invitación.

“¡Pasen, pasen, no tengan miedo, y déjense sorprender!”, seguía diciendo el espigado caballero. Yo no lo podía creer… ¿Cuántas veces había deseado poder ir a la feria? Y es que sólo sabía de ella por las leyendas e historias que otros afortunados contaban en el pueblo. Pero me había llegado la invitación a mí… Con el mapa impreso en tinta invisible de limón, para llegar al lugar. No sabía qué buscaba, pero ¿qué más daba? Iba a entrar a ese maravilloso mosaico de emociones ancestrales.

Además, ¿qué podía salir mal? Después de que se había secado el girasol de mi jardín, por tener raíces poco profundas, mi vida se había vuelto monótona y triste. Ningún sol iluminaba mi ventana, y el miedo había nublado cada amanecer.

Ahora estaba ahí, de noche, bañado en los tonos morados y rosas del ocaso, y con mi mirada brillante de ilusión. Con voz temblorosa respondí a la llamada del hombre: “Sawabona rafiki”. Él se volteó como el viento, su mirada llena de pasión ardió como dos llamas verdes, y de sus labios brotó una sonrisa sincera. Luego, me tendió sus largos dedos, y casi en un susurro contestó: “…Shikoba”.

Su mano era cálida como la de un viejo amigo. Y la fuerza de esos dedos me ayudó a sortear la distancia del abismo que me separaba de la entrada de la feria.

Una vez adentro, el amigable señor, se desplomó en pequeñas semillas que se desperdigaron por el suelo, y como una misma cosa, brotaron cientos de girasoles miniatura a mis pies. Esto me hizo dar un grito de admiración ante tal prodigio. Sentí como si mi vida volviera a florecer con este hermoso jardín personal hecho a la medida, sólo para mí.

En estos pensamientos estaba embobado, cuando a mis espaldas una música alegre y colorida me sacó de mi ensimismamiento. Era una armónica echa de escamas de pescado y caparazón de tortuga de carey, que sonaba como el río que fluye entre los montes de mi tierra. Al voltear, se me presentó la feria y el carnaval en toda su majestuosidad.

Había puestos de comidas de sabores inimaginables. Jaleas hechas a base de flores, arco iris en forma de paletas, racimos de estrellas bañadas en nutella, hongos dulces en forma de cheesecake.

En otro lugar, un hombre bordaba notas musicales con los dones de la naturaleza, y la música que brotaba de cada instrumento era de una melodía tal, que boceteaba colores en el aire. Aquella mujer regalaba abrazos, este niño ofrecía sonrisas con pureza certificada, ese otro joven derramaba pensamientos alegres sobre las cabezas de unas preciosas niñas.

Yo caminaba extasiado, sin entender mucho aquel abanico de posibilidades. Los pasillos parecían no tener fin, y yo andaba sobre piedras de colores, preciosas y únicas. Al caminar, sentía que mis pies danzaban sobre el suelo. Multitudes de gentes se entremezclaban con el ambiente de la feria. Ninguno hablaba el mismo idioma, pero todos se entendían.

En la loca carrera, por estar mirando hacia otro lugar, tropecé con una pequeña niña vestida con un traje rojo de princesa. Tenía el cabello largo casi hasta el suelo, y de un color azul turquesa, como una noche de primavera iluminada por las estrellas. Me miró desde abajo, y yo, extasiado en ese estado feliz del espíritu que no sabía explicar, sólo atiné a decirle: “Perdón, princesa”, hice una torpe reverencia y la tomé de una mano; riendo ambos, mientras dábamos vueltas bailando por toda la plaza.

Cuando nos detuvimos cansados y jadeando, ella me seguía mirando, con sus enormes ojos cafés, de forma curiosa. Y me sonrió. Fue la curva más preciosa que había visto en mi vida. La comisura de sus labios, sin decir nada, solamente con esa sonrisa, me dijo: “Hola amigo”. Un escalofrío recorrió mi espalda. No era miedo, o duda o confusión. Fue una sobredosis de pureza e inocencia, de transparencia.

Con sus manos empezó a tocar mi barba. Supongo que estaba curiosa por la larga barba que enmarcaba mi rostro. O a lo mejor era por lo que ella misma me diría de inmediato: “¿Por qué tu barba está teñida de lágrimas?”

Al ver mi silencio y mis dudas al responder, puso su pequeño dedito índice sobre mis labios, para evitarme la vergüenza, y dijo de inmediato: “Vendo curitas para los corazones heridos, pero creo que el tuyo necesita algo más. Te regalo una curita a cambio de un abrazo, pero luego lo llevaré donde el “Escultor de Sueños”.

Yo sólo sonreía. Sonreía y temblaba. Esa niña me llegaba hasta el alma. Su tierna voz me hacía sentir tan amado. Y sentía que para ella no había secretos. Me sentía con el corazón desnudo. Ella podía ver a través de mí.

Sin pensarlo dos veces, la abracé con mi corazón herido, pero que aún latía al amar. Y otra lágrima se enredó entre mi barba enmarañada. Ella emanó un suave aroma a rosas cuando la estreché contra mi pecho. Luego, con sus pequeñas manos abrió un baúl de madera negra que cargaba colgado a su cuello.

Al abrir el baúl, volaron cientos de luciérnagas que tiñeron de verde la oscuridad nocturna. Agarró una en el aire, la acercó a sus labios y le susurró unas palabras ilegibles.

Todo eso era nuevo para mí.

La luciérnaga se acercó, se posó sobre mi pecho que palpitaba cada vez más rápido, y empezó a tejer algo con sus patitas traseras. Al cabo de unos minutos, sobre mi pecho brillaba una curita fosforescente.

“¡Bien, ya terminamos!”, dijo la pequeña. “Ahora toma mi mano, y no me soltés usted”. Y empezamos a correr. Yo reía divertido de la forma inocente en que se enredaba al hablar. No sabía conjugar los verbos en las personas, pero sabía amar. Quizás no tenía mucha experiencia de la vida, y para ella todo era mágico, pero emanaba Amor en cada paso que daba.

Me dije “no, no te voy a soltar hasta llegar”. Corríamos entre los callejones de la feria. A la derecha, luego a la izquierda, luego sobre un puente magnífico que tenía la escultura de un libro enorme lleno de palabras vivientes. Al cruzar el puente, ella aminoró la velocidad, y empezamos a subir unos escalones empedrados por una montaña altísima, que parecía no tener fin.

En un descanso de los escalones, ella me dijo: “Ahora debe seguir solo, dejá acá tus cargas, yo las cuido mientras te espero”. Me quedé estupefacto. No me esperaba eso. Y ella, al ver mi titubeo, me dijo: “no temás vos, usted lo va a lograr y llegarás al final. Acá me quedo cuidando el camino”.

Me dio un abrazo, y yo sólo me acurruqué. Luego me soltó y sopló en mi rostro suavemente. Sin darme cuenta siquiera, empecé a caminar.

El camino era empinado, y conforme iba subiendo, se iba perdiendo el bullicio de la feria, el camino se hacía más oscuro, las luces se iban apagando. Con cada escalón, sentía que mis piernas me pesaban más y más, y los escalones se distanciaban más uno de otro.

Me sentía sólo, cansado y sin fuerzas. En algún momento tuve la tentación de culpar a la pequeña que me había dejado sólo. Pero fue un instante y ese pensamiento voló lejos de mí. No era así. Al contrario, ella cuidaba de mi camino, mientras yo subía. No estaba sólo, pero ella (quizás no era tan niña, quizás era más sabia y fuerte que yo, y no lo había notado) se había hecho a un lado, para que yo caminara más libre y seguro.

Chorreaba gotas de sudor enormes, que hacían una cascada por los escalones. El calor era insoportable, y conforme subía, me iba quitando piezas de mi ropaje… Primero la camisa de manga larga y cuadros. Luego los zapatos y las medias, después de haber resbalado. Me estorbaban.

Más arriba me quité el pantalón. En ese momento me detuve. Noté que conforme me quitaba algún peso de encima, la cima se me hacía más cercana y hermosa, no tan siniestra. La luz se iba aclarando, los pajarillos empezaban a cantar.

Cuando me desnudé totalmente, sin darme cuenta, caí sobre terreno plano, sobre un césped suave y esponjoso. Me sentí libre y feliz. Y sólo atiné a abrazar esa alfombra de vida.

Una mano ahuecada se presentó ante mí, y una voz suave me dijo: “Bienvenido, amigo”. Miré hacía arriba, y aunque estaba desnudo, no sentí temor ni vergüenza. Ése era yo, ni más ni menos. Me levanté, y el apuesto joven que me recibió, me tendió una manta bellísima y blanca. Era suave y pura como la nieve.

Me dijo: “Sígueme, te llevaré con el Escultor de Sueños”. Lo seguí por un Camino precioso de girasoles. Llegamos a una choza humilde, pero llena de belleza y arte. El joven se arrodilló, besó el suelo, y luego se fue. Volteé, para seguirlo con la mirada. El Camino sobre el que habíamos caminado iba quedando húmedo y rojo, con cada uno de sus pasos.

Me quedé ante esa puerta, sin saber qué hacer. Entonces, una voz desde adentro me dijo: “Pasá”.

Entré, y era un salón enorme, lleno de cinceles, gubias, mazos, formones. Y la variedad de materiales iba desde las piedras, maderas, mármoles, metales, hasta arcilla y yeso. Un típico taller de escultor. Yo pensé para mí: “debe ser el mejor escultor del mundo, para que maneje tantos materiales”.

Me dijo, como si supiera lo qué yo estaba pensando: “Perdón el desorden, todo eso que ves es basura, es lo que he tenido que quitar, para arreglar los desastres de otros. No sirve de nada”. Su comentario me agarró desprevenido, y no supe que responder. Si todo eso era basura, ¿con qué material trabajaba este escultor?

Me extendió una silla de mimbre, y me senté. Sin decirme nada se acercó con una bolsita tejida. Empezó a rebuscar algo adentro. Sacó una llavecita herrumbrada y vieja. Me miró con ternura paternal, y sin darme un respiro, acercó la llave, la introdujo en mi pecho y ¡sacó mi corazón!

Todo esto sucedió en cuestión de segundos. Yo no entendía nada. Es decir, no me asustó que sacara mi corazón y en ningún momento temí de Él. Sólo me asustaba el hecho de que yo seguía vivo, a pesar que mi corazón estaba fuera de mí.

Su expresión cambió a un rostro lleno de gravedad. Frunció el ceño. Empezó a darle vuelta a mi corazón, y caminaba de un lado para otro con grandes zancadas. Se detuvo frente a mí y dijo: “Hijo, tu corazón está muy herido. ¿Te duele muy a menudo verdad? Está lleno de cicatrices y heridas que aún no sanan. Debo repararlo”.

No supe que decir.

Esa noche todo había sido tan extraordinario, que más bien decir algo hubiera sido lo realmente extraño. En ese sitio las palabras sobraban.

Abrió su pecho, era enorme, gigante. El corazón que palpitaba en su interior era precioso. Pero más impresionante aún fue el estado de ese corazón. No estaba completo. Estaba lleno de huecos, de trozos arrancados, de clavos y espinas. Pero palpitaba fuerte, y era hermoso. Todo eso, todas esas cicatrices y heridas, sólo lo embellecían, y el Escultor sonreía feliz y en paz.

Luego me dio la espalda, y vi como sus enormes brazos se movían arriba y abajo cincelando, quitando, rompiendo, cambiando, arreglando…

Yo intentaba ver por encima de su hombro, pero sus anchas espaldas me lo impedían; hasta que descubrí una vieja escultura de metal que servía perfectamente de espejo.

Decidí mirar por ahí. Tuve que ahogar un grito de espanto al ver que los golpes y martillazos se los daba a su propio Corazón. Veía cuánto sufría. Las lágrimas caían abundantes de sus ojos, pero todo esto lo disimulaba a la perfección. De pronto, sin esperarme esto jamás, arrancó un trozo de su Corazón, y lo introdujo en los lugares donde el mío estaba vacío y dañado de miedos.

Yo estaba asombrado y temblaba de la cabeza a los pies.

Me acomodé en mi silla, para que no notara que lo había visto todo. Él se limpió con la manga de su camisa el sudor y las lágrimas. Se volteó sonriente y me dijo: “Ya está”.

Yo me sentí como un niño, y en ese momento me bajé de la silla y lo abracé, mientras caía de rodillas. Sólo pude decir: “Gracias”.

Salí de ese lugar sintiéndome nuevo. En paz y feliz. Me sentía enamorado. Empecé a caminar hacia las escaleras.

Conforme iba bajando, iba juntando la ropa y me la iba poniendo de nuevo. Noté que la ropa era más liviana, estaba limpia y era nueva.

Cuando casi llegaba al final de los escalones, podía ver el vestido rojo y los largos cabellos danzar con la brisa suave. De pronto, un viento cálido golpeó mi mejilla…

——————————————- o ——————————————-

“¡Lucas! ¡Lucas! Hora de despertar”. Ahí estabas vos con tu sonrisa de siempre y tus ojos brillantes, sosteniendo mi mano. Y con tu alegría infantil que siempre lograba contagiarme con una esperanza renovada. Con tu amistad era fácil despertar con una sonrisa.

Te miré y me dijiste: “¡El doctor te tiene una sorpresa!”. Mi sonrisa desapareció, y busqué al doctor Miguel. Sin dejar que le preguntara, él me dijo: “Lucas, tenemos un donante. Es el corazón de un hombre fuerte de 33 años, se llamaba Joshua. Y es un buen corazón. Murió ayer, por salvar a sus dos pequeños sobrinos de morir atropellados”.

Una lágrima cayó por mis mejillas. Me abrazaste y me dejé abrazar… Sólo pude decir “Gracias”. Era la segunda vez que decía esa palabra en ese día, aunque nadie lo sabía. Vos me dijiste: “Te quiero con todo mi corazón”. Y supe que todo iba a estar bien.

Publicado en Cuentos | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario