La Mirada de Cristo

Algunas veces me he preguntado ¿cómo mira Jesús, a su amigo Pedro, después que éste lo ha negado? ¿Qué haría yo, cómo me sentiría con esa mirada? Negarlo, tristemente, es algo que hago a cada paso, cada día de mi vida, cuando, con mis actitudes e incoherencias, lo traiciono de nuevo. Y, como Pedro, también me he mostrado indignado de esa muerte cruel que el Señor sufrió, y como él, he dicho montones de veces que si yo estuviera ahí, estaría dispuesto a ir con Jesús hasta la muerte. (Lc 22, 33)

A través de esa mirada, el Señor le hace ver que su propia seguridad, su propia fuerza y deseo de seguirle hasta el final -su autosuficiencia- no son suficientes. Pedro no necesita tanto de sí mismo, sino del Amor de Cristo. Necesita vaciarse de sus seguridades y prepotencias, y dejarse llenar de la humildad y el servicio que Jesús le propone, como Cordero llevado al matadero. (Is 53, 7)

Y hay que aclarar algo. Lo que dice Pedro no está mal. Sus intenciones son buenas y sinceras. Lo mismo que tu propio deseo de enmendarte, tu intención de cambiar, tu anhelo de nunca apartarte de Cristo, también es sincero. Pero el problema de Pedro –el mismo de nosotros- es que pone una gran confianza en el lugar y persona equivocados. Pones tu vida en tus propias manos sucias y débiles, en lugar de ponerla en las manos de Dios, a ejemplo de Cristo. (Lc 22, 42)

Es ahí, en tu soberbia, cuando terminas pecando, engañando, cayendo, negando y traicionando. Traicionas a Cristo, porque te has traicionado a vos mismo, asumiendo la mentira de creer que con tu fuerza o conocimiento le servís mejor, que Él necesita de vos, y no vos de Él.

Cristo te ofrece todo su Amor, y vos preferís quedarte con ese pobre amor propio y exacerbado que te daña tanto. Cristo te dona su Vida, y vos preferís esa muerte que este mundo te presenta cada día, con cosas que tu alma no necesita. Él te presenta un Camino hermoso, que ves empañado por llenar tu vida de vacíos y mentiras. Nada de lo de este mundo te deja ver claramente el Amor de Dios por vos, cuando anteponés tu Yo “superhombre”, ante el hombre-Dios que clavado y desnudo en una cruz, intercede por vos. (Lc 23, 34)

De vos, de mí; claro está, debe surgir un deseo verdadero de seguirle hasta el final. Y éste es un deseo normal que inunda tu corazón, cuando has estado ya con Él. Cuando has compartido con Él, lo has visto, has comido con Él a diario. Ese deseo se moldea poco a poco, en el diario compartir con el Señor, en el Amor que Él te ha hecho sentir en su Presencia.

Pero tus fuerzas para amarlo nunca serán suficientes. Tus buenos deseos nunca serán los necesarios para afrontar los desafíos de este mundo.

Pedro tiene intenciones valientes y reales, se siente muy seguro de su fuerza (Lc 22, 50). Cree que su humano Amor y su fe son suficientes para cumplir esa promesa: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte”.

Sin embargo, el anuncio que Jesús le hace a Pedro, está muy lejos de ser una palabra llena de reproche o de rencor. Mucho menos tiene que ver con una burla por su poca fe o incoherencia. Las palabras de Cristo (Lc 22, 34), al contrario, están llenas de Amor y misericordia; son las mismas que te recuerda a vos y a mí, día a día.

Casi parece decirle a Pedro –y a nosotros mismos: “Yo sé quién sos, te conozco, conozco tus debilidades e impulsividades, tus errores y caídas, tus traiciones y engaños; pero a pesar de todo eso, Yo te amo, porque más aún, conozco tu corazón. Más allá de toda tu pequeñez, te cubre mi Amor. Yo no te amo por tus errores, sino más allá de ellos”.

Jesús es así. No tira la piedra, tiende la mano (Jn 8, 10-11). No reprocha ni se queja de nada, perdona todo (Mt 9, 5). No sabe guardar rencor, en su Corazón sólo hay espacio para el Amor (Jn 15, 13). Él es todo Amor, todo misericordia, todo bondad. Jesús no se niega ni se contradice a sí mismo; a pesar de las actitudes de tantos Pedros en el mundo, Él sólo atina a decir al corazón: “Yo te amo, aquí estoy”

A pesar de ser burlado por vos, por mí, nos sigue amando. A pesar de nuestro rechazo, no s sigue abrazando. Cristo no sabe otra cosa fuera del Amor, no sabe hacer otra cosa más que amar. Él sólo ama. Aunque lo vendemos con nuestra negación, Él nos paga con Amor; a pesar de nuestra mentira, Él sólo tiene Amor como respuesta. El Amor eterno, el Amor paciente y misericordioso (I Co 13). “No importa lo que hagás, Yo te seguiré amando”.

En vano, promete el hombre alguna cosa al Señor, cuando esa promesa está basada en su propio amor, en su sabiduría y fuerza. Tarde o temprano terminará negándose, traicionándose a sí mismo. Cuando el hombre se deja vencer por cualquier otra cosa distinta al Amor, termina siendo esclavo de aquello que ha ocupado el lugar del Amor. Incluso, esclavo de él mismo. Cuando el hombre no encuentra su fuerza y su sabiduría en el Amor, todo lo demás se le hace debilidad y esclavitud.

Es normal que el Amor surja de nuestro corazón (Gn 1, 26), sobre todo, si estamos en constante contacto con Cristo Jesús. Que conforme le vamos conociendo, también le vayamos amando más. Pero nuestro solo amor no es suficiente para amarlo como se merece, Nuestro amor no es capaz de amarlo con total fidelidad y donación. Nuestro amor, fuera de Él, lejos de Él, es débil e ignorante. Debemos decir como San Agustín: “Señor, dame lo que me pedís, luego pedíme lo que querás”.

Hacer promesas al Señor, fundadas sobre nuestro propio amor, es una locura e imprudencia, que terminará traicionándonos, antes que cante el gallo. Para amar a Jesús, para seguirle, es necesario su Amor perfecto. A Él hay que amarlo con su Amor perfecto.

Hay algo que transforma el amor egoísta y soberbio de nuestro corazón de Pedro (piedra), en un Amor sencillo, humilde, confiado como un niño que se deja guiar. Eso es la mirada de Cristo (Lc 22, 61). Una mirada que saca a Pedro de su encierro, de sí mismo y su amor emocionalista y superficial, y lo devuelve a la realidad. Cristo le presenta un Amor real, coherente, que duele. Cristo se le hace nueva Verdad, única Verdad.

Cristo se le hace Presencia real a Pedro, y él llora amargamente (Lc 22, 62). Cristo se le presenta humano despojado de todo, menos de su Amor, y Pedro se reconoce pobre, débil, pecador. Cristo siempre ha dado todo por él, hasta su propia Vida, y Pedro llora porque lo ha negado, ha negado a su Amado, y mirándose a sí mismo con la mirada amorosa de su Maestro, se descubre tal cual es, ni más ni menos, sino con la verdad: un traidor. Su Amigo da su Vida por él, y él se hizo su enemigo, al no aceptar ese Amor gratuito de Jesús.

Llora, porque puede verse a sí mismo como Cristo lo mira. Y mirarse desnudo ante el Señor duele. Sentirse amado por Él, en la forma que Él me ama, a pesar de lo que yo soy, duele. Pedro –y con él, cada uno de nosotros- cae en la cuenta de su realidad, hasta que se encuentra con la mirada de Cristo.

No es por el canto del gallo, que simboliza una de tantas alertas en nuestro caminar, para que vos y yo despertemos a nuestra realidad. Es por el mirar a Jesús, y dejarse mirar por Él; esa mirada que nos traspasa hasta el corazón, nos desnuda, y muestra nuestra débil humanidad, expuesta ante Dios.

La mirada de Cristo es de Amor. Amor real, como es real también su dolor por vos, por mí. Es la mirada que le dice a Pedro: “Levantáte y andá” (Mt 9, 5). Después de esa mirada amorosa y sin reclamos, Pedro ya no vuelve a ser el mismo. Su fuerza y sabiduría (I Co 1, 27) ya no radican en sí mismo, sino en saberse amado a pesar de ser pecador.

Así mismo, la fuerza del cristiano no está tanto en su amor hacia Dios, sino en saberse mirado, traspasado por Cristo, amado por Él. La mirada de Cristo trae al corazón del hombre, verdadero arrepentimiento de sus pecados; pero, sobre todo, deseo sincero de levantarse y caminar. De ser mejor, pues ese Amor tan puro del Señor por nosotros, sólo puede ser retribuido con Amor.

La fuerza del pecador, está en la confianza, como la de un niño en su Padre. Su fuerza está en que se sabe amado y perdonado. Nuestra debilidad, en el Amor de Cristo, se hace fortaleza. En nuestra pequeñez la Gloria del Amor del Padre, se manifiesta. Sólo se necesita un corazón arrepentido que reconozca su necesidad y sed de Él. Sólo se necesita un corazón que haya sido traspasado por la mirada amorosa de Jesús. Nuestro camino de fe se fortalece, cuando nuestro corazón se deja mirar con Amor.

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Toda su Sangre por tí…

¿Qué hay de esa Sangre que gotea desde la cruz? ¿Qué hay de esa sangre que cae al polvo de Jerusalén? ¿Te has puesto a pensar en esto? En que Jesús, clavado y flagelado, sangra. Y esa sangre baja por las ranuras de la madera, por los pliegues deformados de su piel herida, gotea haciendo un charco que cada vez se hace más grande.

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¿Hay alguien que la recoja? ¿Quizás tu Madre santa? ¿Quizás Juan o Magdalena? A lo mejor es tanta la sangre derramada que es imposible e innecesario recogerla… Quizás es María, que les impide a los demás recoger la sangre preciosa del Salvador; no porque Ella no sepa reconocer el valor infinito que tiene esa sangre, sino justamente porque sabe lo valiosa, fértil y redentora  que es para la salvación de toda la humanidad.

Quizás porque Ella, mucho más contemplativa y sabia, comprende que es necesaria esa ofrenda de sangre, para empapar la tierra con la santidad del Amor de su Hijo; y sabe –con el corazón lleno de dolor- que, para que este mundo dé frutos de Amor, Justicia y Paz, es necesaria plantar la semilla de ese Corazón traspasado, y fertilizarlo con la sangre del Cordero.

La Sangre de Jesús sigue choreando. Se pierde entre las piedras del suelo, o entre las astillas del madero. Sangre que fue derramada por vos, y por mí. Toda la sangre del Cordero de Dios, ofrecida sobre un alta infame y perturbador. Un altar vergonzoso, una víctima llevada al extremo de la humillación y burla.

¿Se merecía eso? ¡Nunca! Pero nadie le quitó la Vida, nadie lo condenó… Él, libre y voluntariamente, se ofreció como víctima del sacrificio. Se dejó inmolar.

No cabe acá la vanidad, el deseo de ser admirado y aplaudido. ¿Qué vanidad puede haber en semejante castigo? ¿Dónde cabe la vanidad en el cuerpo desnudo de ese “criminal”, a los ojos del mundo? Tampoco lo mueve la prepotencia, el deseo de mostrar su poder… No hay prepotencia en el Corazón traspasado de Jesús; porque, siendo Dios Hijo del Padre, niega todo su poder, se niega a sí mismo, su naturaleza divina, y asume en sí toda la debilidad del hombre, toda la pequeñez de la humanidad, todas nuestras culpas.

Su Amor es su motivo. Su Amor es su fuerza. Su Amor es su sabiduría.

No sólo Él mismo  -como persona- sufre en sí la humillación, el dolor, la injuria. Sino todo aquello que compone su ser y su vida. Su sangre es pisoteada por los curiosos, que le caminan encima con sus sandalias sucias, sólo para ver el espectáculo. Sus ropas puras blancas, son apostadas y sorteadas en un vil juego de azar. Su cuerpo, vendido por una miseria y exhibido desnudo y deforme ante un mundo indiferente, en ese espectáculo atroz.

Su inocencia, cuestionada y burlada, su fama de santidad, difamada. Quizás muchos dijeron: “Si está ahí en la cruz, es porque algo ha de haber hecho”. Probablemente muchos de sus antiguos seguidores fueron quienes lanzaron sus juicios y lo condenaron; quienes lanzaron la piedra.

Su Madre, tirada al olvido, abandonada, sin que nadie –ni siquiera los más cercanos-  pudieran entender y reconocer el enorme sacrificio de Amor que Ella también hacía. Su pueblo, denigrado, “¿acaso puede salir algo bueno de ese barrio marginal, lleno de pecadores e ignorantes?”

¿Y nosotros, hoy? Seguimos pisoteando su Sangre cuando la recibimos en la Eucaristía como si fuera sólo un poco de pan o un vino dulce, o cuando estamos en pecado grave, sin reconocer el sacrificio amoroso de esa víctima por mí. Seguimos jugándonos sus ropas cuando tiramos la comida a la basura, sabiendo que hay hermanos con hambre; cuando gastamos tanto dinero en ropas finas, mientras otros pasan frío en las calles sin tener con qué cobijarse; cuando nos quejamos de nuestro cuerpo “feo”, y ni siquiera nos volteamos a mirar o visitar a ese enfermo que muere en soledad en un insensible cuarto de hospital.

Cuando usamos nuestra libertad para vanidades y vicios, mientras la cárcel está llena de hermanos deseosos de una nueva oportunidad, para empezar de nuevo, usando sabiamente la libertad.

Seguimos vendiendo su Cuerpo, cuando permitimos abusos a mujeres y niños, y en silencio nos hacemos cómplices; cuando desechamos a los ancianos en un corredor sin sonrisas, cuando compramos el cuerpo de una mujer para satisfacer mi propio placer egoísta; o, incluso, cuando no sé esperar a la mujer que digo amar.

Y seguimos haciendo un show, un montaje, de la miseria del otro, para alimentar mi ego, para atesorar aplausos y reconocimientos. ¡Qué poco nos vale la vida del hermano!

Seguimos dudando de la inocencia del Señor,  para encubrir nuestro pecado; cuando denigramos al hermano y  exponemos su fragilidad, presentándolo desnudo e indefenso ante el mundo. Cuando hablamos a sus espaldas con murmuraciones. Sí, seguimos poniendo en tela de juicio la honradez de Cristo, para desviar la atención de mi propia iniquidad; olvidando que fui creado para amar y no para juzgar y señalar; olvidando que sólo Él es capaz de ver el corazón de cada hombre. Olvidando que Él ve y conoce mi propio corazón.

Y también seguimos olvidando a María, que es Madre nuestra también. Él mismo nos la confió y donó en la cruz; y la dejamos tirada en un rincón oscuro de nuestro corazón, cuando no le damos el valor a nuestras familias, cuando negamos y descuidamos la Vida, eligiendo la muerte. Cuando no defendemos el valor de la pureza, la humildad, la inocencia, la vida humana. Cuando rechazamos la Verdad del Amor y aceptamos la mentira de la vanidad y confort.

Seguimos, finalmente, destruyendo el pueblo de Cristo, cuando juzgamos a nuestros hermanos, por ser distintos, por hablar diferente. Por tener un color, credo, idioma o cultura distintas.

Cuando señalamos las zonas marginales, en lugar de construir y caminar con ellas. Cuando creemos que no valen la pena y que es mejor dejarlas abandonadas a su suerte. Cuando no hacemos el bien que deberíamos hacer por esos pueblos que mueren de hambre, enfermedad o guerra, porque estoy muy cómodo en mi cálida cama, seguro de mi dinero, feliz en mi poder.

Así es, Cristo sigue sangrando, su cruz de madera sigue tiñéndose de ese rojo oscuro, las piedras siguen sumergidas en ese charco de sangre. Ese Cristo de hace dos mil años es el mismo de hoy, que sigue sufriendo cientos de crucifixiones diferentes, pero igual de crueles. Sigue agonizando, abandonado en la cruz por nosotros mismos. Y sigue teniendo sed de Amor. De tu amor, de mi amor.

Y hoy, más que nunca, ese mismo Jesús clavado y coronado de espinas, nos lanza un grito agonizante desde la cruz: “¡Sígueme!”, Sígueme, porque todos los demás me han abandonado. Sígueme, porque necesito de hombres y mujeres que no condenen, sino que abracen; que no tiren la piedra, sino que tiendan la mano.

¡Sígueme! porque necesito más jóvenes que se hagan esclavos de la Voluntad de Dios, y esa voluntad siempre es amar. Sígueme, porque quiero amarte para que descanses en mi pecho y revelarte todos los misterios de mi Corazón. Sígueme, porque este mundo necesita valientes que no le teman a abrazar un leproso, besar a una prostituta o comer con un ladrón.

Sígueme, porque el mundo es mi cruz y estoy crucificado con él, y este mundo está sediento de Amor y misericordia, se siente abandonado, no encuentra el Camino, está lejos de la Verdad y ha renegado de la Vida. Sígueme, porque Yo quiero hacerte a vos, camino, verdad y vida para este mundo.

Sígueme, porque no quiero vivir yo solo esta Pasión, muerte y resurrección, sino que quiero decirte al oído, como un suave susurro: “Ya no vivís tú, soy Yo quien vive en ti”. Ven, y juntos clavémonos a la cruz del Amor, para que tu sangre y la mía, hechas una sola; se derrame por el mundo y para el mundo, empapando los corazones duros y fríos, del Amor que quiere darse una vez y para siempre.

Esa es la cruz de Cristo, empapada de Amor, que nos invita a empaparnos con Él de toda su pasión y entrega. Cruz que se nos hace signo de grandeza y majestad. No seguimos a cualquier hombre, seguimos al Hombre (Ecce homo), Hijo predilecto del Padre, Rey de reyes, que nos ofrece la Vida eterna y la misericordia infinita de Dios. Ese Camino sólo nos puede conducir a un lugar: el corazón enamorado de Dios, que se derrama y vacía por toda la humanidad, por cada uno de nosotros. Es el Amor que dándolo todo, no quedándose con nada, da hasta la vida.

Sí, tu deuda está saldada. Es el Amor quien lo ha hecho posible. Y el Amor, sólo con Amor se paga… Como decía san Agustín. “Ama, y haz lo que quieras”.

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Antes de Cristo

La vida de todo cristiano no puede quedarse impasible ante el paso, la Pascua de Cristo por sus vidas. Una vez que Cristo pasa, derramando toda su Vida sobre nosotros, todo su Amor, perdón y Misericordia, no podemos volver atrás.

Cada ser humano, al mirar cara a cara a Jesús, experimenta un salir de la tumba, un salir de la oscuridad, una resurrección, una nueva vida, iluminada por su Gracia, que permite vernos a nosotros mismos, tal cual somos, ni más ni menos, sino poco a poco, con la mirada de ese Jesús que, desde la cruz nos susurra al corazón: “-yo te perdono porque te amo, este sacrificio es por vos”.

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Así, es. Antes de Cristo, nuestra humanidad débil y limitada era camino de pecado, perdición y de muerte. Nosotros mismos habíamos traído el pecado a nuestra alma, al desobedecer al Amor. Nos alejamos de su abrazo protector al sacarlo de nuestra  vida -porque a menudo su Verdad estorba e incomoda- y colocar nuestras vidas tan pequeñas en su lugar. Él no se alejó de nosotros. Nosotros, por nuestra prepotencia, nos alejamos de Él.

Fuimos nosotros quienes, en esa libertad  mal entendida, tomamos el martillo y los clavos, para que ese Jesús Amor, dejara de molestarnos e interpelarnos. Sin temblar siquiera, y casi mirando a través de los huecos de sus manos como si no existiera, lo coronamos con las espinas de nuestros temores, desconfianzas, desobediencias y vanidades. Lo cargamos con una cruz llena de dudas y mentiras. Y lo quitamos de nuestro camino, siendo Él mismo el Camino.

Nos alejamos de su Luz, y la oscuridad invadió nuestro sendero de Emaús, y nos perdimos de Él. Nos alejamos de su fuego purificador, y el frío invadió nuestra alma, y dudando, trastabillando, tropezamos piedra tras piedra.

Nos alejamos de su Palabra verdadera, y nos dejamos engañar y creímos como verdad una vil mentira. Nos alejamos de su Vida eterna, y entró en nosotros la muerte. Tomamos muchos atajos, y nos desviamos del verdadero Camino de la cruz, que lleva a la salvación.

Pero Cristo, inquieto Hijo de Dios y fruto del Amor, asumió el llamado de su Padre, se hizo hombre, y habitó entre nosotros; y al hacerse hombre, exaltó nuestra humanidad y la elevó a su perfección. Se bajó, Él mismo, hasta donde nadie más podía bajar, y nos enseñó que el Camino de la Santidad y del Amor, siempre es en bajada, lejos de orgullos, soberbias, vanidades, libertinajes y frialdades. Nos marcó de nuevo la ruta, con su propia Sangre, y nos acercó a su Corazón que se vació totalmente de sí mismo, para llenarlo con nuestro amor. Nos dijo al corazón: “ ¡Tengo sed!”.

Hizo de nuestra débil y frágil humanidad, camino de salvación. Se bajó, haciéndose hombre (siendo Él Dios), para hacer del hombre, Dios, imagen perfecta del Padre. Y entonces hizo de cada hombre, un sagrario divino. Bajó a nuestra humanidad, para exaltar esa humanidad hasta su altura, elevándola a su ser divino. Jesús se hizo hombre, para poder caminar con la humanidad entera hacia su divinidad, divinizándonos a nosotros mismos en Él.

Nuestra desobediencia quedó tachada ante la obediencia de su Amor. Nuestra fragilidad en el pecado, quedo doblegada bajo el poder de su Amor, que venció todo pecado.

Nosotros lo sacamos de nuestra vida, y Él se hizo Vida para habitar en y con nosotros. Más aún, donó su Vida, en favor de la nuestra, y así, nuestras vidas quedaron, para siempre justificadas en su Amor.

Nosotros lo alejamos con la mentira, y Él se nos hizo Verdad única y absoluta. Nosotros tomamos el camino ancho, y Él, en su Amor, se hizo Camino de salvación y perfección.

La fe que nos legó la resumió en una sencilla palabra de 4 letras que es tan inmensa y profunda como Él mismo: Amor. Sí, el Amor se hizo respuesta. Respuesta a cada pregunta del hombre. Nos enseñó a  ser creyentes.

Creyentes no en un dios a nuestra medida, no en un dios, castigador, o un dios que nos limita y esclaviza. Tampoco en un dios excluyente u olvidadizo de las necesidades de sus hijos. Menos aún en un dios inmisericorde o abusador.

Jesús nos mostró un Dios con corazón de carne, un Dios enamorado de sus hijos, un Dios misericordioso que sólo sabe perdonar, un Dios desnudo que se muestra sencillo, sin máscaras, sin apariencias falsas. Un Dios, pobre, porque lo da todo, y nada se deja.

Un Dios libre desde una libertad perfecta, basada en la donación a los demás y el deseo de un mundo más igualitario, justo y lleno de Amor. Un Dios que se pone de rodillas y sirve a los demás. Un Dios que no teme ensuciarse de pecado, porque su Amor lo sobrepasa. Un Dios para todos, y no sólo de unos cuántos. Un Dios que nos dijo: “-cualquiera puede ser santo, porque todos son mis hijos”.

El camino que se recorrió para esto traza una línea perfecta de salvación. Al primer hombre lo venció el miedo desde su pequeñez y limitación. Y Cristo hombre cambió el miedo por Amor, la pequeñez por servicio y la limitación por eternidad.

Una mujer desobedeció a Dios por vanidad; otra Mujer, por la obediencia que da un Amor humilde, nos abrió la puerta a la Misericordia del Señor. Y a diferencia de aquél fruto, Cristo se hizo fruto liberador en el árbol de la cruz. No nos dijo qué hacer, primero lo hizo Él mismo: amó hasta el extremo.

Nuestra humanidad dejó de ser camino de perdición, cuando Cristo hombre se hizo Camino de santificación. Es el Amor quien lo hizo posible. Es el Amor quien perdonó. El Amor venció al mal. Es el Amor quien reveló la mentira, y rehizo el Camino y nos engendró a la Vida eterna.

El Amor que nos trajo la alegría del vino nuevo cuando todo parecía perdido. El Amor que nos dio la esperanza de una pesca milagrosa, cuando parecía que habíamos sido derrotados. El Amor que hace posibles grandes cosas con sólo 5 panes y dos peces. El Amor que pone la otra mejilla, el Amor que carga la cruz hasta el final ya sin fuerzas. El Amor que es capaz de darlo todo a todos.

Ese Amor hecho hombre, quien  nos llamó a la divinidad desde nuestra humanidad y nos invitó a la fortaleza desde nuestra debilidad y a la sabiduría desde nuestra ignorancia.

Solamente el Amor fue capaz de transformar lo intransformable, y reescribir nuestra historia. Sólo el Amor cambió lo imposible en posible, e hizo posible en nosotros la perfección de su Imagen y Semejanza.

Es ahí, en nuestra pequeñez, donde Cristo se hace grande. En la pequeñez del ser humano, Él traza un Camino a seguir hacia la grandeza de su Amor, un modo de vivir ese Amor, un estilo de vida real y coherente, que sólo puede lograrse desde su mirada.

Mirada que nos mira con locura apasionada. La mirada de Cristo que nos hace ver, vivir y sentir su paz. Que hace posible creer y saber que somos amados, a pesar de ser pecadores.

Es ahí, en nuestra insignificancia, que Cristo le da significado a nuestras vidas. Ahí, justo donde fuimos amados primero, fuimos también salvados, para que, como hombres limitados, llegáramos a ser imagen perfecta y divina del Amor.

Esto, mis amados amigos, es el milagro del Amor que se gestó en la cruz, y nos trajo la Vida eterna.

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No hay Amor más grande…

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¿Cuántas veces nos hemos sentido indignos del llamado que Dios nos hace? ¿Cuántas veces hemos puesto mil excusas ante ese Dios de Amor que nos dice “¡Sígueme!”? Huimos al compromiso con Él, porque sabemos que seguirle, es enamorarse para siempre de su Llamado, de su invitación amorosa, del Camino que nos propone, de la Verdad que nos revela, de la Vida que nos obsequia.

Seguirle es todo menos comodidad. Todo, menos pasividad o aburrimiento. Seguirle es cambiar nuestros planes, abandonar nuestro propio control de este don de la vida que Él, por Amor, nos regaló alguna vez. Seguir a Cristo es perdernos a nosotros mismos, para encontrarnos en Él.

No hay nada que temer, y sí, mucho que agradecer, pues descubrís que Jesús te llama porque te ama.

Él clava tus brazos a su cruz, para que, levantados, podás bendecir a tus hermanos, abrazarlos y darles fuerza. Él corona de espinas tu cabeza, para que tus pensamientos no se desvíen de los suyos, para que tu único pensamiento sea el de servir a tus hermanos más pequeños, por Amor. Él ha dado vinagre a tus labios, para que de tu boca solamente broten bendiciones, sonrisas, palabras de fe y esperanza. Él ha traspasado tu corazón, para hacerlo uno con el Suyo, para que brote la fuerza de su Amor en vos. Él te ha desnudado totalmente de tus seguridades, de tus miedos, de tus vanidades, para que solamente te abandonés a Él, y podás entregarle lo más valioso que tenés: tu vida entera, tu corazón.

Dios no busca santos con aureola. Te busca a vos, tal cual, sin máscaras, auténtico… A vos que le buscás cada día, no porque sos muy bueno, sino porque tenés mucha necesidad de su Amor. Te busca a vos, que se reconoce limitado y pecador, pero sediento de Él. A vos, que, como su Hijo, clama en la cruz: “¡Tengo sed!”. Sed de su paz, de su compañía, de su fuerza. A vos, que tantas veces te has sentido abandonado de todos… y volvés tu mirada a Aquél hombre clavado en una cruz, con los brazos abiertos.

No. No depende de vos. No es necesario cumplir ciertos requisitos o tener un currículum. Basta con que le reconozcás Padre y te dejés amar. Basta un corazón vacío que busca ser llenado. Basta un corazón arrodillado, humilde, unas manos elevadas en posición de súplica, una frente sudorosa tocando el piso de tierra, unas rodillas dobladas bajo el peso de su propia pequeñez. Basta bajar para llegar al Corazón de Cristo… O mejor aún, para que Él llegue a cada uno de nosotros.

¿Que no sos digno? ¿Que sos un pecador? ¿Que vos sabés lo que sos? Y Dios, mirando tiernamente a los ojos te responde: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se lo concederá.” – Jn 15, 16

Dios sólo te pide una cosa, como una vez lo exclamara san Agustín de Hipona: “¡Amá y hacé lo que querás!”. Amor, Cristo tiene sed de tu Amor. Amá, misionero. Amá el llamado que el Padre te hace hoy. Y no temás. Quitá tu miedo, y poné, en su lugar, Su Amor. Porque “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).

No temás, que si Dios te llamó, ¿puede acaso equivocarse su Amor? No creás que no sos capaz lo que te pide, ¿acaso no ha puesto, en vos, primero la fuerza de su Amor? Ese Amor capaz de trascender, de cerrar los ojos y lanzarse al abismo de la fe, insondable misterio de su Amor por vos, por mí.

Amá. Que cuando se ama con un gran Amor, no hay ningún sacrificio capaz de doblegar tu corazón, henchido de ese fuego abrasador que te consume, que ninguna tormenta es capaz de apagar, ningún sol es capaz de secar… Amor a prueba de todo. Amor clavado al mismo Corazón santo de Cristo.

Amor que brota de la cruz. No hay misionero de Cristo, sin la cruz. La cruz es el Camino hacia el Amor perfecto. La cruz es inseparable de la misión que Dios te pide. Un Amor que no se crucifica, es un Amor que no da frutos. El camino de la misión es la cruz. Abrazála, porque en ella, está Cristo desnudo. Cubrí su desnudez con tu Amor. Saciá su sed con tu amor. Acompañá su soledad, con tu Amor.

Amor que te baja. Que te hace Camino hacia Jesús para tus hermanos; que te hace pequeño, pero nunca insignificante, pues el significado de tu vida se define en una palabra que lo dice todo: Jesús. Amor que te acerca a lavar los pies cansados, levantar a los caídos, sanar a los enfermos, dar de comer a los hambrientos, vestir a los desnudos, visitar a los cautivos, liberar a los esclavos, amarlos a todos. A todos, porque en todos descubrís el rostro crucificado de Cristo.

Cuando un pobre hombre vuelva sus ojos solitarios hacia vos, cuando una mujer llena de arrugas te empape con sus lágrimas de dolor, cuando un niño hambriento corra esperanzado a tu lado… Vos, misionero, que has buscado tanto a Cristo, le podrás descubrir en cada uno de ellos, y tu Amor limitado no encontrará barreras para darse, en esos corazones deseosos de saberse amados.

No. Seguir a Jesucristo no es cómodo. ¿Quién puede estar cómodo, cuando se está clavado a una cruz? Pero es en la cruz de donde brota la Vida eterna, la salvación, la esperanza. La cruz es signo de contradicción para este mundo hedonista y superficial. Sé vos mismo signo de Amor contra el odio, de paz contra la guerra, de alegría contra la amargura, de esperanza contra el desaliento. De valor contra el miedo.

No, no hay nada que temer, y todo para amar. El Amor será la respuesta. Justo ahí entenderás por qué Él te eligió a vos… Porque Él te amó primero (I Jn 4, 19).

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Uno + Uno = UNO

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En un cántico de Efesios que se hace en las vísperas, dice algo muy hermoso: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos consagrados e irreprochables ante Él por el Amor” (Ef 1, 3-10).

Desde antes de ser engendrados; aún más, desde antes de la creación del mundo, el Señor nos había elegido y nos había consagrado al Amor. A Su Amor.

Ya había proyectado para nosotros un plan de vida: Amor. Pues el Amor lo es todo. Y ¿cómo definir el Amor? ¿Qué es el Amor? El Amor es. No podemos decir más. Definirlo con una palabra sería limitar a Aquél que es ilimitado, encerrar Aquél que es libertad, oscurecer Aquél que es Luz, secar Aquél que es fuente de Agua Viva, callar Aquél que es Palabra, matar Aquél que es Vida eterna. El Amor es. Punto.

¿Qué más se puede decir? Nada. Hablar del Amor es ilógico, vacío, insuficiente. La única forma de manifestarlo es siendo Amor. No se puede decir nada, pues no se puede agregar nada a quien es la Palabra. Palabra del Padre. Palabra de Amor. 

Y nosotros debemos ser con ese Amor. Hacernos uno con Él. Porque para ser con Él, debemos unirnos, sumergirnos, perdernos en la totalidad del Amor para encontrarnos en ese mismo Amor. Para ser el Amor, debo dejar de ser yo y empezar a ser Él.

San Pablo lo menciona en sus cartas: “Cristo es la cabeza y nosotros el cuerpo.” Sin el cuerpo, la cabeza no lograría vivir. Sin la cabeza, el cuerpo estaría muerto.  Uno tiene necesidad del otro. Se necesitan ambas partes para conformar un solo cuerpo.

Perderme en Él y dejar de ser yo; no significa no hacer nada, no poner nada de mi parte o cruzarme de brazos. De hecho, esto quiere decir todo lo contrario: entregar todo lo que soy, todo lo que tengo, cumplir mi parte, mi función, hacer lo que me corresponda desde la parte del cuerpo que Dios me llama a ser.

Lo importante es recordar y entender que, sea cual sea mi parte, mi misión… debo desempeñarla siempre con, por, para y en el Amor.

Ser parte del Amor, es decir, del Cuerpo de Cristo, significa participar con Él de todo y en todo; pues lo que la cabeza ama no puede rechazarlo el cuerpo, lo que la cabeza sufre no puede no sentirlo el cuerpo, lo que la cabeza desea no puede ignorarlo el cuerpo, lo que la cabeza entrega no puede retenerlo el cuerpo; pues conforman una unidad, no sólo física, sino, más allá de esto, es unión espiritual, emocional, psicológica, mental, total.

Así es como debe ser igualmente la unión entre dos personas que se aman. Dos esposos, por ejemplo.  Un matrimonio, dos personas unidas por el Amor, dejan de ser dos, para hacerse uno, unidos ambos al cuerpo de Cristo. Ambos, formando un solo cuerpo, forman parte del único cuerpo de Cristo.

El Amor, en cada cristiano –y de vital importancia en el matrimonio- debe ser una entrega total y sublime de uno en y para el otro. Doy mi todo al otro, para dejar de ser “yo” y crear juntos un “nosotros”. Me hago don para el otro. Mi “yo” encuentra su complemento en un “vos”, creando esa unidad perfecta construida y enlazada para siempre sobre el Amor.

Ya no puedo pensar de forma egoísta, por mi cuenta, pensamos en conjunto. Ya no puedo luchar por mi cuenta, luchamos juntos. Ya no puedo buscar por mi lado. Buscamos juntos, reímos juntos, lloramos juntos, caminamos juntos, construimos juntos.

Miramos hacia el mismo horizonte. Anhelamos la misma cima, entramos juntos al Paraíso, ganamos la misma corona de Gloria. El Amor, en el matrimonio, es y debe ser, un testigo fiel de esa unión que todo cristiano debe tener con Cristo. El cuerpo con la cabeza. Uno y el otro juntos. Dos que se encuentran y se unen en un punto medio: ese es Cristo Jesús.

Cuando dos seres que se aman, se unen en santo matrimonio, bajo la amorosa bendición del Padre (en el sacerdote; es decir el sacerdote debe ser reflejo puro y transparente del Amor del Padre), y se hacen un único cuerpo; su corazón debe ser Cristo que es el Amor.

Deben comprender que ambos tienen por obligación –que se vuelve más bien servicio gratuito, misión deseada y anhelada- desear la santidad y perfección del otro desde el Amor. En su corazón debe arder la misma llama del Amor. Entre más nos entregamos al otro, más arde en nosotros el fuego del Amor, pues la llama crece cuando se comparte y, por lo tanto, más podrá iluminar nuestra vida la oscuridad de otros.

Ahora, imagináte una pareja que se hacen un solo cuerpo y corazón desde el Amor que arde, ¿cuánto pueden iluminar? Dos corazones que arden, y se hacen uno… El Amor entre más se entrega, más se enriquece y aumenta.

“Negáte a vos mismo” (Lc 9, 23). El mejor consejo que nos pudo dar Jesús fue éste. El Amor surge de esa negación. De ese darme por completo, morir por Amor al otro. En la unión de dos que se aman, se realiza -bajo el sacramento del matrimonio- justamente esto: cada uno se niega a sí mismo, muere a sí, para hacerse, junto al ser amado, un nuevo ser. Uno sólo. Una sola carne.

Cristo se une a su Iglesia como el hombre que ama, se entrega todo a su amada.

Es la analogía más perfecta y santa que tenemos de ese Amor que tiene Cristo por su amada Iglesia. El Señor se da todo, hasta la vida misma, para dar Amor y Vida a su amada.

Y esa unión entre el hombre y la mujer manifiesta, desde la pureza del Amor que da Dios, la comunión del Señor con todos nosotros: Uno sólo, para siempre nuestro, y nosotros de Él. De ese Amor que nos amó primero (I Jn 4, 19).

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¿Dónde está Dios?

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En un mundo que nos ofrece fama, dinero, poder y placer. En un mundo donde lo más fácil es lo más cómodo; donde lo que hace más bulla es lo más llamativo. Donde la paz se consigue por medios erróneos y superficiales.

Donde el hombre se hace como un dios pagano, centro individual y egoísta de su propia existencia. Ser egocéntrico que no puede ver más allá de su propio ombligo. Donde el problema de mi hermano no es mi problema. Donde valorás a los demás en cuánto a lo que tienen. Donde valés en la medida que producís. Donde nos exigen a tomar partido por un color, un equipo, una ideología política, más allá de nuestros valores y creencias.

En este mundo donde lo importante es tener fama, riqueza, mujeres, o un nombre de peso. Donde lo que importa y te da valor es como te ves, cómo te vestís, cuántos títulos coleccionás. Lo que tenés y no quién sos.

Donde se elige a menudo el camino ancho y se deja de lado el camino de la cruz… En este mundo, que con cada tragedia, desastre o injusticia grita sin pensar: ¿dónde está Dios?

Hoy es hora de levantarnos, ¡cristianos! Y hacerlo presente. Dios está en vos, en mí, en nosotros. Hacemos real a Cristo cuando vivimos el Amor. Cuando decidimos, como decía san Juan Bosco, hacer del Evangelio de Cristo, nuestra única política.

Respondemos a la pregunta de “¿dónde está Dios?” en la medida que morimos a nosotros mismos y hacemos a Cristo Vida en nosotros. Cuando el Amor vence nuestro egoísmo. Cuando la paz vence nuestra ira, o el perdón nuestro rencor.

Cuando a los insultos respondemos con bendiciones. Cuando a las groserías devolvemos silencio. Combatimos con paz a las guerras. Cuando a la desilusión y la derrota, devolvemos esperanza. Cuando a la tristeza y temor les presentamos nuestra bandera de alegría, nuestra sonrisa.

Cuando al odio le devolvemos Amor. Y al resentimiento donamos perdón. Cuando aplastamos al pecado con la Gracia; cuando secamos las lágrimas con besos, las soledades con abrazos, los gritos y blasfemias con “te amos”.

Vale la pena este Camino, porque tenemos la certeza que es el único, el Camino correcto, pues fue Jesús mismo quien lo trazó y lo hizo propio. Él mismo se nos hizo Camino de Verdad y Vida.

La superficialidad del mundo, que vive de apariencias. Sus injusticias, divisiones, esclavitudes y abusos. Su soledad, sus vacíos. Su guerra y su muerte, desesperanza y agonía… son producto de haber sacado a la Vida misma, al Amor vivo y real. ¡A Jesús de nuestras propias vidas! Y entonces ¿dónde está Dios?!!!

Justo ahí.

Ahí en tu corazón, en tu interior, en tu cielo. Tu propio paraíso, el paraíso que Dios quiere habitar: vos mismo. Te toca a vos y a mí hacer a Cristo Vida, hacerlo Verdad, hacerlo Camino. Y eso se vuelve realidad en el momento que amamos.

Cuando amamos, respondemos a la pregunta: ¿dónde está Dios? Está en mi vida diaria, está en todo lo que hago, grande o pequeño. Está en mis silencios y mis palabras. Está en mis preguntas y respuestas. Está en mi trabajo y mi descanso. En mi tiempo y en mi eternidad. En mi nada y en su Todo.

Cristo está y es vida cuando amo; cuando en todo lo que hago, digo o pienso pongo el Amor.

Nos toca a nosotros hoy responder a esa pregunta con nuestra propia existencia. Y, como san Pablo, decir sin miedo a equivocarnos: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20). Sólo cuando nos hacemos realmente Amor, hacemos Vida a Cristo en nosotros.

¿Dónde está Dios? Amá. Ahí lo encontrarás. Lo encontrarás en tu vecino que sufre, en tu madre que está enferma, en el niño que te pide algo de comer, en la hermana que necesita un abrazo, o el amigo que te apoya. En el adicto que busca salir, en el preso que desea ver el sol, en el joven que busca en la basura un trozo de pan negro.  Incluso en tu enemigo. Cuando amás, es imposible no ver a Dios.

Amá y, más pronto de lo que creés, estarás encontrando a Dios en cada momento de tu vida. Bastará mirar al espejo –amando- para saber que ahí está Dios; que en su Hijo, se hizo Él a nuestra imagen y semejanza.

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En lo secreto

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El Amor no busca el primer puesto, sino el último. No busca aplausos, se hace a un lado, para que nadie lo proclame rey. El Amor es pequeño en tamaño, y grande en fuerza y pasión.

Tampoco se manifiesta en muchos likes, en títulos u homenajes. No es cuestión de concursos o de obras materiales. El Amor hace porque primero es. Nunca se vanagloria, ni se engríe; sino que busca pasar desapercibido, aunque esto le resulta prácticamente imposible, pues su mayor manifestación es justamente su humilde y silenciosa entrega.

El Amor no se viste con ropas de marca, se queda desnudo ante el mundo en una cruz. Camina descalzo, come lo necesario, agradece todo, se hace niño, se acerca a los que están lejos, habla a los que tienen miedo, perdona a los que no se perdonan.

Viaja a pie, con la gente sencilla. Se sienta en el suelo con los que no tienen nada. Se deja tocar por los que nadie se atreve ni siquiera mirar. Y llama. Llama porque ama.

Si Cristo –el Amor mismo- estuviera hoy entre nosotros, ¿cómo sería? Probablemente no tendría fotos en el facebook, o algunos cuántos ya lo hubieran reportado y le hubieran cerrado el perfil. A lo mejor los medios pasarían hablando de la forma ridícula de hacer todo gratuitamente, investigando si no tendrá algunos negocios turbios detrás de esa mirada tan serena.

Y es que el Amor, el verdadero Amor, para el mundo de hoy, resulta incómodo.

¿Un Amor que da sin recibir nada a cambio? ¿Sin ganancias? ¿Sin cobrar intereses? ¿Sin fama? ¿Qué quiere pasar desapercibido? Este mundo no entiende de ese tipo de Amor que perdona al mismo que lo niega o rechaza. Ni de ese Amor que no tira la piedra sino que abraza. O que da de comer a quien antes se ha burlado de él.

Sí. Este tipo de Amor estorba. Estorba porque te cuestiona desde tu propia realidad. Porque hace justamente lo contrario de lo que este mundo ofrece. Porque te pide hacerte tan tan pequeño, que solamente Cristo te note. Un Amor que te inquieta, y te invita a negarte a vos mismo.

Negar tus propios deseos. Negar tus vanidades. Y te mueve a la Verdad, aunque tengás que enfrentarte a las críticas a tu espalda, al abandono de tus amigos, a la incomprensión de la sociedad. Amor que te hace pequeño, que empequeñece en vos el orgullo, la prepotencia, la vanidad, el deseo de sobresalir.

Así es el Amor de Cristo por nosotros. Un Amor que guarda silencio ante nuestras ofensas. Que no deja de actuar en nuestras vidas, que es incansable, que nos ama con locura; tanto, que siendo el más grande de todos, se hace el más pequeño de los hombres, el último, el servidor de todos, incluso hasta quedarse entre nosotros en un pequeño trozo de pan con el tamaño justo de nuestros corazones.

Un Amor que trabaja en lo secreto. Que no busca grandes resultados, porque reconoce que muchas veces sale vencedor en la derrota, en la humillación. De hecho, el Amor echa frutos cuando primero ha echado raíces sobre el terreno fértil de la cruz; trazado en dos direcciones. Dos leños que nos indican el Camino a seguir. Amor hacia Dios (vertical) y hacia nuestros hermanos (horizontal).

Amor que se clava por los demás. Que se sube a una barca hedionda a peces, que huele a oveja –decía el Papa Francisco- porque se ha hecho una de ellas. Que nos llama dulcemente por nuestro nombre para que le sigamos. Que se sienta en el suelo y juguetea en el polvo, como un niño más. Que se ensucia y no teme abrazar a su enemigo.

El Amor que sale a las calles, el de los pobres, las prostitutas, los adictos, los homosexuales. El de los niños, los ancianos. El de los que este mundo ha tirado al olvido.

Ese, justamente, el Amor que Cristo nos enseñó a vivir. El Amor que Él mismo nos invita a hacer realidad. Que no se hace mayor por estar en redes sociales, sino por doblar más rodillas y escuchar más la Voluntad de Dios. El Amor que se construye en el diálogo diario y personal con Dios, en lo secreto de nuestros corazones, para escuchar mejor su Voluntad. El Amor que calla y escucha.

El Amor que tiene la mirada puesta en Cristo. En ese Jesús con los brazos abiertos en la cruz. El Amor clavado en la cruz que nos indica el Camino más directo para llegar al Corazón del Salvador.

Que no se distrae de lo que realmente es importante, no de hacer, sino de ser. No de hablar mucho, sino de orar mucho. No de ganar ante el mundo, sino de ganar al mundo para Dios. No de ser el más grande para que me vean, sino ser el más pequeño para que sólo me vea Él.

A eso nos invita ese Jesús enamorado. A amar sin razón. A amar no para ser vistos, sino para hacer notar a aquellos que nadie ve. A ese Amor sin protagonismo, libre de las vanidades y vacíos. Amor que hace mucho y habla poco; que hace todo en silencio, con Dios como único testigo.

Más allá de fotos, más allá de reportajes de revista, más allá de un número de seguidores o de likes, el Amor de Cristo se vive desde adentro, en esa relación estrecha e íntima de quien se sabe unido para siempre a su Creador. Entre Él y vos.

Un cristiano auténtico, que ama de verdad, se hace a un lado, para que en las obras de Amor que realiza, no lo vean a él, sino a Cristo mismo. No busca el primer lugar, se hace el último. No se atreve a ser feliz solo. No sube peldaños para creerse mejor, sino para ayudar y servir de forma más perfecta. No mira hacia abajo a los demás, sino desde abajo, para aprender y amar a todos. Es el que sirve, nunca el que quiere ser servido.

El Amor en lo secreto del corazón de Cristo. Que habla sin palabras, que se muestra sin fotografías, que es Vida, real, tangible. Capaz de locuras sin sentido para este mundo. Pequeñito, humilde, como el de un niño. El Amor que nadie nota, más que Cristo; y que te hace semejante a Él. El Amor que cede el lugar al verdadero protagonista: Cristo pobre, Cristo desnudo, Cristo niño, Cristo enfermo.

El Amor santo y para siempre. El que me hace exclamar que “no vivo yo, ¡sino Él en mí!”.

El Amor que se abaja para levantarte; que se acerca para calentarte; que se calla para escucharte; que se esconde para servirte; que se manifiesta en los pequeños detalles para sorprenderte.

Que gana cuando se pierde a sí mismo en favor de los más débiles. Que vive cuando se entrega para salvar a los pecadores. Que construye cuando todo alrededor parece destruido, y se enaltece cuando se ha humillado hasta la última gota de sangre.

Amor de brazos abiertos, pies en la tierra y ojos elevados al cielo. Amor poco atractivo para este mundo, pero al fin de cuentas, Verdadero Amor. El Amor de Cristo. El de los que nos llamamos cristianos.

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