Los VIP de Dios

El término VIP -que hoy es tan tristemente usado-, nunca me ha gustado. ¿Acaso existe gente más importante que otra? O ¿Dios ama más a unos que a otros? Sabemos todos que la respuesta es no. Esto es un invento más de este mundo para crear más división entre los hermanos. Dichosamente, para Dios-Amor, todos somos very important people. Les dejo esta historia:

Jesús-ChildrenYa el reloj da la 1:30p.m. Suena la campana. Es hora de deporte. Cuatro chicos se alistan con sus tennis viejas y rotas –no tienen más, tampoco necesitan más-, sus pantalonetas algo viejas y sus camisetas con huecos.

Van felices, sonríen y bromean. Bajan por el callejón estrecho y maloliente, lleno de basura, rodeado de latas herrumbradas. Se acaban las gradas de concreto, y siguen por el trillo de barro. Huele a animal muerto. Ejércitos de moscas revolotean sobre sus cabezas. Cabezas despeinadas o rapadas. Al principio, intentan alejar las moscas con sus manos. Luego, ya no insisten más. De todos modos, son parte del paisaje.

Al otro lado de la plaza –si se puede llamar así a ese planché despedazado, con huecos, montones de hierba alta creciendo entre las rendijas y alrededor, con basura agria secándose al sol y emanando sus gases-. Al otro lado de ese pedazo de concreto viejo, se ven los niños, se oyen sus risas chimuelas.

Aunque son ellos los que han visto primero a ese curioso grupo de muchachos; y, entonces, empiezan a cuchichear, señalándolos y murmurando sobre su presencia. Los observan, algo tímidos, pero luego, al ver el balón rojo que cargan, se miran entre ellos, confiados y contentos.

A un gesto de uno de los jóvenes, se vienen corriendo alegres, sonrientes, exhalando confianza e inocencia. Traen sus trompos de plástico o madera. Es el juguete de moda. Algunos sonríen, sin dientes. Otros llaman a uno de los chicos: “¡Barrabás! ¡Barrabás!” (el apodo que los niños le han puesto por su larga barba) y se ríen a carcajadas.

Los más chicos tienen como 5 añitos. Los mayores unos 11 ó 12 años. Niños y niñas. Todos juegan, todos participan. Todos se van uniendo despacito, a la fiesta que se aproxima. Los olores, la alta hierba, los miserables ranchos de latas donde viven les son totalmente irrelevantes. Lo importante es reír, jugar, divertirse.

Dejan de llamar “Barrabás” al joven, cuando él empieza a preguntarles sus nombres. “Yo soy Mario”, “yo me llamo Karla”, “él se llama Emmanuel, pero le gusta que le digan Negro”; y señalan a un chiquitín de unos 5 años. Elliud, Bryan, Ismael, Douglas, Kevin, David, Josué, Minor, Melanie, Nati… “¿Y usted cómo se llama?” “Christian”, les contesta el joven de barba desordenada. Y se aprenden los nombres de cada uno de los muchachos, con una infantil y emocionada rapidez.

Acá, en esta ruinosa plaza, el calor es aún más asfixiante, por los hedores de la basura, que emanan del suelo sobre el que está construido la casa de formación de los jóvenes y este precario (favela, barrio marginal). Y la basura se sigue acumulando en este caserío, donde crecen estos preciosos niños.

Una de las niñas –Melanie-, que les sonríe siempre con su sonrisa sin dientes, les dice a los chicos que ahí hay agua, por si quieren tomar, y les señala un plástico de galón de helados con agua hasta el borde, y un vaso plástico gastado y lleno de manchas.

Ellos no tienen sed, pero no quieren rechazar su amigable invitación. Toman el vaso –el cual es comunitario, todos los niños toman de él- y uno a uno, cada joven bebe un poco de agua, la cual tiene un sabor extraño y oxidado. Y prefieren pensar, imaginar que a lo mejor, así sabe el Amor. A ellos les han dado mucho más que a Cristo crucificado, que le dieron tan sólo un poco de vinagre. Ellos, para esos pequeños, son de verdad “unas personas muy importantes”.

Los equipos se han dividido, y todo está listo para el partido de fútbol callejero. La pelota se lanza al aire y empieza la mejenga (así se le llama en mi país a ese tipo de encuentro deportivo). Los cuatro muchachos ni se concentran en el deporte; sólo se pierden en las risas de los infantes, en sus vocecillas que dicen sus nombres para pedirles el balón, en su pasión al jugar fútbol, su lucha y valor.

Sus ojos brillantes iluminan una esperanza, no tienen miedo para recibir la vida con todo lo que ésta trae de sorprendente. Ríen con ellos. Ríen, gracias a ellos. Y yo río, para ahogar el nudo en la garganta que me produce tanto Amor gratuito y puro, por mi persona, un completo desconocido para esos niños. Soy un hombre rico de poder ser parte de esta fiesta. La esperanza brilla y encandila, en la grandeza de su pequeñez.

Goles van, goles vienen. Estos partidos son los que valen la pena ser narrados, aún más: ser vividos. Acá, cada uno es una estrella para ellos, pero ellos brillan mucho más. Estrellas que brillan en el cielo de nuestra juventud. Ellos, esos pequeñines preciosos, quizás, nunca estarán en un puesto VIP. Al menos, no en este mundo ciego; pero sí en el corazón de Cristo.

Acá no hay ganadores ni perdedores. Todos ganan. Yo gano. Juntos ganamos. Algunos pelean contra “Pichu”, el perro que a veces llega a morder la pelota con el objetivo de estallarla. Otros pelean entre ellos, por alguna jugada “violenta”; y los jóvenes tratamos de calmarlos un poco, intentando dejar algo más que un simple rato de deporte. Dejarles perdón, Amor, amistad, alegría, paz.

Y al final, los que más ganan somos nosotros. Nos despedimos de cada uno, por su nombre. Cada uno es especial, único. Y al decir su nombre, nos miran con esa profundidad infantil, que agradecen de corazón, al hacerlos sentir las personitas más importantes del mundo. Verdaderamente una persona muy muy importante. Ríen, nos chocan las manos, nos agradecen (siendo nosotros quienes debemos agradecer tantas muestras de Amor).

Antes de irnos, todos insisten, todos preguntan cuándo vamos a volver. ¡Quieren que volvamos! ¡Nosotros! Les decimos que pronto. No sabemos. Por mí, siempre, todos los días.

Empezamos a subir la pequeña cuesta de tierra. Noto algo diferente. Ya ninguno percibe el olor a basura ni a animal muerto. Cada uno de nosotros lleva una sonrisa y una mirada brillante y perdida, como la de alguien que ha encontrado un gran tesoro. Sólo nos ha quedado el aroma de la alegría, el perfume de la amistad, la esencia dulce de la inocencia. El Amor. Así huele el Amor. Ese mismo que permanece cuando todo lo demás se ha ido. La tarde se acaba. Las luces se van apagando, pero en nuestra mente y corazón aún brillan las risas y las miradas de esos niños. Los más importantes de este mundo, los pequeñitos, los favoritos del Señor.

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Los Héroes de Hoy

Romero

Dice san Agustín: “Reconoced que también vosotros, los que renunciasteis al mundo, habéis salido de Egipto”. Es cierto, antes de encontrarnos con Cristo, fuimos esclavos, sin esperanza, destinados a la muerte. Pero, después de encontrarnos verdaderamente con su Amor, ¿podemos seguir siendo iguales? ¿Es eso posible? Si no cambia nada en nuestra vida, ¿pasó realmente Jesús por nuestro ser; o nuestra dureza de corazón solamente percibió una sombra borrosa de su Amor? El Amor no puede pasar, jamás, desapercibido por nuestra vida.

Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo, entonces, ¿realmente estamos viviendo a su Hijo en nosotros? Cristo nos dejó un Camino: Él mismo. Sin más, sin menos… sin más o menos. Hoy, como seguidores del Señor, tenemos que ser coherentes. Tenemos que hacernos notar. Atrevernos a diferenciarnos del resto del mundo, ser luz, sal y fermento.

Es tiempo de preguntarnos si de verdad Cristo dejó una huella tan profunda en nuestro corazón como para, sin miedo y sin vergüenza, mostrar al mundo que creemos en Él y vivimos como Él. No se trata simplemente de decir que somos cristianos; tenemos que vivirlo. En 1 Pedro 2, 21 dice el apóstol: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas”. Sus huellas, ¿somos realmente humildes, amigos de Jesús, como para asumir su Camino en mi vida? Dejarlo a Él ser en mí, y no pretender que sea Él quien se haga a mi manera. Cristo sufre en la cruz, su dolor es inmenso. Cada dolor es una daga fría de traición, por menos de 30 monedas. Hoy, para muchos que nos hacemos llamar cristianos, Cristo vale menos que eso.

Continúa diciendo san Pedro: “Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes…”. Después de haber conocido a Jesús, que nos ha derramado su Amor hasta el extremo. Después de cada una de sus llagas por mí, de cada espina por el perdón de mis pecados, de cada latigazo que nos ha curado, seguimos siendo ¿iguales?!!! ¡Cuánto Amor pagado con nuestra indiferencia! ¡Cuánta entrega desinteresada en la cruz pagada con nuestro egoísmo! ¡Cuánta sangre y sufrimiento pagado con nuestra pasividad cristiana!

Tenemos que atrevernos a ser distintos, a ser coherentes y verdaderos en lo que predicamos. Dejar esa espiritualidad de “domingo”, mientras seguimos usando el resto de los días para hacer cosas que ponen en riesgo nuestra alma, y no manifiestan la libertad de Jesús en mí, sino sólo esclavitud. Dejar esa pose de rodillas y manos juntas para seguir golpeando insultando, robando como antes; o viviendo nuestra vida igual que siempre, negando a Cristo en su cara como si no le conociéramos. Pero Él sí me conoce.

No se trata que doblemos rodillas en el templo, antes debemos doblar el orgullo de nuestro espíritu. Somos cristianos, pero seguimos igual que antes, absorbiendo la mentalidad del mundo de que “nada es malo”, “no tiene nada de malo probar”. ¿Cuándo dejamos de ser cristianos reales?

Se supone que somos nosotros quienes debemos ser luz para otros, ser ejemplo de vida para otros. Somos cristianos, pero el cambio en nuestro interior debe ser real. ¿Qué nos diferencia a nosotros, los jóvenes cristianos, de los demás jóvenes que no creen en nada, y debemos llevar el mensaje de Amor y de que se puede vivir una vida distinta y más profunda?

Cristo, por Amor, lo dio todo por mí; y yo, por mi egoísmo, no le doy nada. Los jóvenes podemos y tenemos esa fuerza interior que el Señor ha inflamado en nuestro ser, pero debemos asumir el llamado con coherencia, con valentía, con total entrega y radicalidad. ¡Si queremos cambiar el mundo, dejemos primero que Dios cambie el nuestro! La vida es Cristo, se encuentra en Él y Él está ahí en tu corazón, en el secreto, en el silencio. ¿Por qué, entonces, seguimos buscando afuera lo que, Cristo, tan amorosamente, ha guardado y atesorado en nuestro corazón? ¿Por qué seguimos saciando nuestra sed con las aguas turbias de este mundo, si Cristo dejó su fuente de agua viva y fresca en la Santa Eucaristía?

¡Vamos jóvenes! ¡Qué hoy seamos de verdad jóvenes valientes, que hoy nos atrevamos a ser lo que el Señor –y no nosotros- quiere que seamos! ¡Que hoy nos decidamos a realizar la misión para la que fuimos llamamos! El Amor nada tiene que ver con la oscuridad y vaciedad de este mundo, a no ser que sea para poner luz y Amor donde no lo hay. Estamos llamados a brillar en la oscuridad, a triunfar sobre la muerte, a proclamar la verdad contra la mentira. A ser testigos reales, testimonio de Cristo.

No es suficiente –repito- decir que somos cristianos, debemos serlo. Que la gente sepa que somos cristianos porque nos amamos, porque vivimos el Amor; y no simplemente porque decimos serlo. Que la gente sepa que amamos a Jesús por como vivimos; que no haya necesidad de hablar si con nuestras vidas podemos proclamarlo y predicar su maravillosa Noticia. Somos libres, ya no somos más esclavos de este mundo. ¡Entonces, vivamos como jóvenes libres de verdad! Con la libertad que da Cristo, vivida desde la Luz, desde el Amor. Hay un antes y un después. Cristo venció a la muerte. Y nos hizo a nosotros para Él, con su triunfo. Por eso, con Cristo viviremos. Si nos atrevemos a decir a otros jóvenes que Cristo vive, entonces viví vos como Él. Si nos atrevemos a gritar al mundo que Cristo dirige nuestra vida, entonces dejáte guiar desde el corazón.

Y recordemos que decir que somos cristianos es proclamar con nuestra vida al Señor. Cuidémonos de no confundir a otros con nuestra vida, haciéndolos errar el Camino hacia el Señor. Somos jóvenes cristianos, es decir, jóvenes que hemos decidido libremente –nadie nos obliga- a renunciar al mundo, según las enseñanzas de Cristo. Jóvenes que hemos decidido servir al Señor, ¡al Amor!; porque no podemos servir a dos señores. Jóvenes radicales que aman y se dejan amar de verdad. Jóvenes pobres –en su espíritu-, necesitados del Amor. Jóvenes castos que esperan y aprenden a amar como Cristo a su Iglesia. Jóvenes obedientes que se vencen a sí mismos y hacen la voluntad del Señor, venciendo así, sus propios deseos imperfectos.

Sólo con Amor se logra esto. Sólo el Amor nos dará la victoria. Nos toca elegir: Cristo o el mundo. No hay puntos intermedios, no se puede servir a los dos, pues uno y otro se contradicen. Y solamente uno, Cristo, da la vida eterna. Y a Él no se le puede seguir a medias. Ser cristianos, con nuestra vida más que con nuestra palabra. Ser cristianos, no como parte de un club social exclusivo, sino como un desafío, un reto ante este mundo que nos quiere envolver con su oscuridad. Pero ¿acaso puede el mundo y su egoísmo vencer al Amor que se da sin reservas? Hoy nos toca ser héroes, venzamos al mundo con el Amor que Jesús nos amó primero.

Para terminar, una frase de Monseñor Romero, que me gusta mucho, dicha durante una homilía: “¿Quieren saber si su cristianismo es auténtico? Aquí está la piedra de toque: ¿con quiénes estás bien? ¿Quiénes te critican? ¿Quiénes no te admiten? ¿Quiénes te halagan?”

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De los travestis y otros favoritos de Jesús

“No me gusta demasiado Cristo Rey en su majestad; prefiero al Jesús de Pedro en la barca, al Jesús que llama a Magdalena por su nombre: «¡María!» y que le dice a la adúltera: «Tampoco yo te condeno»; al Cristo de los pequeños, de los sencillos, de los pobres, tan cercano a nosotros…”
– Monseñor F. X. Nguyen van Thuan

Jesús Niño

Al leer un artículo de un periódico de mi país, sobre los “trans” (transexuales y travestis), me quedaba sorprendido ante esta sociedad que va cerrando puertas y arrinconando a aquellos que “se salen del canasto”. Lo primero que me pregunté, al hojear las imágenes y leer los pies de foto, fue: “¿y por qué estas personas no trabajan en otra cosa que no sea prostitución?”. La respuesta no me la tienen que dar ellos, sino la sociedad misma. Y yo como parte de ella.

Comentaba uno de estos transexuales, que en una iglesia cristiana (!!!) lo llamaron ‘engendro del demonio’. ¿Qué predicamos hoy? ¿Qué le decimos a la gente con nuestro estilo de vida o forma de pensar? ¿Acaso nos hemos olvidado de que el verdadero cristiano vive desde el verdadero Amor?

¿Cuántas veces, tristemente, estas personas se han visto rechazadas, abusadas, discriminadas? ¿Cuántas veces han tenido que sufrir el desprecio o hasta insultos de aquellos que se hacen llamar ‘cristianos’? Ser cristiano, ¿desde cuándo se volvió un título de prestigio social o de preferencia divina por mi persona?

¿En qué momento dejamos de vivir el cristianismo humano y misericordioso de Jesús, el cristianismo cercano a los más pequeños de la sociedad? ¿Cuándo olvidamos abrazar al leproso y enfermo? ¿Cuándo cambiamos la mano tendida y mirada amorosa de Jesús, por la piedra? ¿Cuándo cambiamos el perdón por la ley, la paz por el desprecio, la sonrisa por la burla? Cerramos la puerta de nuestro corazón a los favoritos del Señor, y al cerrar la puerta, entró la oscuridad. Dejamos de ver con la Luz del Evangelio. Nos volvimos ciegos al Camino trazado por Jesucristo.

¡Qué lejos estamos, a menudo, de cumplir las enseñanzas de Cristo! Él lo dijo muy claro: “…no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. El Señor nos mostró un camino. Ir y amar a aquellos que nadie ama. Acoger a aquellos que nadie acoge. Mirar de frente a aquellos que el mundo les ha dado la espalda. Vestir al desnudo, visitar al cautivo o enfermo, dar de comer al hambriento. Él nos enseñó que, sobre lo que la persona hace, está lo que la persona es. Es decir, hijo e hija de Dios.

A nosotros no nos toca juzgar ni tirar la piedra, ¡nos toca amar y perdonar! Mientras que Jesús ama y abraza, nosotros señalamos y rechazamos. Mientras que Cristo da ánimo y perdona, nosotros insultamos y repartimos sentencias. Mientras que Él ve el corazón, nosotros seguimos viendo el vestuario, el maquillaje, los tacones. ¡Qué poco Amor hay aún en nuestro corazón! ¡Danos más de tu Amor Señor, enséñanos a mirar con tu Mirada!

Es que el Señor no nos nombró jueces de la Verdad, sino que nos mandó a ser discípulos del Amor. Fue Él quien nos llamó prójimos y nos invitó a amarnos, al decir que no hay mayor mandamiento, “que os améis los unos a los otros… como yo os he amado” (Jn 13, 34). No, Él no nos pidió juzgar o tirar la primera piedra. Ni siquiera Él lo hizo, ¿soy yo, acaso, más que el Maestro? (Jn 8). No.

Fuimos creados para amar, no para repartir sentencias. La única sentencia que nos legó Jesús fue la del perdón amoroso e incondicional desde la cruz.

Nuestros tiempos y los tiempos de Jesucristo no tienen gran diferencia. Su sociedad y la nuestra, su propia comunidad judía y la comunidad cristiana de hoy. Sigue existiendo gente que busca un rango a base de “sacrificios” cómodos y de apariencias ensayadas. Pero Cristo dijo “misericordia quiero, y no sacrificios” (Mt 9, 13, Os 6, 6). ¡Él nos pide Amor real! Muchos siguen confiando en su fuerza o sus conocimientos, pero “Dios ha escogido a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes” (I Co 1, 27).

No quiere que atesoremos títulos y puestos, sino obras de misericordia. No quiere que escalemos altos puestos en los honores de este mundo, incluso, aunque sea dentro del servicio a la Iglesia. Eso a Él no le importa. El Señor desea, sobre todo, que bajemos, que nos hagamos los últimos, los servidores de todos, los que de rodillas hacen sentir amados a los pequeños.

Así es, nuestras sociedades no han cambiado mucho. Siguen marcando las pautas de lo que es “despreciable”, definiendo lo que debe ser “tirado” al doloroso lugar del olvido y la indiferencia. Señalando, con desprecio, lo que es diferente, creyéndose poseedores únicos de la Verdad. Pero más grande e impactante aún, es que la enseñanza del Señor es la misma. Se mantiene actual e inmutable en el tiempo. Sobre la ley, está el hombre, sobre el juicio el Amor, sobre la piedra, está la mirada misericordiosa de Cristo.

Si Jesús viniera hoy ¿quiénes serían sus favoritos, sus pequeños? Esa prostituta parada en una oscura esquina, ese transexual que vende su cuerpo porque no encuentra otro empleo ya que la sociedad le ha cerrado todas las puertas, ese niño adicto que engaña su hambre con una cochina piedra de crack, ese ladrón semejante al apóstol Mateo (Mt 9, 9). Ese ex convicto, que al ganar, de nuevo, su libertad, ya le habíamos robado toda oportunidad de volver a empezar.

Probablemente, el colegio apostólico, hoy, estaría conformado por la “calaña”, la “escoria” de nuestra sociedad. Pero, ¿no fue así en tiempos de Jesús? Ladrones (Mateo), analfabetas (Pedro), ambiciosos (Santiago y Juan), traidores (Judas). ¡Hasta prostitutas eran parte de su comunidad! (María Magdalena).

¿Cuándo fue que perdimos el rumbo? ¿Que sustituimos el Amor por el status o el conocimiento o la cara bonita? Empezamos a sacar de la Iglesia a los borrachos, nos sentamos lejos de los “raros” o “locos”, pusimos cara de repugnancia ante el mal olor de esa ancianita que no tiene nada, o dimos nuestra desaprobación a aquellos travestis u homosexuales que sólo buscaban un abrazo, una palabra, un poco de Amor de Dios.

Sin embargo, hoy, Jesús está ahí. A lo mejor puede sonar a escándalo, al decirlo. Pero, a pesar de todo, Cristo mismo está en esa prostituta. Cristo te pide un abrazo en ese transexual. Es Cristo quien desea que lo escuches en ese joven homosexual. Ese indigente que llamamos “hediondo” y “asqueroso” es Cristo que tiene hambre de comprensión y aceptación. Ese asesino frío, es Jesús que busca calor. Ese drogadicto es Él, que está sediento de Amor.

Sí, quizás parezca escandaloso ver a Jesucristo en estas personas. Sin embargo no es invento mío. Son las mismas palabras del Señor: “… Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25, 31ss). Y continúa diciendo “… cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt, 25, 40).

Amor y no sacrificio. Lo que te pide es sencillo. Te lo pide un Cristo que murió en la cruz, precisamente por los pecadores, por vos y por mí y por aquellos que juzgamos “peores” que nosotros. Te lo pide un Jesús desnudo, que murió con los brazos abiertos y el pecho traspasado, como para acoger a todo aquel que se acercara a Él. Se vació de sí mismo, y dejó su Corazón vacío, para que todo aquel que la sociedad tirara al olvido, pudiera encontrar dentro de su pecho un refugio de Misericordia y perdón.

No tiene nada que ver con aceptar el pecado; sino con amar al pecador. No se trata de juzgar y señalar, sino de hacer tu parte desde el Amor. Amar sin criticar. Amar y actuar desde ese Amor. Amar y buscar soluciones. El Amor habla poco y hace mucho. Se trata de volver a la esencia de la enseñanza de Cristo. Volver al corazón de la Iglesia. Volver nuestra mirada a Él, y en Él, mirar con Amor a aquellos que este mundo, hoy, ni siquiera se digna mirar.

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La Eucaristía

“La Eucaristía no es un privilegio para los fuertes o un premio para los sabios, es más bien, un consuelo para los débiles, un abrazo amoroso para los pecadores. Gracias mi Amado Señor, por ese regalo”

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El Escultor de Sueños

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“¡Pasen, pasen!!! ¡Bienvenidos a la feria!!! Está llena de sorpresas inesperadas para los curiosos ¡Pasen, pasen!”, gritaba el alto caballero, con su viejo y roído traje de rayas, su sombrero alto, y su enorme bigote negro y embetunado.

La feria realmente parecía un lugar mágico. El lugar estaba lleno de colores, sabores, olores y sonidos. La feria se sentía en el alma. Cada año, en ese lugar lejano, en medio de la montaña, de todas partes del mundo, llegaban los bailarines, artistas, magos, bufones, artesanos. Y poco a poco iban montando sus carpas, talleres y puestos.

Y no cualquiera podía entrar, eso estaba claro. Tenías que haber recibido la invitación.

“¡Pasen, pasen, no tengan miedo, y déjense sorprender!”, seguía diciendo el espigado caballero. Yo no lo podía creer… ¿Cuántas veces había deseado poder ir a la feria? Y es que sólo sabía de ella por las leyendas e historias que otros afortunados contaban en el pueblo. Pero me había llegado la invitación a mí… Con el mapa impreso en tinta invisible de limón, para llegar al lugar. No sabía qué buscaba, pero ¿qué más daba? Iba a entrar a ese maravilloso mosaico de emociones ancestrales.

Además, ¿qué podía salir mal? Después de que se había secado el girasol de mi jardín, por tener raíces poco profundas, mi vida se había vuelto monótona y triste. Ningún sol iluminaba mi ventana, y el miedo había nublado cada amanecer.

Ahora estaba ahí, de noche, bañado en los tonos morados y rosas del ocaso, y con mi mirada brillante de ilusión. Con voz temblorosa respondí a la llamada del hombre: “Sawabona rafiki”. Él se volteó como el viento, su mirada llena de pasión ardió como dos llamas verdes, y de sus labios brotó una sonrisa sincera. Luego, me tendió sus largos dedos, y casi en un susurro contestó: “…Shikoba”.

Su mano era cálida como la de un viejo amigo. Y la fuerza de esos dedos me ayudó a sortear la distancia del abismo que me separaba de la entrada de la feria.

Una vez adentro, el amigable señor, se desplomó en pequeñas semillas que se desperdigaron por el suelo, y como una misma cosa, brotaron cientos de girasoles miniatura a mis pies. Esto me hizo dar un grito de admiración ante tal prodigio. Sentí como si mi vida volviera a florecer con este hermoso jardín personal hecho a la medida, sólo para mí.

En estos pensamientos estaba embobado, cuando a mis espaldas una música alegre y colorida me sacó de mi ensimismamiento. Era una armónica echa de escamas de pescado y caparazón de tortuga de carey, que sonaba como el río que fluye entre los montes de mi tierra. Al voltear, se me presentó la feria y el carnaval en toda su majestuosidad.

Había puestos de comidas de sabores inimaginables. Jaleas hechas a base de flores, arco iris en forma de paletas, racimos de estrellas bañadas en nutella, hongos dulces en forma de cheesecake.

En otro lugar, un hombre bordaba notas musicales con los dones de la naturaleza, y la música que brotaba de cada instrumento era de una melodía tal, que boceteaba colores en el aire. Aquella mujer regalaba abrazos, este niño ofrecía sonrisas con pureza certificada, ese otro joven derramaba pensamientos alegres sobre las cabezas de unas preciosas niñas.

Yo caminaba extasiado, sin entender mucho aquel abanico de posibilidades. Los pasillos parecían no tener fin, y yo andaba sobre piedras de colores, preciosas y únicas. Al caminar, sentía que mis pies danzaban sobre el suelo. Multitudes de gentes se entremezclaban con el ambiente de la feria. Ninguno hablaba el mismo idioma, pero todos se entendían.

En la loca carrera, por estar mirando hacia otro lugar, tropecé con una pequeña niña vestida con un traje rojo de princesa. Tenía el cabello largo casi hasta el suelo, y de un color azul turquesa, como una noche de primavera iluminada por las estrellas. Me miró desde abajo, y yo, extasiado en ese estado feliz del espíritu que no sabía explicar, sólo atiné a decirle: “Perdón, princesa”, hice una torpe reverencia y la tomé de una mano; riendo ambos, mientras dábamos vueltas bailando por toda la plaza.

Cuando nos detuvimos cansados y jadeando, ella me seguía mirando, con sus enormes ojos cafés, de forma curiosa. Y me sonrió. Fue la curva más preciosa que había visto en mi vida. La comisura de sus labios, sin decir nada, solamente con esa sonrisa, me dijo: “Hola amigo”. Un escalofrío recorrió mi espalda. No era miedo, o duda o confusión. Fue una sobredosis de pureza e inocencia, de transparencia.

Con sus manos empezó a tocar mi barba. Supongo que estaba curiosa por la larga barba que enmarcaba mi rostro. O a lo mejor era por lo que ella misma me diría de inmediato: “¿Por qué tu barba está teñida de lágrimas?”

Al ver mi silencio y mis dudas al responder, puso su pequeño dedito índice sobre mis labios, para evitarme la vergüenza, y dijo de inmediato: “Vendo curitas para los corazones heridos, pero creo que el tuyo necesita algo más. Te regalo una curita a cambio de un abrazo, pero luego lo llevaré donde el “Escultor de Sueños”.

Yo sólo sonreía. Sonreía y temblaba. Esa niña me llegaba hasta el alma. Su tierna voz me hacía sentir tan amado. Y sentía que para ella no había secretos. Me sentía con el corazón desnudo. Ella podía ver a través de mí.

Sin pensarlo dos veces, la abracé con mi corazón herido, pero que aún latía al amar. Y otra lágrima se enredó entre mi barba enmarañada. Ella emanó un suave aroma a rosas cuando la estreché contra mi pecho. Luego, con sus pequeñas manos abrió un baúl de madera negra que cargaba colgado a su cuello.

Al abrir el baúl, volaron cientos de luciérnagas que tiñeron de verde la oscuridad nocturna. Agarró una en el aire, la acercó a sus labios y le susurró unas palabras ilegibles.

Todo eso era nuevo para mí.

La luciérnaga se acercó, se posó sobre mi pecho que palpitaba cada vez más rápido, y empezó a tejer algo con sus patitas traseras. Al cabo de unos minutos, sobre mi pecho brillaba una curita fosforescente.

“¡Bien, ya terminamos!”, dijo la pequeña. “Ahora toma mi mano, y no me soltés usted”. Y empezamos a correr. Yo reía divertido de la forma inocente en que se enredaba al hablar. No sabía conjugar los verbos en las personas, pero sabía amar. Quizás no tenía mucha experiencia de la vida, y para ella todo era mágico, pero emanaba Amor en cada paso que daba.

Me dije “no, no te voy a soltar hasta llegar”. Corríamos entre los callejones de la feria. A la derecha, luego a la izquierda, luego sobre un puente magnífico que tenía la escultura de un libro enorme lleno de palabras vivientes. Al cruzar el puente, ella aminoró la velocidad, y empezamos a subir unos escalones empedrados por una montaña altísima, que parecía no tener fin.

En un descanso de los escalones, ella me dijo: “Ahora debe seguir solo, dejá acá tus cargas, yo las cuido mientras te espero”. Me quedé estupefacto. No me esperaba eso. Y ella, al ver mi titubeo, me dijo: “no temás vos, usted lo va a lograr y llegarás al final. Acá me quedo cuidando el camino”.

Me dio un abrazo, y yo sólo me acurruqué. Luego me soltó y sopló en mi rostro suavemente. Sin darme cuenta siquiera, empecé a caminar.

El camino era empinado, y conforme iba subiendo, se iba perdiendo el bullicio de la feria, el camino se hacía más oscuro, las luces se iban apagando. Con cada escalón, sentía que mis piernas me pesaban más y más, y los escalones se distanciaban más uno de otro.

Me sentía sólo, cansado y sin fuerzas. En algún momento tuve la tentación de culpar a la pequeña que me había dejado sólo. Pero fue un instante y ese pensamiento voló lejos de mí. No era así. Al contrario, ella cuidaba de mi camino, mientras yo subía. No estaba sólo, pero ella (quizás no era tan niña, quizás era más sabia y fuerte que yo, y no lo había notado) se había hecho a un lado, para que yo caminara más libre y seguro.

Chorreaba gotas de sudor enormes, que hacían una cascada por los escalones. El calor era insoportable, y conforme subía, me iba quitando piezas de mi ropaje… Primero la camisa de manga larga y cuadros. Luego los zapatos y las medias, después de haber resbalado. Me estorbaban.

Más arriba me quité el pantalón. En ese momento me detuve. Noté que conforme me quitaba algún peso de encima, la cima se me hacía más cercana y hermosa, no tan siniestra. La luz se iba aclarando, los pajarillos empezaban a cantar.

Cuando me desnudé totalmente, sin darme cuenta, caí sobre terreno plano, sobre un césped suave y esponjoso. Me sentí libre y feliz. Y sólo atiné a abrazar esa alfombra de vida.

Una mano ahuecada se presentó ante mí, y una voz suave me dijo: “Bienvenido, amigo”. Miré hacía arriba, y aunque estaba desnudo, no sentí temor ni vergüenza. Ése era yo, ni más ni menos. Me levanté, y el apuesto joven que me recibió, me tendió una manta bellísima y blanca. Era suave y pura como la nieve.

Me dijo: “Sígueme, te llevaré con el Escultor de Sueños”. Lo seguí por un Camino precioso de girasoles. Llegamos a una choza humilde, pero llena de belleza y arte. El joven se arrodilló, besó el suelo, y luego se fue. Volteé, para seguirlo con la mirada. El Camino sobre el que habíamos caminado iba quedando húmedo y rojo, con cada uno de sus pasos.

Me quedé ante esa puerta, sin saber qué hacer. Entonces, una voz desde adentro me dijo: “Pasá”.

Entré, y era un salón enorme, lleno de cinceles, gubias, mazos, formones. Y la variedad de materiales iba desde las piedras, maderas, mármoles, metales, hasta arcilla y yeso. Un típico taller de escultor. Yo pensé para mí: “debe ser el mejor escultor del mundo, para que maneje tantos materiales”.

Me dijo, como si supiera lo qué yo estaba pensando: “Perdón el desorden, todo eso que ves es basura, es lo que he tenido que quitar, para arreglar los desastres de otros. No sirve de nada”. Su comentario me agarró desprevenido, y no supe que responder. Si todo eso era basura, ¿con qué material trabajaba este escultor?

Me extendió una silla de mimbre, y me senté. Sin decirme nada se acercó con una bolsita tejida. Empezó a rebuscar algo adentro. Sacó una llavecita herrumbrada y vieja. Me miró con ternura paternal, y sin darme un respiro, acercó la llave, la introdujo en mi pecho y ¡sacó mi corazón!

Todo esto sucedió en cuestión de segundos. Yo no entendía nada. Es decir, no me asustó que sacara mi corazón y en ningún momento temí de Él. Sólo me asustaba el hecho de que yo seguía vivo, a pesar que mi corazón estaba fuera de mí.

Su expresión cambió a un rostro lleno de gravedad. Frunció el ceño. Empezó a darle vuelta a mi corazón, y caminaba de un lado para otro con grandes zancadas. Se detuvo frente a mí y dijo: “Hijo, tu corazón está muy herido. ¿Te duele muy a menudo verdad? Está lleno de cicatrices y heridas que aún no sanan. Debo repararlo”.

No supe que decir.

Esa noche todo había sido tan extraordinario, que más bien decir algo hubiera sido lo realmente extraño. En ese sitio las palabras sobraban.

Abrió su pecho, era enorme, gigante. El corazón que palpitaba en su interior era precioso. Pero más impresionante aún fue el estado de ese corazón. No estaba completo. Estaba lleno de huecos, de trozos arrancados, de clavos y espinas. Pero palpitaba fuerte, y era hermoso. Todo eso, todas esas cicatrices y heridas, sólo lo embellecían, y el Escultor sonreía feliz y en paz.

Luego me dio la espalda, y vi como sus enormes brazos se movían arriba y abajo cincelando, quitando, rompiendo, cambiando, arreglando…

Yo intentaba ver por encima de su hombro, pero sus anchas espaldas me lo impedían; hasta que descubrí una vieja escultura de metal que servía perfectamente de espejo.

Decidí mirar por ahí. Tuve que ahogar un grito de espanto al ver que los golpes y martillazos se los daba a su propio Corazón. Veía cuánto sufría. Las lágrimas caían abundantes de sus ojos, pero todo esto lo disimulaba a la perfección. De pronto, sin esperarme esto jamás, arrancó un trozo de su Corazón, y lo introdujo en los lugares donde el mío estaba vacío y dañado de miedos.

Yo estaba asombrado y temblaba de la cabeza a los pies.

Me acomodé en mi silla, para que no notara que lo había visto todo. Él se limpió con la manga de su camisa el sudor y las lágrimas. Se volteó sonriente y me dijo: “Ya está”.

Yo me sentí como un niño, y en ese momento me bajé de la silla y lo abracé, mientras caía de rodillas. Sólo pude decir: “Gracias”.

Salí de ese lugar sintiéndome nuevo. En paz y feliz. Me sentía enamorado. Empecé a caminar hacia las escaleras.

Conforme iba bajando, iba juntando la ropa y me la iba poniendo de nuevo. Noté que la ropa era más liviana, estaba limpia y era nueva.

Cuando casi llegaba al final de los escalones, podía ver el vestido rojo y los largos cabellos danzar con la brisa suave. De pronto, un viento cálido golpeó mi mejilla…

——————————————- o ——————————————-

“¡Lucas! ¡Lucas! Hora de despertar”. Ahí estabas vos con tu sonrisa de siempre y tus ojos brillantes, sosteniendo mi mano. Y con tu alegría infantil que siempre lograba contagiarme con una esperanza renovada. Con tu amistad era fácil despertar con una sonrisa.

Te miré y me dijiste: “¡El doctor te tiene una sorpresa!”. Mi sonrisa desapareció, y busqué al doctor Miguel. Sin dejar que le preguntara, él me dijo: “Lucas, tenemos un donante. Es el corazón de un hombre fuerte de 33 años, se llamaba Joshua. Y es un buen corazón. Murió ayer, por salvar a sus dos pequeños sobrinos de morir atropellados”.

Una lágrima cayó por mis mejillas. Me abrazaste y me dejé abrazar… Sólo pude decir “Gracias”. Era la segunda vez que decía esa palabra en ese día, aunque nadie lo sabía. Vos me dijiste: “Te quiero con todo mi corazón”. Y supe que todo iba a estar bien.

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La Mirada de Cristo

Algunas veces me he preguntado ¿cómo mira Jesús, a su amigo Pedro, después que éste lo ha negado? ¿Qué haría yo, cómo me sentiría con esa mirada? Negarlo, tristemente, es algo que hago a cada paso, cada día de mi vida, cuando, con mis actitudes e incoherencias, lo traiciono de nuevo. Y, como Pedro, también me he mostrado indignado de esa muerte cruel que el Señor sufrió, y como él, he dicho montones de veces que si yo estuviera ahí, estaría dispuesto a ir con Jesús hasta la muerte. (Lc 22, 33)

A través de esa mirada, el Señor le hace ver que su propia seguridad, su propia fuerza y deseo de seguirle hasta el final -su autosuficiencia- no son suficientes. Pedro no necesita tanto de sí mismo, sino del Amor de Cristo. Necesita vaciarse de sus seguridades y prepotencias, y dejarse llenar de la humildad y el servicio que Jesús le propone, como Cordero llevado al matadero. (Is 53, 7)

Y hay que aclarar algo. Lo que dice Pedro no está mal. Sus intenciones son buenas y sinceras. Lo mismo que tu propio deseo de enmendarte, tu intención de cambiar, tu anhelo de nunca apartarte de Cristo, también es sincero. Pero el problema de Pedro –el mismo de nosotros- es que pone una gran confianza en el lugar y persona equivocados. Pones tu vida en tus propias manos sucias y débiles, en lugar de ponerla en las manos de Dios, a ejemplo de Cristo. (Lc 22, 42)

Es ahí, en tu soberbia, cuando terminas pecando, engañando, cayendo, negando y traicionando. Traicionas a Cristo, porque te has traicionado a vos mismo, asumiendo la mentira de creer que con tu fuerza o conocimiento le servís mejor, que Él necesita de vos, y no vos de Él.

Cristo te ofrece todo su Amor, y vos preferís quedarte con ese pobre amor propio y exacerbado que te daña tanto. Cristo te dona su Vida, y vos preferís esa muerte que este mundo te presenta cada día, con cosas que tu alma no necesita. Él te presenta un Camino hermoso, que ves empañado por llenar tu vida de vacíos y mentiras. Nada de lo de este mundo te deja ver claramente el Amor de Dios por vos, cuando anteponés tu Yo “superhombre”, ante el hombre-Dios que clavado y desnudo en una cruz, intercede por vos. (Lc 23, 34)

De vos, de mí; claro está, debe surgir un deseo verdadero de seguirle hasta el final. Y éste es un deseo normal que inunda tu corazón, cuando has estado ya con Él. Cuando has compartido con Él, lo has visto, has comido con Él a diario. Ese deseo se moldea poco a poco, en el diario compartir con el Señor, en el Amor que Él te ha hecho sentir en su Presencia.

Pero tus fuerzas para amarlo nunca serán suficientes. Tus buenos deseos nunca serán los necesarios para afrontar los desafíos de este mundo.

Pedro tiene intenciones valientes y reales, se siente muy seguro de su fuerza (Lc 22, 50). Cree que su humano Amor y su fe son suficientes para cumplir esa promesa: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte”.

Sin embargo, el anuncio que Jesús le hace a Pedro, está muy lejos de ser una palabra llena de reproche o de rencor. Mucho menos tiene que ver con una burla por su poca fe o incoherencia. Las palabras de Cristo (Lc 22, 34), al contrario, están llenas de Amor y misericordia; son las mismas que te recuerda a vos y a mí, día a día.

Casi parece decirle a Pedro –y a nosotros mismos: “Yo sé quién sos, te conozco, conozco tus debilidades e impulsividades, tus errores y caídas, tus traiciones y engaños; pero a pesar de todo eso, Yo te amo, porque más aún, conozco tu corazón. Más allá de toda tu pequeñez, te cubre mi Amor. Yo no te amo por tus errores, sino más allá de ellos”.

Jesús es así. No tira la piedra, tiende la mano (Jn 8, 10-11). No reprocha ni se queja de nada, perdona todo (Mt 9, 5). No sabe guardar rencor, en su Corazón sólo hay espacio para el Amor (Jn 15, 13). Él es todo Amor, todo misericordia, todo bondad. Jesús no se niega ni se contradice a sí mismo; a pesar de las actitudes de tantos Pedros en el mundo, Él sólo atina a decir al corazón: “Yo te amo, aquí estoy”

A pesar de ser burlado por vos, por mí, nos sigue amando. A pesar de nuestro rechazo, no s sigue abrazando. Cristo no sabe otra cosa fuera del Amor, no sabe hacer otra cosa más que amar. Él sólo ama. Aunque lo vendemos con nuestra negación, Él nos paga con Amor; a pesar de nuestra mentira, Él sólo tiene Amor como respuesta. El Amor eterno, el Amor paciente y misericordioso (I Co 13). “No importa lo que hagás, Yo te seguiré amando”.

En vano, promete el hombre alguna cosa al Señor, cuando esa promesa está basada en su propio amor, en su sabiduría y fuerza. Tarde o temprano terminará negándose, traicionándose a sí mismo. Cuando el hombre se deja vencer por cualquier otra cosa distinta al Amor, termina siendo esclavo de aquello que ha ocupado el lugar del Amor. Incluso, esclavo de él mismo. Cuando el hombre no encuentra su fuerza y su sabiduría en el Amor, todo lo demás se le hace debilidad y esclavitud.

Es normal que el Amor surja de nuestro corazón (Gn 1, 26), sobre todo, si estamos en constante contacto con Cristo Jesús. Que conforme le vamos conociendo, también le vayamos amando más. Pero nuestro solo amor no es suficiente para amarlo como se merece, Nuestro amor no es capaz de amarlo con total fidelidad y donación. Nuestro amor, fuera de Él, lejos de Él, es débil e ignorante. Debemos decir como San Agustín: “Señor, dame lo que me pedís, luego pedíme lo que querás”.

Hacer promesas al Señor, fundadas sobre nuestro propio amor, es una locura e imprudencia, que terminará traicionándonos, antes que cante el gallo. Para amar a Jesús, para seguirle, es necesario su Amor perfecto. A Él hay que amarlo con su Amor perfecto.

Hay algo que transforma el amor egoísta y soberbio de nuestro corazón de Pedro (piedra), en un Amor sencillo, humilde, confiado como un niño que se deja guiar. Eso es la mirada de Cristo (Lc 22, 61). Una mirada que saca a Pedro de su encierro, de sí mismo y su amor emocionalista y superficial, y lo devuelve a la realidad. Cristo le presenta un Amor real, coherente, que duele. Cristo se le hace nueva Verdad, única Verdad.

Cristo se le hace Presencia real a Pedro, y él llora amargamente (Lc 22, 62). Cristo se le presenta humano despojado de todo, menos de su Amor, y Pedro se reconoce pobre, débil, pecador. Cristo siempre ha dado todo por él, hasta su propia Vida, y Pedro llora porque lo ha negado, ha negado a su Amado, y mirándose a sí mismo con la mirada amorosa de su Maestro, se descubre tal cual es, ni más ni menos, sino con la verdad: un traidor. Su Amigo da su Vida por él, y él se hizo su enemigo, al no aceptar ese Amor gratuito de Jesús.

Llora, porque puede verse a sí mismo como Cristo lo mira. Y mirarse desnudo ante el Señor duele. Sentirse amado por Él, en la forma que Él me ama, a pesar de lo que yo soy, duele. Pedro –y con él, cada uno de nosotros- cae en la cuenta de su realidad, hasta que se encuentra con la mirada de Cristo.

No es por el canto del gallo, que simboliza una de tantas alertas en nuestro caminar, para que vos y yo despertemos a nuestra realidad. Es por el mirar a Jesús, y dejarse mirar por Él; esa mirada que nos traspasa hasta el corazón, nos desnuda, y muestra nuestra débil humanidad, expuesta ante Dios.

La mirada de Cristo es de Amor. Amor real, como es real también su dolor por vos, por mí. Es la mirada que le dice a Pedro: “Levantáte y andá” (Mt 9, 5). Después de esa mirada amorosa y sin reclamos, Pedro ya no vuelve a ser el mismo. Su fuerza y sabiduría (I Co 1, 27) ya no radican en sí mismo, sino en saberse amado a pesar de ser pecador.

Así mismo, la fuerza del cristiano no está tanto en su amor hacia Dios, sino en saberse mirado, traspasado por Cristo, amado por Él. La mirada de Cristo trae al corazón del hombre, verdadero arrepentimiento de sus pecados; pero, sobre todo, deseo sincero de levantarse y caminar. De ser mejor, pues ese Amor tan puro del Señor por nosotros, sólo puede ser retribuido con Amor.

La fuerza del pecador, está en la confianza, como la de un niño en su Padre. Su fuerza está en que se sabe amado y perdonado. Nuestra debilidad, en el Amor de Cristo, se hace fortaleza. En nuestra pequeñez la Gloria del Amor del Padre, se manifiesta. Sólo se necesita un corazón arrepentido que reconozca su necesidad y sed de Él. Sólo se necesita un corazón que haya sido traspasado por la mirada amorosa de Jesús. Nuestro camino de fe se fortalece, cuando nuestro corazón se deja mirar con Amor.

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Toda su Sangre por tí…

¿Qué hay de esa Sangre que gotea desde la cruz? ¿Qué hay de esa sangre que cae al polvo de Jerusalén? ¿Te has puesto a pensar en esto? En que Jesús, clavado y flagelado, sangra. Y esa sangre baja por las ranuras de la madera, por los pliegues deformados de su piel herida, gotea haciendo un charco que cada vez se hace más grande.

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¿Hay alguien que la recoja? ¿Quizás tu Madre santa? ¿Quizás Juan o Magdalena? A lo mejor es tanta la sangre derramada que es imposible e innecesario recogerla… Quizás es María, que les impide a los demás recoger la sangre preciosa del Salvador; no porque Ella no sepa reconocer el valor infinito que tiene esa sangre, sino justamente porque sabe lo valiosa, fértil y redentora  que es para la salvación de toda la humanidad.

Quizás porque Ella, mucho más contemplativa y sabia, comprende que es necesaria esa ofrenda de sangre, para empapar la tierra con la santidad del Amor de su Hijo; y sabe –con el corazón lleno de dolor- que, para que este mundo dé frutos de Amor, Justicia y Paz, es necesaria plantar la semilla de ese Corazón traspasado, y fertilizarlo con la sangre del Cordero.

La Sangre de Jesús sigue choreando. Se pierde entre las piedras del suelo, o entre las astillas del madero. Sangre que fue derramada por vos, y por mí. Toda la sangre del Cordero de Dios, ofrecida sobre un alta infame y perturbador. Un altar vergonzoso, una víctima llevada al extremo de la humillación y burla.

¿Se merecía eso? ¡Nunca! Pero nadie le quitó la Vida, nadie lo condenó… Él, libre y voluntariamente, se ofreció como víctima del sacrificio. Se dejó inmolar.

No cabe acá la vanidad, el deseo de ser admirado y aplaudido. ¿Qué vanidad puede haber en semejante castigo? ¿Dónde cabe la vanidad en el cuerpo desnudo de ese “criminal”, a los ojos del mundo? Tampoco lo mueve la prepotencia, el deseo de mostrar su poder… No hay prepotencia en el Corazón traspasado de Jesús; porque, siendo Dios Hijo del Padre, niega todo su poder, se niega a sí mismo, su naturaleza divina, y asume en sí toda la debilidad del hombre, toda la pequeñez de la humanidad, todas nuestras culpas.

Su Amor es su motivo. Su Amor es su fuerza. Su Amor es su sabiduría.

No sólo Él mismo  -como persona- sufre en sí la humillación, el dolor, la injuria. Sino todo aquello que compone su ser y su vida. Su sangre es pisoteada por los curiosos, que le caminan encima con sus sandalias sucias, sólo para ver el espectáculo. Sus ropas puras blancas, son apostadas y sorteadas en un vil juego de azar. Su cuerpo, vendido por una miseria y exhibido desnudo y deforme ante un mundo indiferente, en ese espectáculo atroz.

Su inocencia, cuestionada y burlada, su fama de santidad, difamada. Quizás muchos dijeron: “Si está ahí en la cruz, es porque algo ha de haber hecho”. Probablemente muchos de sus antiguos seguidores fueron quienes lanzaron sus juicios y lo condenaron; quienes lanzaron la piedra.

Su Madre, tirada al olvido, abandonada, sin que nadie –ni siquiera los más cercanos-  pudieran entender y reconocer el enorme sacrificio de Amor que Ella también hacía. Su pueblo, denigrado, “¿acaso puede salir algo bueno de ese barrio marginal, lleno de pecadores e ignorantes?”

¿Y nosotros, hoy? Seguimos pisoteando su Sangre cuando la recibimos en la Eucaristía como si fuera sólo un poco de pan o un vino dulce, o cuando estamos en pecado grave, sin reconocer el sacrificio amoroso de esa víctima por mí. Seguimos jugándonos sus ropas cuando tiramos la comida a la basura, sabiendo que hay hermanos con hambre; cuando gastamos tanto dinero en ropas finas, mientras otros pasan frío en las calles sin tener con qué cobijarse; cuando nos quejamos de nuestro cuerpo “feo”, y ni siquiera nos volteamos a mirar o visitar a ese enfermo que muere en soledad en un insensible cuarto de hospital.

Cuando usamos nuestra libertad para vanidades y vicios, mientras la cárcel está llena de hermanos deseosos de una nueva oportunidad, para empezar de nuevo, usando sabiamente la libertad.

Seguimos vendiendo su Cuerpo, cuando permitimos abusos a mujeres y niños, y en silencio nos hacemos cómplices; cuando desechamos a los ancianos en un corredor sin sonrisas, cuando compramos el cuerpo de una mujer para satisfacer mi propio placer egoísta; o, incluso, cuando no sé esperar a la mujer que digo amar.

Y seguimos haciendo un show, un montaje, de la miseria del otro, para alimentar mi ego, para atesorar aplausos y reconocimientos. ¡Qué poco nos vale la vida del hermano!

Seguimos dudando de la inocencia del Señor,  para encubrir nuestro pecado; cuando denigramos al hermano y  exponemos su fragilidad, presentándolo desnudo e indefenso ante el mundo. Cuando hablamos a sus espaldas con murmuraciones. Sí, seguimos poniendo en tela de juicio la honradez de Cristo, para desviar la atención de mi propia iniquidad; olvidando que fui creado para amar y no para juzgar y señalar; olvidando que sólo Él es capaz de ver el corazón de cada hombre. Olvidando que Él ve y conoce mi propio corazón.

Y también seguimos olvidando a María, que es Madre nuestra también. Él mismo nos la confió y donó en la cruz; y la dejamos tirada en un rincón oscuro de nuestro corazón, cuando no le damos el valor a nuestras familias, cuando negamos y descuidamos la Vida, eligiendo la muerte. Cuando no defendemos el valor de la pureza, la humildad, la inocencia, la vida humana. Cuando rechazamos la Verdad del Amor y aceptamos la mentira de la vanidad y confort.

Seguimos, finalmente, destruyendo el pueblo de Cristo, cuando juzgamos a nuestros hermanos, por ser distintos, por hablar diferente. Por tener un color, credo, idioma o cultura distintas.

Cuando señalamos las zonas marginales, en lugar de construir y caminar con ellas. Cuando creemos que no valen la pena y que es mejor dejarlas abandonadas a su suerte. Cuando no hacemos el bien que deberíamos hacer por esos pueblos que mueren de hambre, enfermedad o guerra, porque estoy muy cómodo en mi cálida cama, seguro de mi dinero, feliz en mi poder.

Así es, Cristo sigue sangrando, su cruz de madera sigue tiñéndose de ese rojo oscuro, las piedras siguen sumergidas en ese charco de sangre. Ese Cristo de hace dos mil años es el mismo de hoy, que sigue sufriendo cientos de crucifixiones diferentes, pero igual de crueles. Sigue agonizando, abandonado en la cruz por nosotros mismos. Y sigue teniendo sed de Amor. De tu amor, de mi amor.

Y hoy, más que nunca, ese mismo Jesús clavado y coronado de espinas, nos lanza un grito agonizante desde la cruz: “¡Sígueme!”, Sígueme, porque todos los demás me han abandonado. Sígueme, porque necesito de hombres y mujeres que no condenen, sino que abracen; que no tiren la piedra, sino que tiendan la mano.

¡Sígueme! porque necesito más jóvenes que se hagan esclavos de la Voluntad de Dios, y esa voluntad siempre es amar. Sígueme, porque quiero amarte para que descanses en mi pecho y revelarte todos los misterios de mi Corazón. Sígueme, porque este mundo necesita valientes que no le teman a abrazar un leproso, besar a una prostituta o comer con un ladrón.

Sígueme, porque el mundo es mi cruz y estoy crucificado con él, y este mundo está sediento de Amor y misericordia, se siente abandonado, no encuentra el Camino, está lejos de la Verdad y ha renegado de la Vida. Sígueme, porque Yo quiero hacerte a vos, camino, verdad y vida para este mundo.

Sígueme, porque no quiero vivir yo solo esta Pasión, muerte y resurrección, sino que quiero decirte al oído, como un suave susurro: “Ya no vivís tú, soy Yo quien vive en ti”. Ven, y juntos clavémonos a la cruz del Amor, para que tu sangre y la mía, hechas una sola; se derrame por el mundo y para el mundo, empapando los corazones duros y fríos, del Amor que quiere darse una vez y para siempre.

Esa es la cruz de Cristo, empapada de Amor, que nos invita a empaparnos con Él de toda su pasión y entrega. Cruz que se nos hace signo de grandeza y majestad. No seguimos a cualquier hombre, seguimos al Hombre (Ecce homo), Hijo predilecto del Padre, Rey de reyes, que nos ofrece la Vida eterna y la misericordia infinita de Dios. Ese Camino sólo nos puede conducir a un lugar: el corazón enamorado de Dios, que se derrama y vacía por toda la humanidad, por cada uno de nosotros. Es el Amor que dándolo todo, no quedándose con nada, da hasta la vida.

Sí, tu deuda está saldada. Es el Amor quien lo ha hecho posible. Y el Amor, sólo con Amor se paga… Como decía san Agustín. “Ama, y haz lo que quieras”.

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